Este blog ha alcanzado hoy las 15000 visitas.
Gracias por hacerlo posible.
¿Es verdad que te gusta verte hundida
en el mar de la música; dejarte
llevar por esas alas, abismarte
en esa luz tan honda y escondida?
Música tuya, Blas de Otero.
A Miwe, al que nunca llamo, pero del que me acuerdo. Y a Enrique, verdadero sagitario. A los dos, por músicos.
Yo soy el pajarero,
Siempre alegre, ¡ole, upa!
Como pajarero soy conocido por
viejos y jóvenes en todo el país.
Cazo con reclamo y sé tocar la flauta.
Puedo estar alegre y contento,
porque todos los pájaros son míos.
Yo soy el pajarero,
Siempre alegre, ¡ole, upa!
Como pajarero soy conocido
Por los viejos y los jóvenes
en todo este país.
¡Me gustaría tener una red
para las muchachas;
las cazaría por docenas!
Luego las metería en la jaula
y todas ellas serían mías.
Si todas las muchachas fueran mías,
las cambiaría por azúcar:
y a la que yo más quisiera
le daría enseguida el azúcar.
Y si ella me besara con delicadeza,
sería mi mujer y yo su marido.
Dormiría a mi lado y la acunaría
como si fuese una niña.
El último día que nos amamos
nacieron cuatro mil trescientos veintiún niños.
La cuenta atrás fue perfecta,
los bebés, o sus padres, intuyeron el final
de nuestra historia
y nos regalaron el colofón de sus cifras.
El último día que nos amamos
no llovía ni hacía frío
no había estaciones
no estalló una nueva guerra
-aunque murieron bastantes-.
Fue un día cualquiera:
el reloj marcó las dos y diez,
pero ni siquiera esa sonrisa cómplice
me hizo creer el todo.
Nos amamos, sí, porque aún nos amábamos.
Y lo hicimos tan intensamente
que se deshicieron los nudos
y nos desamamos sin lluvia, trenes o batallas.
Sin darnos cuenta de que
un tú y un yo no hacen un nosotros.
Nos desamamos con una felicidad de amantes satisfechos,
con las mismas chinchetas y fotos de siempre,
con el reloj de las cuatro menos veinte
tan triste, tan solo
como tu cuerpo y mi cuerpo
el último día que nos amamos.