Era primavera y por entonces ni se me pasaba por la cabeza un viaje a Alemania. Menos aún aprender alemán. Aunque sí empezaba a despuntar en mí un interés por Europa, por la historia reciente europea. Un interés que perdí enseguida, y poco a poco voy retomando ahora que las aguas universitarias se han calmado del todo.
Era la primavera de 2004. Seis años después vuelvo a escuchar la banda sonora como si ayer mismo hubiera visto la película por primera vez. Recuerdo que entonces aún visitaba a menudo el videoclub de mi barrio. Ahora que el alquiler de películas se ha convertido en la descarga de películas, la tienda se ha adaptado a los tiempos modernos y se ha convertido en un locutorio. Echo de menos las visitas al videoclub. Ahora parece sacrílego pagar por ver una película, pudiendo pedirla al señor de la mula que la trae en unos pocos minutos.
El hecho es que los acontecimientos han ocurrido rapidísimo en los últimos años. No reconozco nada de lo de entonces, aunque todo sea, a simple vista, igual. Yo no soy la misma, ni los libros que ocupan las estanterías de mi habitación. También el color es diferente, la lámpara de la mesa, la decoración, las fotos. De mi ropa de entonces quedarán unos vestigios casi inservibles que conservo porque soy nostálgica. Si tuviera la posibilidad de contraponer a la Patricia que veía Good bye Lenin! con diecisiete años y a mí misma, a la Patricia de ahora, creo que le daría algunos consejos. Me comportaría como la hermana mayor que nunca he tenido, para decirle cosas que quizás a los hermanos mayores nunca se les ocurre decir.
Me siento ahora, seis años después, como el personaje de la madre en la película. He sufrido un golpe, he despertado y lo encuentro todo diferente. Todo eso sin golpes, sin cambios aparentemente bruscos en la vida diaria; pero con una crisis que asola el país, con una población envejecida, sólo rejuvenecida gracias a las migraciones (riqueza humana dentro de un país viejo). Con más experiencia, pero casi las mismas inseguridades. Con incertidumbres, también como entonces, con las tardes de miércoles llenas de alemán y sin la urgencia del estudio. Con la misma melodía: la banda sonora de una película con la que empecé a comprender un poco lo que había sido Europa. Una Europa que tan solo quince años antes había sufrido una revolución. Cayó el muro y parece que cayeron las barreras. Aún quedan barreras por tirar. Y ésas no se ven a simple vista.
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26 de mayo de 2010
13 de diciembre de 2009
Recuerdos olfativos
La memoria nos juega siempre malas pasadas. Evocamos recuerdos, de memoria, que son la mayoría de las veces engañosos. Tenemos memoria de sensaciones que creemos que sentimos en un momento, pero que en realidad hemos fantaseado tiempo después. Recuerdas el sabor de una comida deliciosa que no lo era tanto, recuerdas la intensidad de un amor que a veces no fue ni siquiera amor...
De todos los recuerdos, los más fieles son los recuerdos auditivos y los olfativos. Sobre todo estos últimos. Es difícil evocarlos. Hay algo similar a ellos que se puede intentar reproducir sin mucho éxito. Se piensa en un olor concreto y a veces puede sentirse de nuevo, pero con matices diferentes, con carencias. Lo milagroso, sin embargo, es cuando revolotea en el ambiente un olor exactamente igual a otro que percibiste en el pasado. Entonces, el olor y todo lo que conllevaba ese olor se aparecen en tu presente y te transportan a lugares y épocas remotos. Hubo un olor, el olor de un perfume, que asocié a un mes. Podía ser cualquier otra época del año, podía estar lejos del depositario del perfume y, sin embargo, yo sentía que estaba viviendo en ese mes lejano. Las mismas sensaciones se manifestaban en contacto con ese aroma. Era algo increíble.
Estos días me está ocurriendo algo curioso, parecido a mi historia con el olor de aquel mes. Quizás es que hacía tiempo que no prestaba atención a mi glándula olfativa (si es que esa glándula existe); pero lo cierto es que vuelve a haber un olor evocador del pasado. En estos últimos días, cada tren al que subo huele a los trenes de Hamburgo en los que me subí hace casi un año.
Es extraño. En esta época del año alguien esperaría reencontrarme con el olor invernal del humo de chimeneas y el asar de castañas y, sin embargo, yo evoco un olor a trenes germanos... ¿Por qué será? ¿Es que la memoria olfativa también nos juega malas pasadas? Ahora, en cada tren, siento estar haciendo un viaje mucho más largo, más civilizado. Y espero que mi recuerdo auditivo también me regale las palabras mágicas: "Nächster Bahnhof: Dammtor".
De todos los recuerdos, los más fieles son los recuerdos auditivos y los olfativos. Sobre todo estos últimos. Es difícil evocarlos. Hay algo similar a ellos que se puede intentar reproducir sin mucho éxito. Se piensa en un olor concreto y a veces puede sentirse de nuevo, pero con matices diferentes, con carencias. Lo milagroso, sin embargo, es cuando revolotea en el ambiente un olor exactamente igual a otro que percibiste en el pasado. Entonces, el olor y todo lo que conllevaba ese olor se aparecen en tu presente y te transportan a lugares y épocas remotos. Hubo un olor, el olor de un perfume, que asocié a un mes. Podía ser cualquier otra época del año, podía estar lejos del depositario del perfume y, sin embargo, yo sentía que estaba viviendo en ese mes lejano. Las mismas sensaciones se manifestaban en contacto con ese aroma. Era algo increíble.
Estos días me está ocurriendo algo curioso, parecido a mi historia con el olor de aquel mes. Quizás es que hacía tiempo que no prestaba atención a mi glándula olfativa (si es que esa glándula existe); pero lo cierto es que vuelve a haber un olor evocador del pasado. En estos últimos días, cada tren al que subo huele a los trenes de Hamburgo en los que me subí hace casi un año.
Es extraño. En esta época del año alguien esperaría reencontrarme con el olor invernal del humo de chimeneas y el asar de castañas y, sin embargo, yo evoco un olor a trenes germanos... ¿Por qué será? ¿Es que la memoria olfativa también nos juega malas pasadas? Ahora, en cada tren, siento estar haciendo un viaje mucho más largo, más civilizado. Y espero que mi recuerdo auditivo también me regale las palabras mágicas: "Nächster Bahnhof: Dammtor".
9 de noviembre de 2009
9 de noviembre: día de fiesta (en el mundo)
Da la casualidad de que trabajo en Madrid y de que en Madrid hoy es un día de fiesta. En la capital, no en la comunidad. Eso significa que hoy no trabajo, que estoy ociosa y que pienso en otros nueves de noviembre. Concretamente pienso en cómo debió de ser el nueve de noviembre de hace veinte años. Les he preguntado a mis padres. Dicen que parece que fue ayer. Yo no recuerdo nada, claro. Alguna imagen perdida de un señor con una mancha en la cabeza; miles de personas apoyadas en una pared llena de pintadas en un idioma desconocido para mí (supongo que entonces, todos los idiomas me eran desconocidos; ¿sabría yo acaso qué era un idioma? Ni siquiera podía intuir yo que existiesen tantos idiomas y que yo acabaría, finalmente, estudiando aquel con el que se escribían las pintadas sobre el muro),... Eso es todo lo que recuerdo del nueve de noviembre de hace veinte años. O ni siquiera. Eso es el recuerdo que he creado en mi mente de aquel día perdido en la memoria de tantos y tan recordado por otros.
Hoy celebro una festividad religiosa en Madrid: la Almudena. Y ni siquiera sé quién fue esa Almudena. No tengo ni idea de qué hizo, de por qué es la patrona de Madrid, de por qué seguimos descansando los días que el gobierno y la tradición consideran "días santos". Para mí hoy es un día de fiesta por otro motivo. Un día de fiesta en el que trato de imaginar qué sintieron todos aquellos alemanes, checos y austriacos cuando finalmente pudieron pasar de su mundo, al mundo real. Porque creo que el mundo real era el de la RFA y que en la RDA sólo algunos trataron de vivir en un sueño de democracia que era de todo menos democrático. No sé. Miro hacia atrás con los ojos de ahora. Miro hacia atrás después de haber leído muchas historias y después de haber escuchado a muchas personas narrar su vida de esos días. Nunca seré objetiva con respecto a este tema porque la opinión pública nos ha vendido siempre la caída del muro como la liberación de un país. Y así lo siento yo. Pero claro, yo sólo tenía tres años entonces. Yo no entendía nada de la vida, y sólo ahora voy comprendiendo algunas cosas. Aún así, sólo tengo la imaginación para tratar de sentir lo que ellos sintieron; sólo parto de mi moral para juzgar lo que ocurrió entonces.
Con los recuerdos, los vídeos, las historias, las imágenes, las canciones y mis veintitrés años, siento que hoy es un día de fiesta. Me emociona pensarlo. Es un día de homenajes. Siento que Berlín merece más el día de fiesta, que esta Almudena que me es más extraña que la historia reciente alemana.
Hoy celebro una festividad religiosa en Madrid: la Almudena. Y ni siquiera sé quién fue esa Almudena. No tengo ni idea de qué hizo, de por qué es la patrona de Madrid, de por qué seguimos descansando los días que el gobierno y la tradición consideran "días santos". Para mí hoy es un día de fiesta por otro motivo. Un día de fiesta en el que trato de imaginar qué sintieron todos aquellos alemanes, checos y austriacos cuando finalmente pudieron pasar de su mundo, al mundo real. Porque creo que el mundo real era el de la RFA y que en la RDA sólo algunos trataron de vivir en un sueño de democracia que era de todo menos democrático. No sé. Miro hacia atrás con los ojos de ahora. Miro hacia atrás después de haber leído muchas historias y después de haber escuchado a muchas personas narrar su vida de esos días. Nunca seré objetiva con respecto a este tema porque la opinión pública nos ha vendido siempre la caída del muro como la liberación de un país. Y así lo siento yo. Pero claro, yo sólo tenía tres años entonces. Yo no entendía nada de la vida, y sólo ahora voy comprendiendo algunas cosas. Aún así, sólo tengo la imaginación para tratar de sentir lo que ellos sintieron; sólo parto de mi moral para juzgar lo que ocurrió entonces.
Con los recuerdos, los vídeos, las historias, las imágenes, las canciones y mis veintitrés años, siento que hoy es un día de fiesta. Me emociona pensarlo. Es un día de homenajes. Siento que Berlín merece más el día de fiesta, que esta Almudena que me es más extraña que la historia reciente alemana.
20 de febrero de 2009
Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar
Hace unos días, una profesora alemana de español me dijo cuáles eran los libros en español que leía con sus alumnos. Me recomendó algunos que yo no había leído y los olvidé cinco minutos después. Varios días más tarde, en Hamburgo, paseando por una librería interesante con postales de Käte Kollwitz, vi un título que me recordó a aquéllos que me había recomendado. Estaba en español con anotaciones en alemán. Bien, pensé, así podré aprender algunas palabras en alemán. Lo compré. Y no empecé a leerlo hasta ayer.
Luis Sepúlveda escribió este fantástico relato para sus tres hijos Sebastián, Max y León. Un día, hablando con Yolanda sobre literatura infantil, ella me dijo que no estaba muy interesada en este tipo de género. Le di la razón en algunos aspectos, pero no en otros, porque creo que hay muy buena literatura infantil: la que va dirigida a toda la humanidad. Las fábulas son el mejor ejemplo de literatura infantil, y también el mejor ejemplo de literatura universal. Esta Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, es la fábula más bella que he leído en años. Creada para convertir en héroe a un gato agonizante, narra la importancia de la amistad, el apego a la tierra donde uno nace o vive, la necesidad de encontrar el lugar propio de cada uno y también la posibilidad de sentirse un igual entre diferentes. Habla sobre la vida, sobre la muerte, sobre la imaginación, sobre las relaciones entre humanos y animales, sobre el respeto y la tolerancia. Habla sobre el mar, la tierra, el cielo y la poesía. ¡Habla de tantas cosas en tan pocas páginas!
Leer es encontrarse, y yo me he encontrado en las páginas de este libro finito y desapercibido. Leer es entrar en contacto con el mundo y sentirse más libre. Yo, estos días en Hamburgo, me he sentido en contacto con el universo entero leyendo estas páginas. He pensado en generaciones de niños leyendo este relato maravilloso y he sonreído imaginando el bien que les haría.
Intuyo, lector, que ahora estarás interesado en leerlo. Te recomiendo Hamburgo para hacerlo, o cualquier asiento cómodo desde el que dibujar mentalmente el puerto, San Miguel y todas las gaviotas que, sin darse cuenta, te narran su historia y la de Afortunada.
Ahora dos citas para ir abriendo el apetito de lectura:
“En tu vida tendrás muchos motivos para ser feliz, uno de ellos se llama agua, otro se llama viento, otro se llama sol y siempre llega como una recompensa luego de la lluvia. Siente la lluvia. Abre las alas”.
“El humano acarició el lomo del gato.
- Bueno, gato, lo hemos conseguido –dijo suspirando.
- Sí, al borde del vacío comprendió lo más importante –maulló Zorbas.
- ¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que comprendió? –preguntó el humano.
-Que sólo vuela el que se atreve a hacerlo –maulló Zorbas.”
[Es el mejor final para una historia como esta. Es el mejor final para este viaje].
Münsterdorf, 19 de febrero de 2009.
Luis Sepúlveda escribió este fantástico relato para sus tres hijos Sebastián, Max y León. Un día, hablando con Yolanda sobre literatura infantil, ella me dijo que no estaba muy interesada en este tipo de género. Le di la razón en algunos aspectos, pero no en otros, porque creo que hay muy buena literatura infantil: la que va dirigida a toda la humanidad. Las fábulas son el mejor ejemplo de literatura infantil, y también el mejor ejemplo de literatura universal. Esta Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, es la fábula más bella que he leído en años. Creada para convertir en héroe a un gato agonizante, narra la importancia de la amistad, el apego a la tierra donde uno nace o vive, la necesidad de encontrar el lugar propio de cada uno y también la posibilidad de sentirse un igual entre diferentes. Habla sobre la vida, sobre la muerte, sobre la imaginación, sobre las relaciones entre humanos y animales, sobre el respeto y la tolerancia. Habla sobre el mar, la tierra, el cielo y la poesía. ¡Habla de tantas cosas en tan pocas páginas!
Leer es encontrarse, y yo me he encontrado en las páginas de este libro finito y desapercibido. Leer es entrar en contacto con el mundo y sentirse más libre. Yo, estos días en Hamburgo, me he sentido en contacto con el universo entero leyendo estas páginas. He pensado en generaciones de niños leyendo este relato maravilloso y he sonreído imaginando el bien que les haría.
Intuyo, lector, que ahora estarás interesado en leerlo. Te recomiendo Hamburgo para hacerlo, o cualquier asiento cómodo desde el que dibujar mentalmente el puerto, San Miguel y todas las gaviotas que, sin darse cuenta, te narran su historia y la de Afortunada.
Ahora dos citas para ir abriendo el apetito de lectura:
“En tu vida tendrás muchos motivos para ser feliz, uno de ellos se llama agua, otro se llama viento, otro se llama sol y siempre llega como una recompensa luego de la lluvia. Siente la lluvia. Abre las alas”.
“El humano acarició el lomo del gato.
- Bueno, gato, lo hemos conseguido –dijo suspirando.
- Sí, al borde del vacío comprendió lo más importante –maulló Zorbas.
- ¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que comprendió? –preguntó el humano.
-Que sólo vuela el que se atreve a hacerlo –maulló Zorbas.”
[Es el mejor final para una historia como esta. Es el mejor final para este viaje].
Münsterdorf, 19 de febrero de 2009.
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16 de febrero de 2009
Maskenzauber, 2009
Hamburgo, 15 de febrero de 2009.

Pasearse por las calles de Hamburgo es un placer cualquier día. Ayer, sin embargo, el frío no nos dejaba apenas respirar. Siempre dentro de algún sitio, para evitar los pies de hielo y la nariz de Rudolf. Aun así, una escucha el Canon de Pachelbel en plena plaza del Ayuntamiento, y por puro disfrute sensorial se acerca más hasta el centro de la música. Y del centro de la música surge un maravilloso plantel de actores disfrazados con trajes fantásticos, bailando y sonriendo, a pesar de los pies de hielo y la nariz de Rudolf. La música nos invitó a bailar, y el frío se nos olvidó por un momento.
[la foto está tomada de Flickr, porque las que hice yo no salieron tan bien]

Pasearse por las calles de Hamburgo es un placer cualquier día. Ayer, sin embargo, el frío no nos dejaba apenas respirar. Siempre dentro de algún sitio, para evitar los pies de hielo y la nariz de Rudolf. Aun así, una escucha el Canon de Pachelbel en plena plaza del Ayuntamiento, y por puro disfrute sensorial se acerca más hasta el centro de la música. Y del centro de la música surge un maravilloso plantel de actores disfrazados con trajes fantásticos, bailando y sonriendo, a pesar de los pies de hielo y la nariz de Rudolf. La música nos invitó a bailar, y el frío se nos olvidó por un momento.
[la foto está tomada de Flickr, porque las que hice yo no salieron tan bien]
15 de febrero de 2009
Vuelve la poesía.
He conocido a un holandés encantador en Hamburgo. Como resultado de largos cafés y cenas españolas, ha salido este poema extraño en neerlandés:
Ik heb de minnaars gezien
zy hadden elkaar lief in de trein
zy waren tezamen en zy waren iedereen
de gehele liefhebbende mensheid
is in hen opgesomd.
De vochtige lippen raakten,
de ogen moe van het kijken naar
de ogen
en die halfzachte glimlach
als ze scheiden.
Ik heb ze gezien en dus heb
ik ze allemaal gezien
en de minnaars die elkander lief hadden
in de korte reis
van jouw deur naar mijn deur.
De oneindigheid in haar handen
en het licht in de omhelzing.
El poema original, del que salió este producto de la interculturalidad, estaba escrito en español y sufrió una fase intermedia de traducción al inglés. La fase intermedia quedó en el aire. El original, este:
He visto a los amantes
amándose en el tren.
Eran dos y eran todos.
La humanidad amante entera
se resume en ellos:
los labios húmedos pegados,
los ojos cansados de mirar
los ojos.
Y esa sonrisa vaga y boba
al separarse.
Los he visto a ellos
y ya he visto a todos.
Los amantes que se aman
en el breve trayecto que hay
entre tu puerta y mi puerta:
el infinito en sus manos,
y la luz en el abrazo.
Ik heb de minnaars gezien
zy hadden elkaar lief in de trein
zy waren tezamen en zy waren iedereen
de gehele liefhebbende mensheid
is in hen opgesomd.
De vochtige lippen raakten,
de ogen moe van het kijken naar
de ogen
en die halfzachte glimlach
als ze scheiden.
Ik heb ze gezien en dus heb
ik ze allemaal gezien
en de minnaars die elkander lief hadden
in de korte reis
van jouw deur naar mijn deur.
De oneindigheid in haar handen
en het licht in de omhelzing.
El poema original, del que salió este producto de la interculturalidad, estaba escrito en español y sufrió una fase intermedia de traducción al inglés. La fase intermedia quedó en el aire. El original, este:
He visto a los amantes
amándose en el tren.
Eran dos y eran todos.
La humanidad amante entera
se resume en ellos:
los labios húmedos pegados,
los ojos cansados de mirar
los ojos.
Y esa sonrisa vaga y boba
al separarse.
Los he visto a ellos
y ya he visto a todos.
Los amantes que se aman
en el breve trayecto que hay
entre tu puerta y mi puerta:
el infinito en sus manos,
y la luz en el abrazo.
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14 de febrero de 2009
Estar fuera, estar dentro
Es una sensación inexplicable con palabras. Como la mayoría de las sensaciones. Uno se siente parte de algo o no. Se siente fuera o dentro. Lo extraño es que en los últimos días, paradójicamente, me he sentido fuera como si estuviera dentro, y dentro como si estuviera fuera.
No quiero complicarte la lectura de esta entrada. Porque simplemente es una reflexión de última hora, después de haber pasado el viernes y hoy entre Kiel y Husom, con toda la gente del programa de intercambio, hablando en más de cinco lenguas diferentes, o al menos intentándolo. Han sido dos días fantásticos en los que he descubierto la maravillosa conciencia ecológica de los alemanes, su pasión por las cosas bien hechas, el orden y también la importancia que para algunos tiene sentirse europeos. Sentirse dentro. Estar con todos.
Hasta ahora, aunque me sabía dentro de Europa, nunca tuve ese sentimiento intenso de pertenencia a una comunidad mayor que la de mi propia familia y amigos, quizá mi barrio, e incluso a veces mi país. Estos días me he dado cuenta de la importancia de formar parte de una nación de naciones. De lo bonito de sentirse dentro entre gente tan diferente. Porque los corazones, al fin y al cabo, buscan llenarse de lo mismo.
Me he enamorado en Alemania. De muchas cosas. De mucha gente. De mi gente de casa, por estar lejos, y de la gente de aquí por estar lejos. Uno, fuera, echa de menos algunas cosas, pero también aprende a hacer su hogar en todas partes.
No quiero complicarte la lectura de esta entrada. Porque simplemente es una reflexión de última hora, después de haber pasado el viernes y hoy entre Kiel y Husom, con toda la gente del programa de intercambio, hablando en más de cinco lenguas diferentes, o al menos intentándolo. Han sido dos días fantásticos en los que he descubierto la maravillosa conciencia ecológica de los alemanes, su pasión por las cosas bien hechas, el orden y también la importancia que para algunos tiene sentirse europeos. Sentirse dentro. Estar con todos.
Hasta ahora, aunque me sabía dentro de Europa, nunca tuve ese sentimiento intenso de pertenencia a una comunidad mayor que la de mi propia familia y amigos, quizá mi barrio, e incluso a veces mi país. Estos días me he dado cuenta de la importancia de formar parte de una nación de naciones. De lo bonito de sentirse dentro entre gente tan diferente. Porque los corazones, al fin y al cabo, buscan llenarse de lo mismo.
Me he enamorado en Alemania. De muchas cosas. De mucha gente. De mi gente de casa, por estar lejos, y de la gente de aquí por estar lejos. Uno, fuera, echa de menos algunas cosas, pero también aprende a hacer su hogar en todas partes.
9 de febrero de 2009
¿Hay vida después de la poesía?
Se me ha ocurrido pensar en eso hoy, recordando que hace muchos días que no leo un poema. Y sin duda sí que hay vida después de la poesía. Porque hay poesía en todas partes. En este aire frío con gotas de hielo hay poesía. En los ojos azules de cada alemán y de cada alemana con los que me cruzo por la calle. Hay poesía en la solidaridad con que te acogen y te preguntan si estás bien, si necesitas algo, si eres feliz en su país. Hay poesía cuando, después de una semana, sientes ganas de llorar al despedirte de una persona con la que has compartido tan poco y en realidad tanto. Hay poesía cuando existe el idioma común de las miradas y uno se olvida de cómo hay que conjugar ese condicional tan difícil que combina varios tiempos verbales. Hay poesía cuando de noche recibes un mensaje de España deseándote lo mejor. Hay poesía en tus ojos de lector que hoy lees esto e intentas imaginar alguna de las cosas que hoy te cuento aquí.
Hay poesía después de la vida.
Hay poesía después de la vida.
5 de febrero de 2009
Hamburgo. Carlos Núñez.
Ayer me llevaron a ver Hamburgo. Una ciudad preciosa, sin duda. Las dos próximas semanas viviré allí, así que tendré tiempo de conocerla mejor, de sentirla un poco mía.
Hamburgo, a partir de ahora, estará ligada a Carlos Núñez. Porque ayer tocaba Carlos Núñez en un local que se llama Fabrik en Hamburgo, y no dudé en pedir que me llevaran. Fue extraño estar allí, rodeada de alemanes (a algún español oí también, claro) y escuchándolo a él hablar en inglés. Fue un sentimiento nunca antes vivido tan intensamente de pertenencia a una tierra, de sentirme fuera de casa, pero cerca por un momento. Quizás porque estaba sola. Porque no había amigos con los que bailar y con los que pensar que esto solo es una aventura de unos días. Me vi a mí misma ahí, escuchando tocar melodías hermosas en flautas mágicas, escuchando cantos tradicionales gallegos que me desgarraron el alma por un momento. Y los ojos llenos de agua que soltar. Y ni una lágrima en este país de personas duras y fuertes, aunque mis ojos lo necesitaran. La última, la mejor recompensa fue el abrazo de Carlos. Un abrazo universal, sí; pero absolutamente español. Con sonrisa, con buenos deseos.
Mi primer día en Hamburgo y el abrazo de Carlos Núñez. ¿Qué más se le podía pedir al día de ayer?

Ayer necesitaba que tiraran un poco de mí. Y An Dro tiró de mí, desde un dedo meñique.
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4 de febrero de 2009
Primeras impresiones
Revisión rápida de mis primeras impresiones en Alemania:
1. El alemán es una lengua mucho más dulce de lo que pensamos. Puedo quedarme embobada intentando descifrar qué dicen, cazando al vuelo alguna palabra que me trae recuerdos del inglés, del francés o del latín.
2. La vida aquí (al menos en Itzehoe, donde estoy viviendo ahora) no es tan cara como pensamos. La leche, por ejemplo, es más barata aquí que en España.
3. Hace frío, sí. ¡Pero no tanto!
4. Es cierto que los alemanes se muestran distantes. Es difícil demostrarles tu cariño porque les resulta extraño que les abracen o toquen unos desconocidos.
5. Como era de esperar, el sistema educativo está algo mejor que en España. ¡Y menudas salas de profesores! Espero ir poniendo fotos.
6. El espíritu de Kant flota en el aire...
1. El alemán es una lengua mucho más dulce de lo que pensamos. Puedo quedarme embobada intentando descifrar qué dicen, cazando al vuelo alguna palabra que me trae recuerdos del inglés, del francés o del latín.
2. La vida aquí (al menos en Itzehoe, donde estoy viviendo ahora) no es tan cara como pensamos. La leche, por ejemplo, es más barata aquí que en España.
3. Hace frío, sí. ¡Pero no tanto!
4. Es cierto que los alemanes se muestran distantes. Es difícil demostrarles tu cariño porque les resulta extraño que les abracen o toquen unos desconocidos.
5. Como era de esperar, el sistema educativo está algo mejor que en España. ¡Y menudas salas de profesores! Espero ir poniendo fotos.
6. El espíritu de Kant flota en el aire...
2 de febrero de 2009
27 de enero de 2009
El frío de Alemania
Desde que he hecho circular la noticia de que me voy unos días, en febrero, a Alemania, no hago más que recibir, por parte de familiares y amigos, ofrendas-prendas de abrigo. Y tampoco dejo de recibir advertencias sobre el temporal. Ya me han dicho que las temperaturas no superarán los 0º, pero eso ya pasaba en Salamanca a veces. Y aquí me tenéis, pura superviviente.
Quiero hacer un agradecimiento público a madres (ah, no, que madre sólo hay una), padre, hermano, tías, primos, amigos y ex-profesores por el interés que están mostrando, sobre todo, por la climatología alemana más que por otras condiciones del viaje. Si la atención se centra en el frío, otros asuntos, como el alojamiento precario (quién sabe todavía), mi manutención o las clases, quedan en un segundo plano.

Bufandas hechas con el cariño de una madre, gorros para cráneos privilegiados y un forrito polar verde son las últimas adquisiciones de estos días. Como puedes apreciar en la foto, los gorritos son una monada. Pues las flores del rojo son también caseras, como las bufandas, para que veas con qué clases de personas me codeo. Encantadoras. Como Helmut, el coordinador.
Gracias y besos a todos.
Quiero hacer un agradecimiento público a madres (ah, no, que madre sólo hay una), padre, hermano, tías, primos, amigos y ex-profesores por el interés que están mostrando, sobre todo, por la climatología alemana más que por otras condiciones del viaje. Si la atención se centra en el frío, otros asuntos, como el alojamiento precario (quién sabe todavía), mi manutención o las clases, quedan en un segundo plano.
Bufandas hechas con el cariño de una madre, gorros para cráneos privilegiados y un forrito polar verde son las últimas adquisiciones de estos días. Como puedes apreciar en la foto, los gorritos son una monada. Pues las flores del rojo son también caseras, como las bufandas, para que veas con qué clases de personas me codeo. Encantadoras. Como Helmut, el coordinador.
Gracias y besos a todos.
24 de enero de 2009
Nos apasiona el cielo
A los seres humanos nos apasiona el cielo.
El Catolicismo hizo del cielo un lugar al que mirar con admiración, un paraíso que desear. Pero ya antes nos apasionaba el cielo. Nos apasionaba por su misterio, por las esferas luminosas que en él había. Nos apasionaba porque creíamos que de él brotaba una melodía maravillosa producida por los planetas. Nos apasionaba, y en medio de esa pasión, morimos defendiendo teorías astronómicas.
Miramos al cielo, a veces, buscando respuestas. Y el cielo nos regala con su belleza de amaneceres rosados y atardeceres malvas. El cielo nos regala las estrellas, la luna y la eternidad.
Las representaciones del cielo se han sucedido a lo largo de los siglos. Hay una que me gusta especialmente y que he disfrutado en los últimos años, cuando el cielo real ya no daba soluciones, y sólo el arte podía salvar. Hablo del Cielo de Salamanca.

Como te habrás dado cuenta, estos días estoy hablando mucho de Salamanca, de lo que la recuerdo. Es porque hace bastante tiempo que no voy para allá, y tengo que quitarme las ganas hablando de ella, mirándola desde lejos. También estos días hablo mucho de Alemania. Es porque dentro de poquito iré a pasar unas semanas allí, y ando ahora familiarizándome con el lugar, con su cultura.
Y ha sido en esta investigación sobre temas alemanes, cuando he encontrado otra representación de la bóveda celeste. El descubrimiento ha sido más grato al comprobar que esta representación es la más antigua que se conoce del cielo. Parece ser que pertenece a una civilización prehistórica datada aproximadamente hacia el 1600 a. C. Estoy hablando del disco celeste de Nebra
, sobre el que podéis informaros pinchando sobre el enlace.

Nos apasiona el cielo. Miramos hacia él expectantes. Buscamos algunas soluciones en él. Ese cielo es el que hoy me lleva a Salamanca, y a través del cual en unos días llegaré a Alemania.
El Catolicismo hizo del cielo un lugar al que mirar con admiración, un paraíso que desear. Pero ya antes nos apasionaba el cielo. Nos apasionaba por su misterio, por las esferas luminosas que en él había. Nos apasionaba porque creíamos que de él brotaba una melodía maravillosa producida por los planetas. Nos apasionaba, y en medio de esa pasión, morimos defendiendo teorías astronómicas.
Miramos al cielo, a veces, buscando respuestas. Y el cielo nos regala con su belleza de amaneceres rosados y atardeceres malvas. El cielo nos regala las estrellas, la luna y la eternidad.
Las representaciones del cielo se han sucedido a lo largo de los siglos. Hay una que me gusta especialmente y que he disfrutado en los últimos años, cuando el cielo real ya no daba soluciones, y sólo el arte podía salvar. Hablo del Cielo de Salamanca.

Como te habrás dado cuenta, estos días estoy hablando mucho de Salamanca, de lo que la recuerdo. Es porque hace bastante tiempo que no voy para allá, y tengo que quitarme las ganas hablando de ella, mirándola desde lejos. También estos días hablo mucho de Alemania. Es porque dentro de poquito iré a pasar unas semanas allí, y ando ahora familiarizándome con el lugar, con su cultura.
Y ha sido en esta investigación sobre temas alemanes, cuando he encontrado otra representación de la bóveda celeste. El descubrimiento ha sido más grato al comprobar que esta representación es la más antigua que se conoce del cielo. Parece ser que pertenece a una civilización prehistórica datada aproximadamente hacia el 1600 a. C. Estoy hablando del disco celeste de Nebra
, sobre el que podéis informaros pinchando sobre el enlace.

Nos apasiona el cielo. Miramos hacia él expectantes. Buscamos algunas soluciones en él. Ese cielo es el que hoy me lleva a Salamanca, y a través del cual en unos días llegaré a Alemania.
18 de enero de 2009
Alemania /2 + Mujeres pintoras. 4 = NO A LAS GUERRAS

(no a las guerras)
Hoy continuamos con este viaje particular que estamos recorriendo hacia Alemania. Veíamos el otro día algunas imágenes de la película Good bye Lenin! que tanto me enseñó sobre las dos Alemanias (para que luego hablemos de las dos
Españas), sobre la caída del muro, sobre la vida cotidiana de los alemanes orientales y los occidentales. Hoy vuelvo a mirar a Alemania con el dolor que causan las guerras.Las guerras que mutilan, aniquilan, eliminan... porque es tal la crueldad de las guerras que no se pueden emplear otros verbos para describirlas. El ser humano continua tropezando una y otra vez en esa piedra que es la guerra. Termina una guerra y los intereses religiosos o económicos de unos pocos provocan una nueva. Y así eternamente, como cumpliendo un estúpido ciclo de la vida en el que no sobrevive el mejor, sino el que más suerte tiene. Aquel a quien le ha tocado nacer en un país y no en otro.

Käthe Kollwitz fue una mujer a la que le tocó vivir en Alemania, y a la que la guerra la atravesó de parte a parte. Pacifista y muy crítica con las injusticias y las guerras, también le tocó luchar. Pero su lucha fue una lucha no violenta cuyas únicas armas fueron sus lápices, sus manos y su conciencia humana. Kollwitz gritó miles de veces "No a la guerra" y ese mensaje lo dejó reflejado en buena parte de su obra.
Desgraciadamente, el mensaje de Käthe Kollwitz y su obra no han pasado de moda. Gritar NO A LA GUERRA no es sólo algo del pasado, también me atañe a mí y a ti, sea domingo o martes, haya manifestación o no. Siempre que haya una guerra, habrá personas que luchen contra ella.
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16 de enero de 2009
Alemania /1 - Good bye Lenin!
Próximo destino: Alemania.
Tengo que empezar a familiarizarme.
Para empezar, el recuerdo de un piano en 1978. Y la maravillosa historia narrada en Good bye Lenin!
Tengo que empezar a familiarizarme.
Para empezar, el recuerdo de un piano en 1978. Y la maravillosa historia narrada en Good bye Lenin!
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