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10 de noviembre de 2009

Exhibicionismo poético

Quien escribe poesía exhibe un trozo de su vida y de su alma. El poeta es un fingidor, por supuesto, pero aun en toda la vida inventada que rezuman sus versos, también existe algo de certero, un ápice de su vida o la de los otros que intenta escupir para dejar su alma un poco más libre.

Como casi cualquier adolescente, durante mi adolescencia escribí poesía. Entonces rompía lo que escribía o sólo se lo dejaba leer a mi círculo más restringido. Han pasado los años y todavía ahora siento pudor ante la palabra escrita por mí. En verdad que no es mi vida lo que expongo en mis versos, o ciertamente sean trozos de otras vidas y de la mía misma que quedan latentes en el inconsciente y salen a la luz un día de lluvia.

Hoy, que no llueve, que no siento la necesidad de escribir poesía, he tenido la curiosidad de leer algo ya escrito. Y tras el preámbulo anterior, que para nada sirve, te muestro algo de lo que fingí hace tiempo. Cuando -y esto sí es verdad- terminaba, al menos, el amor puro a la poesía:

El último día que nos amamos
nacieron cuatro mil trescientos veintiún niños.
La cuenta atrás fue perfecta,
los bebés, o sus padres, intuyeron el final
de nuestra historia
y nos regalaron el colofón de sus cifras.
El último día que nos amamos
no llovía ni hacía frío
no había estaciones
no estalló una nueva guerra
-aunque murieron bastantes-.
Fue un día cualquiera:
el reloj marcó las dos y diez,
pero ni siquiera esa sonrisa cómplice
me hizo creer el todo.

Nos amamos, sí, porque aún nos amábamos.
Y lo hicimos tan intensamente
que se deshicieron los nudos
y nos desamamos sin lluvia, trenes o batallas.
Sin darnos cuenta de que
un tú y un yo no hacen un nosotros.
Nos desamamos con una felicidad de amantes satisfechos,
con las mismas chinchetas y fotos de siempre,
con el reloj de las cuatro menos veinte
tan triste, tan solo
como tu cuerpo y mi cuerpo
el último día que nos amamos.