Mostrando entradas con la etiqueta compartir. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta compartir. Mostrar todas las entradas

26 de abril de 2012

Inspiración

Ayer llegué al blog de Víctor Balcells, vi esto y me gustó mucho. Espero que también a ti te guste. Ahora que he cerrado mi cuenta de Facebook durante unos días, quizás semanas -¿para siempre?-, mi forma de compartir lo que veo y me gusta es por aquí. Sé que aquí llega mucha menos gente que la que tenía acceso a mi cuenta de Facebook, pero también sé que probablemente los que hayan llegado hasta aquí se acerquen a leer a Víctor.

Es una entrada sencilla. Pero inspiracional. Una cama, Keats, los aviones y los árboles. ¿Quién le pide más a la poesía?

Los bancos, como los blogs, lugares donde asomarse a la inspiración

3 de octubre de 2011

Inglés, ¿idioma universal?

Cuando uno sale fuera de casa, y creo que no exageraría mucho si dijera que al dar la vuelta a la esquina, necesita los idiomas. O al menos una sensibilidad especial para comunicarse. Mi madre, sin ir más lejos, que trabaja a un paso de casa, necesita el lenguaje universal de los gestos y las sonrisas y siempre consigue comunicarse. Es cierto que los extranjeros con los que trata mi madre son inmigrantes. Ellos le piden una fotocopia, un sobre, ayuda para rellenar las solicitudes del colegio de los hijos, y lo hacen con respeto, con paciencia y con una sonrisa. Y ella, que también es del tipo respetuoso, paciente y sonriente, consigue entenderse siempre con ellos. Aunque acaben de llegar de sus países de origen y no sean capaces de balbucir siquiera un "buenos días".

Aquí, en Londres, me topo con la barrera idiomática a diario. A pesar de los años estudiando el idioma, todavía ayer aprendí a diferenciar "ciruela" de "ciruela pasa" en dos palabras que ya conocía pero que siempre asocié a realidades diferentes. Pero el problema de Londres, o mejor dicho -y seré más honesta y más justa-, el problema con el inglés, es que es un idioma que se sabe el centro del universo, el soberano absoluto, la lingua franca universal. El estilo anglosajón no es, en general, del tipo respetuoso, paciente y sonriente. Suele ser alguna de estas tres, pero no siempre las tres van en el mismo bloque. Por lo que nos encontramos, los no nativos, con la lucha diaria del idioma, soportando el desprecio de algunos cuando a la tercera vez que nos repiten algo que aprendimos con la pronunciación española, seguimos sin entender ni papa. Aquí falta mucha paciencia, diría yo. 

Sin embargo, las cosas del idioma no son tan horribles en Londres. Estamos rodeados de inglés por todas partes, pero también de español. Cuando los españoles hablamos entre nosotros, ya tenemos la jerga propia que incluye palabras en inglés. Es divertido, aunque yo soy más de las de: "por favor, háblame en inglés, que estamos en Inglaterra". Luego también está el hecho de que mi casa, una especie de pequeña Naciones Unidas, es una torre de Babel, el paraíso de todo filólogo. Una casa que me ha devuelto el interés por el francés y me lo ha despertado por el italiano. También esta casa me ha recordado lo difícil que es el alemán y lo extendido que está el español por el mundo, aunque la gente no sea capaz más que de chapurrearlo un poco y a duras penas. Y en esos momentos de intercambio lingüístico, de dudas idiomáticas, de lucha contra el francés que aprendí hace años o el italiano que empiezo a articular, siempre aparece el inglés como vehículo salvador, siempre está ahí de apoyo, de guía, de modelo. Y aunque los hablantes nativos de inglés se alcen victoriosos ante la soberanía de su lengua, yo respiro aliviada y agradecida por disponer de ese recurso. Me alegra saberme poseedora de tres idiomas y de seguir en mi camino lento hacia el multilingüismo, y alzarme victoriosa ante la soberanía del conocimiento, que no es dominar la lengua mundial, sino estar abierto a la comunicación y poder abrir el cajón genético donde están el respeto, la paciencia y las sonrisas que mis padres me enseñaron a usar siempre. Y esos, esos sí que conforman una lengua universal.

18 de mayo de 2011

Gratuidad. Gratitud.

Debería existir la gratuidad en el conocimiento. No hablo aquí de la enseñanza pública ni de ningún tipo de institución que se dedique a distribuir el conocimiento. Hablo del conocimiento per se. El conocimiento humano.

Estoy viviendo con intensidad una nueva etapa de exámenes en mi vida. Ya lo he dicho más veces aquí: recibo la universidad ahora desde otro punto de vista, con una perspectiva más general, más abierta. La percibo no solo como un medio para lograr mi fin, que es terminar Filología Inglesa, sino como un fin en sí mismo: el contacto humano, la transmisión y recepción de ideas, es decir, la comunicación real de conocimiento. Por eso me gustan las personas que comparten y agradecen el compartir, por eso entrego mi tiempo a gente que lo necesita, y recibo, con gratitud, el tiempo de gente para quien las horas son valiosísimas.

Eso debería ser el conocimiento. Un tesorito que no escondemos en lo más profundo de nosotros, sino que compartimos, entregamos, regalamos. Yo pienso para mí, pero me gusta que lo que pienso te llegue a ti, que me lees. Y me lees, no en la busca de conocimiento, sino en la búsqueda de quién sabe qué: otras perspectivas, a ti mismo, un descanso en la dura jornada, una idea, un color, una impresión... Algo te trae aquí. Y también hay algo que me lleva a ti. La gratuidad del compartir y la gratitud del sentirme leida, querida, apreciada.

Ojalá que todos se den cuenta de esto. Sobre todo los que se saben mediocres y no lo son. Sobre todo los que se saben los amos del mundo y aún les falta por aprender que la gente solo es con los demás.