Desde siempre creí que la docencia era la profesión más hermosa del mundo. Estaba convencida de ello y me apliqué con esfuerzo para poder ejercerla. Siempre creí que la magia de las palabras y la literatura eran los mejores contenidos que transmitir a un grupo de mentes jóvenes y ávidas -o no- de conocimientos.
Me han felicitado por mi implicación y motivación e incluso algunos colegas de profesión aseguraban, sin haberme visto nunca dar clase, que les transmitía la sensación de ser buena en lo mío. Algunos de mis alumnos opinaban y opinan igual. Otros no. Pero estas cosas suceden siempre en todos los ámbitos de la vida. Yo siempre me he esforzado para ser lo mejor posible. Pero no en términos absolutos, sino con respecto a lo que yo podía hacer.
Sin embargo, he caído en un nido de serpientes. El dinero parece ser que es lo único que importa. Incluso en tiempos de crisis, cuando ni siquiera hay dinero, el dinero es lo que más importa. El cambio de sistema global no llega y nos estamos estancando en prácticas y motivaciones del pasado. O peor aún, nos estancamos en las del futuro, donde parece que solo el que más paga es quien más derechos tiene, y no derechos reales.
Me hice profesora no para enseñar a escribir bien, hacer buenos resúmenes, amar la lectura y aprender dónde van las tildes. Me hice profesora para transmitir un modo de vida en el que debe primar la libertad. Educar es enseñar a ser libres y responsables a las personas. Es darles las alas del conocimiento que necesitan para ser seres humanos con significado pleno del adjetivo humano.
Sin embargo, no es el mejor tiempo para ser profesor. El Gobierno, ese ente que debería procurarnos un estatus y una responsabilidad que no nos da, está más preocupado por la rentabilidad de la educación (supongo que de ahí esa obsesión con la calidad de la enseñanza) que por los resultados humanos que de ella nos beneficiaríamos todos a largo plazo. Me da la sensación de que el Gobierno no quiere ciudadanos libres y críticos, sino profesionales a los que ir agrupando en compartimentos estancos y a los que etiquetar desde bien jóvenes para hacerles ver cuanto antes que el mundo se rige por monedas y no por pensamientos. Para los que ni siquiera somos trabajadores públicos, la cosa está aún más difícil. Porque tenemos cientos de jefes por encima de nosotros: el Gobierno, el Ministro, los Consejeros, el dueño de la empresa para la que trabajamos, la dirección de la empresa para la que trabajamos, la coordinación del centro, la jefatura del departamento, los padres de nuestros alumnos, nuestros alumnos... Nosotros, los que creemos en la capacidad liberadora del pensamiento, somos el eslabón último y más pisoteado de una cadena que debería, simplemente, ser un círculo perfecto -el del diálogo entre el que enseña y el que aprende, que muchas veces no se corresponde con el de profesor-alumno, sino que da las vueltas eternamente, en un fluir de conocimientos que parece que no termina nunca-.
La enseñanza privada esclaviza al trabajador en aras de unos resultados que en muchos casos llegan mediante la presión de las familias, más que el esfuerzo mutuo de profesores y alumnos. Siempre he pensado que el fracaso escolar es el fracaso del profesor, pero me niego a pensar que yo estoy fracasando con determinados alumnos. Tampoco quiero posicionarme ética y moralmente en el lugar del profesor que afirma que el fracaso escolar es el fracaso de los padres. Igual que el éxito escolar es el resultado de un trabajo bien coordinado por todas partes, el fracaso también es culpa de todo.
Llevo pocos años en la docencia, pero poco a poco la desesperanza de estos tiempos que nos están aplastando, están distorsionando mi imagen perfecta e idílica de la profesión más hermosa del mundo. Quizás sí lo sea, pero España no sea el mejor sitio para ejercerla. Quizás necesitamos una revolución del conocimiento que se lleve a cabo desde los puestos más cercanos al alumnado. Pero ¿cómo? El dinero nos observa con lupa para que hagamos lo que tenemos que hacer y prescindir de los que no hacemos las cosas como quieren que las hagamos.
Así nunca se alcanzará la libertad y la responsabilidad con la que siempre soñé cuando, desde bien pequeña, ponía en fila a mis juguetes para enseñarles cómo leer y escribir bien.