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4 de noviembre de 2012

Hubo un tiempo...


Hubo un tiempo en el que las tardes de domingo se llenaban de acordes bachianos o chopineros, si se me permite el uso de esas palabras. En otro tiempo, los domingos eran más serranistas o sabineros. Después, se convirtieron en chomskianos y saussurianos. Luego, los domingos se llamaban con nombres de bebidas calientes: té, café; o de llamadas telefónicas de largo recorrido. 

Los de otoño -los domingos, me refiero- siempre fueron grises y muchas veces lluviosos. En honor a los domingos de otoño que se repiten incesantemente a lo largo de los años, una música de los domingos de antes. Una música que se llena del agua de la lluvia lenta y pesada de las tardes interminables en las que no hacer nada, simplemente, muy quietitos, pensar en otros mundos posibles. Aquellos en los que ya pensó Lorca o los que pensamos al abrigo del presente.


13 de marzo de 2012

Herbas de namorar

Este blog naceu bilingüe. Neste blog un podía ler cousas escritas tanto en castelán como en galego, pero quizáis porque deixou de ser un blog de dúas escritoras, eu torneime castelá. Sen embargo, ás veces boto de menos o compoñente galego e inspiracional co que o blog naceu. Para honralo, hoxe escribo estas breves liñas en galego. O resto é un conto doutra época, doutro lugar.


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Hace cuatro años fui a San André de Teixido, adonde van los muertos que no fueron de vivos. Recuerdo perfectamente aquel verano: Santiago de Compostela era nuestro punto base y de allí tomábamos las carreteras gallegas para intentar verlo todo. Eran tiempos muy felices. Los recuerdo con un cariño inmenso, todos juntos, en el coche, V. siempre recomendándonos sitios a los que ir, María do Carme y María Elena, dos jóvenes ancianas gallegas poderosas, contándonos anécdotas de sus nietos y sobrinos, de otros tiempos.

El día que fuimos a San André de Teixido, en Cedeira, la naturaleza me sobrecogió. El día era soleado, yo llevaba una camiseta granate (lo recuerdo por las fotos) y en todas las fotos se me ve pletórica. Todo verde, el mar inmenso y los árboles llenos de papeles blancos, alguna superstición folklórica. V. me había contado que en el pueblo vendían apósitos de cera que se compraban para los males que cada uno tuviera: había brazos, piernas, pechos, todo hecho de cera, para pedirle al santo salud. Extraña tradición, pero bonita en cierto modo.

A lo largo de uno de los caminos, una gitana morena, bellísima, ya mayor, con toda la sabiduría que dan los años y el mar, vendía herba de namorar. Podría haberla arrancado del prado, pero sabía que si ella me la daba, sería de fiar. No la compré para mí, fue mi regalo para M. Sabía que si la tenía ella, conseguiría a G. Estaba convencida. Y aunque se la regalé con una sonrisa pícara en los labios, haciendo que creyera que todo era broma, las dos nos creímos los poderes mágicos que la hierba de esa tierra le traerían. No hubo conjuros ni hechizos. O quizás sí. Nunca le pregunté a M. qué había hecho finalmente con ella. Sin embargo funcionó. 

Uno crece y poco a poco va perdiendo la ilusión y la fe en la magia, las hadas y los duendes. Pero siempre hay un pequeño hueco para ellos, siempre quedan, en el rincón de las fotos, de los recuerdos de regaliz y las visitas de los domingos a los abuelos; en el rincón de las barbies con los pies quemados y el pelo rapado (porque los Reyes nunca trajeron al deseado Ken). A veces, dicen, solo basta con desear algo con muchas fuerzas para que ocurra, sin hechizos y conjuros. Yo espero la visita de los duendes. Y mientras tanto, pienso en los acantilados y cruceiros de Cedeira, el lugar mágico donde todo parecía alcanzable, donde nada malo podría ocurrir.

26 de junio de 2011

Morriña cíclica. Galicia latente.

Ni T. S. Eliot ni Shakespeare pueden con la morriña.
Es un golpe de añoranza. Llega inesperadamente, pero siempre de forma cíclica. Galicia está siempre latente, en estado de reposo. Y el verano, la certeza del mar o una canción la activan en la conciencia. 

La morriña -mi morriña- es cíclica. Reaparece cada cierto tiempo y me tiene ausente durante días. Y ni Scott Fitzgerald ni Auster pueden con ella. 

Denme una gaita que llora, un vaso de vino Albariño, un documental sobre Cunqueiro y la suavidad del gallego. Es más que probable que me olvide de Hemingway, de Londres, de Camboya y de los americanitos impasibles.
 

8 de octubre de 2008

Canciones. 7



Chove en Santiago, LUAR NA LUBRE

Tengo una pura necesidad psicológica y corporal de Galicia. Sé que las necesidades sensitivas sólo se curan yendo al lugar culpable de que broten, pero las psicológicas se pasan de forma más llevadera con Luar na lubre. Y con esta canción en especial, porque es una versión preciosa del poema de Federico García Lorca "Madrigal â cibdá de Santiago", recogido en su joyita-libro Seis poemas galegos. Resultado de un "leve contacto con Galicia" como dicen algunos críticos. Yo creo que no debió ser tan leve, cuando le salieron unos textos tan maravillosamente contextualizados. Algunos dicen que estaba enamorado de Eduardo Blanco Amor, el amigo gallego -también escritor- que le ayudó con el léxico y la lengua para escribir estos poemas, y que de ahí esos versos:
"Chove en Santiago
meu doce amor"


Sea como sea, "Chove en Santiago" me traspasa de parte a parte, me hace llorar y me recuerda por qué nos dio por crear Falsirego, que no es más que eso: un punto de encuentro de dos culturas, de dos lenguas, y de miles de formas de sentir.