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3 de noviembre de 2012

De libros en Madrid.


Ayer me fui de reencuentros y libros. 

Vi a C., más amiga que compañera. Teatrera, filóloga, amante de los hombres y del teatro. Investigadora. En fin, una mujer de bandera, de las que me encanta que llamen de vez en cuando para paseos de "puestas al día" por el Madrid de las Letras.

Tuvo que volar para llegar a tiempo a ver una adaptación del Don Juan, tan de Día de Difuntos. Y mientras, yo me fui a investigar todo lo que no he podido investigar por Madrid hasta ahora. Gracias a otra amiga, C., me entraron unas ganas tremendas de acercarme a La Central de Callao, un espacio -ante todo- bello. El edificio original es el de un antiguo palacete madrileño, las paredes encaladas y las escaleras chirriantes le daban el toque romántico al asunto libresco, que ya de por sí tiene mucho de romanticismo decadente. 

Me prometí llevarme solo un volumen recordándome a mí misma la existencia del aparatejo lector de libros que me acompaña día y noche y con el que estoy logrando ahorrarme grandes cantidades desde hace unos meses. No pude, al final cayeron dos ensayos, uno del magnífico y siempre lúcido Umberto Eco: Arte y belleza en la estética medieval, texto antiguo pero que no pasa de moda por las aportaciones al periodo. Y siguiendo con mi línea de interés reciente, un ensayo sobre literatura de Vicente Luis Mora, joven con muchísimo futuro en el mundo de la crítica literaria. El texto, bellísimamente editado en verde pistacho, pertenece a la colección Miradas, de Bartleby Editores y se titula Singularidades. Ética y poética de la literatura española actual. Espero que me ilumine un poco sobre un tema que últimamente ha empezado a fascinarme y del que sé poco o nada. Aún no le he hincado el ojo a este último, pero aguarda por mí después de las aportaciones medievalistas de Eco.

Pues ahí estaba yo, en esa magnífica nueva librería madrileña, que no tiene nada que envidiarle a otras de la zona y que me hacía sentir acogida entre paredes recubiertas de libros de todas las áreas del conocimiento y todas las geografías, cuando me llamó L. para decirme que venía adonde estuviera. Deambulé un rato más hasta que ella llegó y nos fuimos directas a otra librería, esta con carácter solidario: Libros Libres. Esta librería ha sido toda una revelación anti-crisis. Es un espacio cubierto de arriba abajo por libros de todas las clases, idiomas, estilos posibles y su peculiaridad es que todos ellos son gratis. Es decir, tú entras en la salita donde se encuentra la librería y miras y remiras por todos los rincones. Si te interesa algún libro, lo coges y te lo llevas gratis. La idea es llevar la cultura a todas partes, aunque creo que al final esto solo llega a unos pocos, los que no tienen mucho problema en financiarse los libros. El caso es que se puede colaborar de muchas maneras, tanto con voluntariado como con aportaciones anuales o esporádicas. Yo me llevé un clásico de los años 70, Cómo se comenta un texto literario, de Lázaro Carreter y Correa Calderón. Y tan acostumbrada a las transacciones comerciales de este mundo en que nos ha tocado vivir, no pude por menos que dejar una pequeña aportación, aun sabiendo que no es necesario hacerlo. Quizás el poder de esta librería es darle valor a la cultura de otra forma y quizás podamos aprender, poco a poco, a entender que otros modos de comercio -o trueque- son posibles.

Terminamos paseando por la zona de Luchana y plaza de Olavide y recaímos en la tienda de la que Manuel Casal habla a veces en su blog, La cocinita de Chamberí, un lugar muy acogedor en donde encontrar productos ecológicos para niños y donde llevar a los más pequeños a aprender a cocinar. Tienen talleres de cocina para niños de 12 meses a 10 años. Su creadora es una joven emprendedora con una sensibilidad exquisita. Toda una suerte el haber caído por allí de casualidad.

Una tarde muy libresca y tranquila. Llena también de tribulaciones por esa asignatura de Sintaxis que parece que se nos ha atragantado a L. y a mí pero que lograremos sacar al final con una sonrisa. 

Madrid, lugar de encuentros personales y culturales. El mejor sustituto para la melancolía londinense.

11 de septiembre de 2012

Ir a lo básico


Odio las programaciones curriculares.

Las odio porque dan muchas vueltas e impiden ir a lo básico. Lo básico en Lengua y Literatura es leer y escribir. Me encantaría pasarme las clases leyéndoles y que me leyeran, haciéndoles escribir sin parar.  Sobre todo en los niveles más bajos de la ESO. Y esa era mi idea. Hasta que llegó el fantasma de la programación con listas interminables de conceptos que enseñar, aunque sus mentes, aún no maduradas, de la infancia, no sean capaces de comprender qué es eso de complemento predicativo. 

Como trabajo para una empresa, tengo que seguir sus estatutos, entre los cuales consta el seguimiento de la programación de manera estricta. Y da igual que lo que se enseña en 1º vuelva a enseñarse los siguientes tres años. Da igual. El programa es dios y hay que seguir el programa a pies juntillas. Pero hay algo que me dice que ese no es el camino, así que quizás desvíe el programa y me lo traiga a mi territorio, el de la fantasía, los bolígrafos, el folio en blanco y cientos de páginas por delante. Quizás algún día ellos mismos me pidan que les enseñe qué es el complemento predicativo.

Esther Havens. La alegría de leer



19 de abril de 2012

Saramago, el escritor


Saramago ya era Premio Nobel cuando una ministra de cultura lo confundió con una pintora. Por entonces yo todavía estaba en el instituto y uno de sus libros daba vueltas por casa, La caverna. Nuestra profesora de filosofía nos lo recomendaría años después. Yo leí solo dos páginas de aquel libro y lo devolví a la estantería. Pensé que era difícil, o aburrido, o pesado. No me acuerdo ya. La caverna permanece intocado y en cierto modo, también un poco indómito. Algún día me acercaré a él con otros ojos.

Hace un año y diez meses que Saramago murió. Luto peninsular. De Saramago me habían hablado mucho Yolanda y Víctor. Yolanda desde la perspectiva literaria y Víctor desde la perspectiva social del autor. Fue Víctor quien me había relatado aquella utopía saramaguiana de crear una nación ibérica, uniendo a los hermanos durante tantos años indiferentes el uno del otro. Hace diez meses, aún no había leído nada de Saramago. Fue el luto peninsular y la insistencia de Yolanda los que me hicieron que entrara despacito en él, como quien entra en un templo budista: con respeto y sin saber muy bien qué se va a encontrar. Empecé en septiembre con su Ensayo sobre la ceguera y seguí poco a poco con el fascinante viaje de un animal que va a acabar convirtiéndose en emblema republicano o antimonárquico, el elefante. Durante la Semana Santa le hinqué el diente al Evangelio según Jesucristo, muy apropiado para el momento, y ahora leo a ratos una novelita deliciosa que se llama Caín. Creo que me he enganchado a Saramago. Y no estoy segura de si es su prosa, su estilo, o simplemente lo que dice lo que me tiene envuelta en una especie de adicción sana. Leo a Saramago lentamente, pero con constancia. Lentamente, como lo leo todo. Con constancia, porque no quiero abandonarlo, su compañía me enseña quien soy. ¡Vaya visionario de la humanidad!

Ahora, muchos años después de aquella garrafal confusión de la ministra de cultura, siento indignación. Porque no conociera al Premio Nobel, que había sido nombrado escasas semanas antes de que le preguntaran por él. Porque no reconociera el nombre de tal brillante escritor, ella, ministra de cultura. Indignación, sobre todo, porque casi quince años después, la cultura, la literatura, el teatro, el cine, las artes en general, parece que siguen siendo ajenas a esos que ostentan el poder. O quizás solo sea esa cultura, la que nos hace pensar, la que desterraron hace años de nuestro país los que nos querían analfabetos, incultos, devoradores de basura. Los que quisieron devolvérnosla ahora están en la sombra. Y los que tienen el poder, ahora sólo se ocupan de sus bolsillos. A los demás nos acabarán matando de hambre, de hambre física y de hambre cultural.


31 de enero de 2012

Odio


"Hay momentos en los que me repugna tener cara, nariz y labios, porque él también los tiene".

Herzog, Saul Bellow

8 de mayo de 2011

Shakespeare

Un día le pregunté a Emilio, curiosa, si él creía que Shakespeare era tan bueno. Había leído a Harold Bloom en El canon occidental -lectura imprescindible, por cierto-, pero no había leído a Shakespeare en su inglés, en sí mismo, con una lectura reflexiva. Por eso le pregunté a Emilio, porque él es un apasionado del teatro, y él de eso sabría.

Espero que no le importe que copie sus palabras, porque hoy las he recordado pensando en Macbeth, Hamlet o las comedias.

"Shakespeare es lo más. Lo creo sin duda. En cada montaje que veo de él, él siempre gana. A veces lo destrozan, le juegan, pero en un momento dado oyes una frase, hay escena, hay algo que puede con todo y justifica el que tú estés allí, el que hayas aprendido a leer y el que tengas el defecto de ir al teatro".

No voy al teatro tanto como me gustaría. Pero leo teatro. Leer no tiene el encanto de la escena, las butacas, las luces, los actores, las voces, la encarnación de un texto escrito hace siglos en cuerdas vocales del siglo XXI; y sin embargo, leyendo a Shakespeare uno puede afirmar que la maestría del lenguaje que él tiene en inglés es sólo comparable, en mi opinión, a la de Góngora en español (en poesía). Mis colegas hispanistas argüirán a favor de Lope, de Calderón, de Rojas, de Cervantes. Pero Shakespeare está por encima de ellos, aunque solo sea unos milímetros, pero los supera. También el inglés permite genialidades del lenguaje que el español no llega a alcanzar tan fácilmente. Hoy también me quedo con las palabras de Bloom: "las lecturas de Shakespeare son infinitas" y "La multiplicidad de Shakespeare supera con mucho la de Dante o Chaucer", pero ante todo lo que he leído de Bloom acerca de Shakespeare, hago mía una afirmación rotunda pero real: "Shakespeare siempre está por encima de ti". Y desde arriba, pero a nuestra altura, está controlándonos la figura de Shakespeare, que en sí mismo es canon, cuya ausencia en nuestras estanterías o en nuestra memoria lectora es algo así como la ausencia de lo esencial.

5 de mayo de 2011

Que por mayo era por mayo

Adoro el romancero viejo.
Cada mayo recuerdo a mi profesor de literatura medieval en Salamanca enseñándolos a interpretarlo y a disfrutarlo.

Pero este mayo es un mayo de exámenes. Sigo recordando el romancero y esta vez me identifico con el preso que tiene ganas de cantarle al mundo. A veces las circunstancias nos aprisionan y nos cuesta salir de nosotros. Pero las circunstancias de mayo siempre nos llenan un poquito de sabiduría, así que habrá que compensar la falta de libertad física con el exceso de libertad y creatividad mental.

28 de febrero de 2011

Saudade

Pienso en Portugal como ese gran desconocido.

En la era de los vuelos baratos, se ha creado entre los jóvenes españoles la sanísima costumbre de viajar. Y es raro el amigo que no conozca ya media Europa, incluidos los países escandinavos y hasta Rusia, hasta hace unos pocos años destinos inconcebibles para la mente peninsular. Muchos de ellos, también han cruzado ya el charco. Mis amigos y yo, que rondamos la década de nuestros veinte, somos unos privilegiados, conocedores de ciudades que a nuestros padres les costó la boda conocer o que ni siquiera han llegado a imaginar. Sin embargo, parece que hemos dado la espalda a Portugal. Españoles que han viajado a Canadá antes de darse un paseo por Lisboa. Me sorprende. Y me entristece.

Porque Portugal es luz. Para mí también fue un descubrimiento tardío y muy parcial. Sin embargo, fue el gran descubrimiento europeo. Portugal es nuestro vecino más cercano, con el que más parcelas compartimos, y tengo la sensación de que en lugar de crearnos fascinación, solo nos produce lástima o compasión ("los pobres europeos"). Una compasión tan solo comparable a la que nos produce Grecia. Pero a Grecia vamos ansiando encontrar nuestras raíces, la esencia de nuestra filosofía mediterránea, de nuestro estilo de vida, las bases de la inteligencia de nuestra civilización. A Portugal vamos -o íbamos, discúlpame el anacronismo- a comprar toallas. Las comparaciones son odiosas, pero aunque esté generalizando, creo que esa es la imagen que tenemos de Portugal. Y eso que Portugal es luz y poesía. Es música, es mar, es Pessoa, es Saramago -cultura-, es color, es calidez, es fado, es dulzura. Compartimos historia y la raíz de nuestro idioma, pero le damos la espalda. ¿Por qué?

Quiero aquí reivindicar una mayor presencia en nuestras vidas del país vecino. Portugal no es para hacer turismo y volver con la memoria de la cámara repleta de fotografías. Portugal, como cualquier destino que elijamos, por supuesto, es para pasearla, para escucharla, para sentirla y que su magia nos inunde. La fuerza de Portugal nos llena y, cuando estamos lejos de ella, hasta los que no somos portugueses sentimos saudade.

11 de febrero de 2011

¿Cómo estudiar la literatura?

Para responder a la pregunta del título, deberíamos hacernos antes otra pregunta fundamental: "¿Qué es literatura?". Ante esa pregunta, catedráticos, críticos y estudiosos de las letras tendrán mucho que decir. Porque en general a las personas nos gusta mucho establecer verdades absolutas y canónicas sobre lo que nosotros creemos que son las cosas. A mí antes me interesaba mucho esta discusión acerca de la literatura como arte, como estudio, su historia, las corrientes de crítica y teoría literarias y todas estas cosas que siguen hirviendo en muchos círculos de la intelectualidad de algunas ciudades y universidades españolas. Pero ahora yo todo esto "me lo paso por el forro de la chamarra", como dice Marwan, un cantante que me gusta mucho. Y es que creo que la literatura no se puede describir, no se puede estudiar, no se debería sufrir. La literatura se disfruta y te hace feliz. Y una vez que tenemos eso claro, uno empieza a entender mejor las cosas. Para mí el mejor profesor de literatura es aquel que te descubre los secretos que él mismo ha descubierto en una obra que considera maestra, genial, universal. Si no reconozco ese brillo en los ojos, si no encuentro ese punto de pasión literaria ni percibo la motivación del enseñante, entonces estoy perdida. Y ahí es donde comienza toda la retahíla de pensamientos tristes sobre por qué estudio literatura, por qué tengo que sufrir la literatura o por qué hay que soportar a profesores que autodefinen mentalmente la labor de profesor de literatura como aquella persona que pide que leamos mucho pero que no nos transmite nada. ¿Y qué es al fin y al cabo la literatura sino la comunicación de algo -lo que sea- a través de las palabras, los ritmos, los silencios...?

Tras este durísimo periodo de exámenes en el que he tenido que 'estudiar' cinco literaturas diferentes (como si la literatura pudiera fragmentarse así, tan alegremente), he sacado en claro varias cosas. Primero, que uno sólo puede acercarse de lleno a un texto que ama y que ha conseguido pasar por el filtro de su propia subjetividad, es decir, a un texto que ha hecho suyo de algún modo. Segundo, que aunque es cierto que la literatura va siempre de la mano de la historia, de la pintura, de otras artes plásticas o visuales, de la sociología o de la economía -según el periodo en el que se concibiera cada texto-, lo central es lo que el texto te cuenta de todas estas cosas, lo que te mueve por dentro. Por eso, yo prescindiría de etiquetas. Por eso disfruto tanto de la literatura medieval, porque se mete toda dentro de un saco, se olvida uno de etiquetar el estilo o la corriente a la que pertenece cada obra y uno se pierde tratando de averiguar qué quisieron transmitir los escritores de aquel momento. Con la literatura de los siglos XIX y XX, por ejemplo, uno tiene que tener muy claras todas las etiquetas y colocar cada pieza en un cajón. Y cuidado con confundir realismo con naturalismo, la técnica cubista con la del collage. Por último, la literatura no se estudia. La literatura se la lees a un amigo en voz alta, la literatura imprime en tu subconsciente impresiones que acaban conformando un poco tu forma de ser, la literatura se bebe con los ojos y con la mente... Pero la literatura no se estudia. Así que, tras el momento epifánico de este final de exámenes, estoy perdida ante el próximo junio. Si la literatura no se estudia pero me examinan de ella, ¿qué voy a hacer?

Lo único que me otorga un poco de paz es saber que con exámenes o sin ellos, con filologías o sin ellas, siempre habrá literatura, siempre habrá un poeta o un escritor creando para mí, siempre estarán los poetas o los escritores que llevan siglos creando para mí. Y, al igual que estos últimos días me he apasionado con la lectura sosegada de Kirmen Uribe por el puro placer de la lectura, espero que me sigan llegando textos tan magníficos -dentro o fuera del curriculum de Filología Inglesa de la UAM- y disfrutarlos. Y si algún día vuelvo a ser profesora, ya me buscaré el modo de transmitir literatura.

1 de noviembre de 2010

Elvira Lindo y la paciencia.

Elvira Lindo es una escritora a la que el público ha encasillado. Hace más de una década, su personaje dirigido a los jovencitos españoles le retribuyó éxito y reconocimiento en el mundo de la escritura. También le dio mucho dinero para dedicarse a seguir trabajando en lo que le gusta: el periodismo de calidad y la literatura desencasillada. Aún así, seguimos recordando a Lindo por sus "tintos de verano" y su Manolito de Carabanchel. Pero ya vamos siendo más los lectores que la apreciamos por sus lúcidas columnas del domingo y su literatura de calle, de carne y hueso.

Personalmente, considero a Elvira Lindo una autoridad. Considero que sabe de lo que habla cuando habla de algo. Se documenta. Es educada y usa un lenguaje directo que no daña. Ayer mismo, reconocía en su columna dominical que practicaba la autocensura y medía bien las palabras que empleaba, partiendo de la premisa de que todas las personas merecemos ser respetadas. Y en ese mismo artículo, hablaba Elvira del encasillamiento que sufrimos mujeres y otros sectores de la población que no nos ceñimos al canon de varón de clase media-alta blanco. Para alguien que ha sido encasillada por escritora de literatura infantil y peridista-humorista, ejercitar el "músculo de la paciencia", como ella misma lo llama, debe ser algo habitual, común, idiosincrático.

De personas pacientes como Elvira Lindo y que han sabido afrontar años de profesionalidad sin ceder a críticas absurdas que han llegado incluso a colocarla a la sombra de su marido, es de quien quiero aprender. Y de quien muchos deberían aprender. Esta semana le toca al alcalde de Valladolid, pero él es una simple encarnación de tantos otros hombres (varones y mujeres, esta vez) que pululan por esta sociedad sin una pizca de educación, sin elegancia, sin humanidad. Ojalá todos leyeran las palabras de Lindo:

EL CHISTE VERDE

¿Qué es lo que tiene en la cabeza el alcalde de Valladolid? No lo sé, ni me interesa, como no me interesa lo que tiene en la cabeza tanta gente con la que a lo largo de los días ejercito mi paciencia, ese músculo que las mujeres, los negros, los homosexuales, los inmigrantes, los pobres, los judíos en según que sitios, los musulmanes en según que otros, y tantos seres humanos que por diversas razones se ven con frecuencia en condición de subordinados, ejercitan como si fueran deportistas de carreras de fondo. No quiero saber si el señor alcalde dijo lo que dijo porque piensa que las mujeres (las que no militan en su partido) alcanzan un puesto por méritos inconfesables o es que desde que asumió el cargo descubrió algo que vuelve humoristas a muchos políticos: que dijera lo que dijera siempre tendría micrófonos delante y unos cuantos pelotas dispuestos a reírle las gracias. No sé lo que tiene en la cabeza. Sé lo que dijo. También lo saben la señora De Cospedal y el señor Rajoy. De la señora De Cospedal, como de todas las mujeres que ostentan cargos en el PP, me decepciona que aun afeando las palabras de su compañero pase a perdonarlo en una misma frase. Debiera de saber la señora Cospedal que si a ella la respeta es por una razón mezquina: militan en el mismo partido. Los políticos españoles han conseguido que esa sea su razón suprema. En cuanto al señor Rajoy, ay. Qué malo es dejarse querer por aquellos que tan a menudo escupen por sus bocas la palabra maricón o zorra. Si el señor Rajoy hubiera cortado por lo sano este lamentable asunto animando a dicho alcalde a que abandonara el puesto, no hubiera provocado que en tantos foros acabaran riéndole la gracieta a este gran humorista de la taberna política. Pero Rajoy es ese hombre que tiene cosidas las manos dentro de los bolsillos y solo levanta los hombros de vez en cuando como diciendo "esto no va conmigo". Esa disculpa implícita concede razones tramposas a quien no está dispuesto a respetar la dignidad del adversario: la culpa de todo, dicen, la tiene Pajín, por incompetente. ¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra? ¿Haremos también chistes racistas con un negro si un día llega a ostentar un puesto y consideramos que no está suficientemente preparado? Hay personas que ante el comentario del señor alcalde se llevaron las manos a la cabeza. Será porque no leen determinadas columnas, no escuchan algunas tertulias o no son sensibles a la rabia que la presencia de las mujeres en la vida pública ha provocado en ciertos hombres, aplaudidos patéticamente por ciertas mujeres. Periodistas, columnistas y políticos, responsables de la pedagogía democrática, llevan trabajando durante años para que los gritos, los insultos, las alusiones al físico, la indumentaria, el origen de las personas o sus preferencias sexuales sean moneda corriente en la vida pública. Cuando los estudiantes de periodismo me preguntan si me someto a autocensura en estos artículos, respondo aquello que en principio no esperan oír: ¡claro que sí! Pienso dos veces lo que escribo, me arrepiento si he herido sin fundamento a alguien y no me fío de las personas que presumen de soltar lo primero que se les viene a la boca. Detesto la sinceridad patosa e hiriente. Escribo sometida a una norma estricta: todos los seres humanos tienen los mismos derechos. No vale sacarle los colores a un político de la derecha más rancia y celebrarle el chistecillo a Guerra cuando llama "mariposón" a Rajoy o a Blanco cuando habla de aquellos a los que se les ve "el plumero". Si fueron educados en otra España, que se reformen. Pueden aprender de muchos ancianos españoles que sin haber tenido estudios, tribuna desde la que ser escuchados, coches oficiales y una nube de pelotas a su alrededor, aprendieron aceleradamente lo que es la democracia. Hoy disfrutan de haber traído al mundo hijas independientes, han sabido aceptar la condición gay de algún hijo o nieto y han ensanchado en suma su tolerancia. Ahora muchos de ellos están asustados por cómo hablamos en las televisiones, por la grosería con la que escribimos, por la constante falta de respeto al buen gusto que demostramos con nuestras palabras. ¿Se merecen este espectáculo tan zafio? En el revuelo de comentarios críticos que siguieron a las declaraciones del señor alcalde se afirmaba que era la presencia de las mujeres en política la que venía provocando esta reacción furiosa. Tal vez sea lo más visible, pero no es el único sector que padece la burla de esos resentidos que no aceptan como iguales a los que son distintos de ellos. No hay mujer que en su vida no haya padecido la condescendencia masculina, no hay mujer que no haya tenido que soportar en el trabajo el dichoso diminutivo que aniña, no hay mujer que tenga un trabajo público que no haya sentido que se la juzgaba de manera distinta por serlo. La paciencia es el músculo más desarrollado de las mujeres. No sé qué tiene en la cabeza el alcalde de Valladolid. Sé lo que dijo. Y no puedo evitar pensar que siendo, como este señor será, un defensor de la institución familiar, ¿no le dio vergüenza que un comentario tan soez llegara a oídos de sus hijos? Nuestros padres acostumbraban a echarnos del cuarto y a bajar la voz cuando iban a contar un chiste verde.

Elvira Lindo en El País, 31 de octubre de 2010.

2 de octubre de 2010

El tren me lleva a Lorca

Harold Bloom, el crítico literario, habla de esos textos que no necesitan una relectura. Son los textos grandes en sí mismos y por sus personajes. En algún punto de la obra de Bloom, El canon occidental, se nos dice que los autores canónicos crean personajes que sirven de referentes e influyen en obras posteriores -personalmente, creo que acaban influyendo no sólo a obras literarias posteriores, sino a cualquier obra humana; ¿con qué palabra, si no, definir a los donjuanes?- .

Pero no hace falta leer un tratado de crítica literaria o de teoría de la literatura para darse cuenta de cómo hay personajes recurrentes que acaban logrando ser tan importantes o más que sus creadores. Básicamente porque los sobreviven. Y no sólo eso, sino que a veces nos los encontramos en la vida diaria y los convertimos en metáforas de las personas que nos rodean.

Cuando leía a Bloom, eché de menos que mencionara a Celestina como uno de estos personajes. Sin embargo, él habla de Ulises, Otelo o Hamlet. Al hablar del canon se centra más en la literatura inglesa que en el resto de literaturas europeas y se olvida de nuestra Celestina. Pero también se olvida de las mujeres de Lorca. Y ahí era donde quería llegar yo en esta reflexión de blog.

Ayer viajaba en tren, como siempre. Y aquí no puedo más que hacer un guiño a mi amigo Manuel, que dice que me paso la vida en los trenes. En ese ir y venir de vida en trenes de cercanías; en ese leer y mirar el microcosmos de los vagones donde el azar me lleva cada día, me he topado con tres mujeres de una fuerza increíble. Parecía que se escapaban de una tragedia de Lorca y se diluían en la realidad. Mujeres de la edad de Bernarda pero con la rebeldía de Adela. Mujeres andaluzas con pelo negro recogido en moños que defienden a sus hijos como la Madre de Bodas de sangre. Entre Sol y Parla he visto todo el repertorio de mujeres de garra de Lorca sentado frente a mí. Y me ha dado por pensar en las palabras de Harold Bloom. Y he sentido orgullo de pertenecer al universo lingüístico lorquiano y pensar que también sus personajes son individuos, pero son universos. Universos de sentimientos, de llantos y de ideas.

He pensado todo esto y finalmente me ha quedado en vilo una pregunta para la que no voy a tener respuesta ahora ni nunca, ¿qué fue primero, Lorca o estas mujeres que viajaban ayer por la tarde en el tren? ¿Quién fue primero, Fernando de Rojas o la Celestina? Para Harold Bloom hay una respuesta a esto: el primero y el único es Shakespeare. Solo existe Shakespeare, y de ahí, el mundo. No sé aún si estar de acuerdo o no.

22 de septiembre de 2010

Otra vez Vila-Matas en los sueños

Tengo que reconocer que en estas últimas semanas he quedado algo enganchada por la personalidad (literaria) y la obra de dos escritores separados en el tiempo y el espacio, pero que por la fuerza de su prosa y por los personajes que crean me atraen llamativamente: Vila-Matas y Zweig. Por supuesto que su literatura y su contexto son incomparables, sin embargo esa veta de misterio que asoma o se expresa abiertamente en su obra, hace que los lea sin escrúpulo. Me atrapan.

Por lo que voy leyendo aquí y allá, una de las preocupaciones perennes del escritor catalán es la de la identidad y el individuo. Parece que el propio autor se ha creado a sí mismo como el personaje de cualquiera de sus novelas. Como ha sido muy reciente mi acercamiento a Vila-Matas, aún no he podido abarcar toda su obra y no sé si haría bien en "tragármela" toda de golpe, sin espacios de tiempo en los que reposar cada libro. El caso es que ese desconocimiento parcial de su trayectoria literaria hace que aún me cree más fascinación, que siga creando expectativas muy positivas a propósito de sus textos y su figura y que empiece a ser un personaje habitual de mis sueños.

Una sueña y a veces sueña lo que ha leído. Otras veces el sueño es mera invención del inconsciente. Y esto de la identidad en Vila-Matas que he leído de su propia pluma y de críticos literarios ha dejado una extraña huella en mí. En mi recurrente sueño de septiembre, Vila-Matas pasea por las frías calles salmantinas, con una gabardina negra y muy larga, sombrero también negro y guantes de cuero marrón. Se dirige siempre por la Rúa Mayor camino de la catedral con la mirada perdida en el suelo y las manos, sujetas, a la espalda. El camino, que en realidad no es nada extenso, se me hace muy largo. Yo voy detrás de él y ansío que deje escapar algo de su creatividad para cazarla al vuelo. Entonces, de repente, un joven escritor de la cosecha actual salmantina sale a su encuentro, le llama "tío" y charlan juntos un rato. Yo me quedo unos pasos por detrás, no quiero que ninguno de los dos se dé cuenta de que los sigo. Se me pasa por la mente correr un momento hacia la Casa de las Conchas, robar cualquier ejemplar de alguno de sus libros y pedirle que me lo firme, aunque interrumpa su coloquio con el joven. Pero nunca llego a hacerlo (estaría bien delinquir en algún sueño). Y es en ese mínimo espacio de tiempo en que me he detenido en mis pensamientos cuando ocurre algo asombroso. El joven y Vila-Matas dejan de hablar. Vila-Matas continúa su camino en dirección a la plaza de Anaya y el joven camina en dirección contraria a la mía. Lleva la frente alta y su rostro es el de Vila-Matas. Pero está claro que no es él. El original sigue con paso cadencioso. En este punto del sueño nunca me atrevo a seguir el camino, ni siquiera a hablar con el joven usurpador de rostros. Busco la salida más fácil, bajo por Palominos y entro en la biblioteca de la facultad. Allí me siento tan a salvo que no recuerdo más allá de ese momento en mi sueño.

No he sabido nunca interpretar los sueños y a veces dudo de que los sueños puedan interpretarse. ¿Qué significarán las calles de Salamanca? ¿Por qué en Salamanca y no en Madrid? ¿Por qué el joven escritor le roba el rostro al maestro? ¿Significa eso el traspaso de saberes? En realidad no estoy segura de reconocer nunca en mi sueño al joven. Ya sé, de antemano, que también es escritor... En fin, para volverse loca intentando desentrañar el misterio.

De momento, antes del retorno al sueño, voy a hacer una escapada a la biblioteca, pediré prestado algún otro libro de Vila-Matas (aquí y en la vigilia sí que no me atrevo a robar nada) e intentaré entender un poco mi caótica y misteriosa mente a través de sus palabras. Solo algunas veces me creo todo lo que leo. Y cuanta más ficción haya en el texto, más crédula me vuelvo.

Tomo prestada del blog de Antón Castro esta foto. Por el sombrero y por la mueca a medio camino hacia una sonrisa.

16 de septiembre de 2010

Citas /7


"La literatura no salva la vida, pero puede darle sentido"

Claudio Magris

15 de septiembre de 2010

Citas /6

"La literatura es lo esencial o no es nada"


Georges Bataille


16 de abril de 2010

Los clásicos /6

(...)

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrán sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Francisco de Quevedo

24 de noviembre de 2009

Den Lille Havfrue


(La pequeña señora del mar)

Había vivido siempre con los pies en la tierra. Ni un rastro de magia o superchería se asomaba ante sus ojos o sus cabellos rizados. Al iniciar su viaje, un viaje de idas y cuyo retorno se le antojaba lejano pero era real, comenzó a creer en hadas, leprechauns, duendes, mouros, tesoros y tierras encantadas. Comenzó a encontrar hadas convertidas en viejas a la vuelta de cada esquina. Comenzó a escuchar duendes bajo las camas de recintos que parecían castillos. Sintió cerca la presencia de Rapunzel; y en su vida de dioses desterrados, de ideologías caídas, comenzó a brotar la sombra irracional de los seres iluminados. Se sintió más feliz en el mundo de la magia donde todo era posible. Se sintió tan bien, que a veces olvidaba lo que era la vida.

En su andadura por las tierras de la literatura fantástica de ogros, animales parlantes y fantasmas habladores, llegó a creer en la existencia de sirenas. La historia de una sirena salmantina le llenó de gozo, asombro y duda. Pidió explicaciones. Y con el corazón lleno de teorías científicas que pudieran probar la existencia de alguno de todos aquellos seres míticos, comenzó de nuevo a descreer supercherías. La magia que había sido tan real en su vida, dejaba de serlo cuando lo era realmente.

Ahora, vuelve a tener los pies en la tiera. De vez en cuando lee historias de Cunqueiro sobre tesouros, meigas y mouros. También lee a Wilde, que esconde en su Retrato, la magia diabólica de los alter egos.

Para posar de nuevo su breve vida en la realidad, sólo tuvo que entrar a una clase de secundaria y esperar que le robaran, definitivamente, la inocencia. Habría deseado permanecer siempre como una pequeña señora del mar.

11 de noviembre de 2009

Porque sí

He vuelto a la lectura con ferviente pasión. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto leyendo. Vuelvo a emplear los ratos del tren para leer. Y cuando uno lee en el tren, ya es capaz de leer en cualquier parte.

De los libros me gustan las palabras sueltas, las personalidades de los protagonistas, un acontecimiento perdido, una frase dicha en el momento (párrafo) adecuado. Igual que me pasa con la poesía, cuando pasa un tiempo tras haber leído una novela, empiezo a olvidar los datos concretos e incluso los porqués. Ya no sé por qué me gustó tanto el libro que leí el año pasado en noviembre. Simplemente tengo impresa en el recuerdo la sensación de placer que sentí cuando lo leí. Me gustó mucho en ese momento y guardo un buen recuerdo de entonces. ¿Por qué ponerse a pensar, a dar motivos y razones? Como decía hace poco tiempo, a propósito de las canciones, hay lecturas que recomendamos porque sí. A nosotros nos llegan por nuestra circunstancia y nos marcan por algún motivo. ¿A quién no le ha pasado el hecho de intentar varias veces leer un libro y ser incapaz de hacerlo y que, de repente, por arte de magia, sea posible leerlo en un tiempo récord?

Creo que ahí reside la belleza suprema de la literatura. Nosotros no elegimos lo que leemos, lo que leemos nos elige a nosotros.

5 de noviembre de 2009

August Strindberg

Otro sueco interesante. Otro humanista finisecular.


(La ola, August Strindberg)

3 de octubre de 2009

Cajas. Tesoros.

Cuando era pequeña no leí La isla del tesoro. En realidad no leí de pequeña nada de la literatura de aventuras escrita para niños y adolescentes en los siglos XIX y XX. Cuando uno no consume esa literatura de pequeño, luego le cuesta hacerlo de mayor. Tiene algo así como unas carencias literarias básicas que intenta suplir con las lecturas de adulto, aunque el resultado no es el mismo. De pequeña no leí nada de Verne y muy poco de los hermanos Grimm o de Charles Dickens. Lo que yo hacía de pequeña era ir a la biblioteca y beberme los libros de la colección del Barco de Vapor, de los que hoy en día recuerdo bien poco.

El caso es que a pesar de esa carencia literaria, siempre me han fascinado los tesoros. Supongo que a cualquier niño le fascinan los tesoros. De pequeña siempre escondía cajitas con monedas, cromos o juguetes y me olvidaba de ellas hasta que, meses después, aparecían en cualquier cajón o armario, o incluso bajo los cojines de un sofá. ¡Era fantástico descubrir esos mini-tesoros escondidos en cualquier parte de la casa!

Conforme fue pasando el tiempo y me hice mayor, cambié mi afición de esconder las cosas por la de guardarlas. Fue, creo, en la adolescencia cuando descubrí las cajas. En cuanto veía una caja de un material diferente o un diseño un poco fuera de lo común me apropiaba de ella y la llenaba de cualquier cosa: pinturas, postales, fotos, recortes de prensa, números de teléfono, bolígrafos, velas... lo que fuera. No importaba el contenido, siempre fue más importante el contenedor. Así hasta hoy, que mantengo esta afición, aunque le dedico menos tiempo y esfuerzo que antes.

Hoy me ha dado por abrir una de esas cajas. Si digo la verdad, a veces tengo miedo de abrirlas, siento algo así como lo que debió de sentir Pandora cuando de su famosa caja salió aquella cantidad de cosas prohibidas. A mí el miedo me entra antes. No sé qué voy a encontrar. A veces no sé si estoy preparada para encontrar. Hoy ha ocurrido algo así. Una fuerza tiraba de mí para abrirla; otra, para que no lo hiciera. Pero al final la he abierto.

Varias postales de Alemania y de Santander. Un estuche con un bolígrafo. Una carta de un antiguo novio. Y las fotocopias de algo parecido a un poemario. Recuerdo perfectamente la primera vez que las vi. Las tenía mi madre por alguna parte y yo me apropié de ellas. Entonces, no me fijé en los versos, ni siquiera me interesó averiguar quién las había escrito. Nunca hasta hoy había sentido curiosidad por esas fotocopias viejas de un libro antiguo. Me he puesto a intentar organizarlas, porque estaban muy desordenadas, muchas de las hojas repetidas y sin título ni autor por ninguna parte. Mi madre ha visto el jaleo que había organizado tratando de aclarar un poco el mini caos de esas páginas y ha recordado cuando hizo las fotocopias, aunque ni ella siquiera ha sido capaz de traer a la memoria al autor de los versos. Tras unos minutos de reorganización de las páginas, he descubierto, entristecida, que no estaban todas, que había páginas sueltas y que las fotocopias del libro en cuestión comenzaban en la página 106. Y estas son las palabras:

A Franco uno muy especial le está limpiando las botas
todavía, con la venia y la bula del Sumo Pontífice...
Aquí arriba, en este continente, los yankis levantaron
más alto que de costumbre su viejo slogan inglés Gold's
country
. Pero ya sabemos quién es este Dios: una divinidad
antiséptica y esterilizada que no se propaga...
una especie de malaria muerta...
Todos los espías, todos los traficantes de pólvora y todos
los canallas del mundo llevaban a Dios en el bolsillo.
Todos tenían su Dios... ¡Todos!
El escarnio y la ignominia...
el crimen...
la cobardía y la injusticia.
¡Las babas y la Sombra!
¡Sólo los republicanos españoles no teníamos Dios!


Estas palabras me han llevado a internet y en seguida he podido comprobar que es León Felipe el autor del libro. Mi madre lo ha confirmado echando la cabeza hacia atrás, recordando. Yo, entonces, he pensado en qué le llevaría a mi madre a fotocopiar este libro. Por qué lo hizo. Por qué no soy yo capaz ahora de olvidarme de estas páginas amarillentas y tirarlas a la basura como algunos de los papelotes que estaban en esta misma caja.

León Felipe. El poeta prometeico del que nos habló Antonio Sánchez Zamarreño en una de las primeras clases de literatura a las que asistí en la universidad. De forma extraña, entre mi madre y yo se crea un vínculo literario hermoso. Y yo, que había olvidado todo de estos últimos años, recuerdo una vez más la imagen del hacha de León Felipe de la que tantas veces nos habló Zamarreño.

“A los caballeros del Hacha, a los cruzados del rencor y del polvo… A todos los españoles del mundo”. L.F.

* * * * * *

León Felipe

¿Por qué habéis dicho todos
que en España hay dos bandos,
si aquí no hay más que polvo?

En España no hay bandos,
en esta tierra no hay bandos,
en esta tierra maldita no hay bandos.
No hay más que un hacha amarilla
que ha afilado el rencor.

Un hacha que cae siempre,
siempre,
siempre,
implacable y sin descanso
sobre cualquier humilde ligazón:
sobre dos plegarias que se funden,
sobre dos herramientas que se enlazan,
sobre dos manos que se estrechan.

La consigna es el corte,
el corte,
el corte,
el corte hasta llegar al polvo,
hasta llegar al átomo.
[...]
Aquí no hay más que átomos,
átomos que se muerden.
[…]
Vuelan sobre tus torres y tus campos
todos los gavilanes enemigos
y tu hijo blande el hacha
sobre su propio hermano.
Tu enemigo es tu sangre
y el barro de tu choza.
[...]
Y el hacha cae ciega,
incansable y vengativa
sobre todo lo que se congrega
y se prolonga:
sobre la gavilla
y el manojo,
sobre la espiga
y el racimo,
sobre la flor
y la raíz, sobre el grano
y la simiente,
y sobre el polvo mismo
del grano y la simiente.

Aquí el hacha es la ley
y la unidad el átomo,
el átomo amarillo y rencoroso.
Y el hacha es la que triunfa.

* * *


Las cajas, los tesoros, la literatura... En el fondo, no soy tan diferente de aquella niña que solía guardar monedas para encontrarlas más tarde.

10 de marzo de 2009

Metáforas (1)


Este blog tiene el placer de inaugurar una nueva sección llamada "Metáforas". Una sección que me gustaría que fueras escribiendo tú, paseante anónimo o conocido. Partiendo de la amplia idea de metáfora, me gustaría que fueras enumerando aquéllas ingeniadas por ti mismo, o las leídas o escuchadas en cualquier parte y que por su belleza, extrañeza o fuerza de atracción se te hayan quedado grabadas y quieras compartir conmigo y con los demás lectores.

Espero que participes escribiendo tus metáforas en un comentario o enviándolas a mi dirección de correo (falsirego@gmail.com) desde donde las rescataré para pegarlas en una nueva entrada.

No seas tímido o tímida.

Para empezar quiero copiar algunos versos de un poema que colgué aquí hace unos meses. La metáfora es estrella --> mano:

agardo unha sorte de estrelas doces
agardo a sorte da túa estrela
que é a túa man dereita
ou a esquerda
a túa man que palpa pernas e peitos e ollos pechados


Creo que no necesita traducción.

Bienvenido a este juego. Espero que juegues conmigo.