El domingo en uno de esos tiempos muertos de la tarde, miré hacia arriba en mi estantería de libros. Allí estaba, La Regenta, ese novelón que se me había atragantado durante tantos años y que cuando por fin decidí leerlo por mí misma, acabó por convertirse en una de mis lecturas favoritas. He de agradecerle mucho a Clara que me gustara tanto, ya que juntas interpretamos largos pasajes de la obra y buscábamos el componente erótico en cada página. Recuerdo, divertida, cómo Clara insistía en la escena de los churros con chocolate. A mí me había pasado inadvertida.
Volviendo a lo que estaba. Domingo aburrido de trabajo. Los ojos que se pierden en lo alto de la estantería buscando algo y ahí se aparece La Regenta. Con curiosidad decido buscar en Spotify la palabra "regenta" por si encuentro algún tributo a Ana Ozores entre las cientos de miles de pistas musicales que alberga el programa en cuestión. Y nada, no hay regentas musicadas, pero aparece Réagánta.
Cierro los ojos y me dejo mecer por una flauta que me evoca robles irlandeses, bosques magníficos en medio de la nada. Allí donde los seres más fantásticos salen de sus escondites y se mezclan con la vida real, con una pantalla de ordenador, los trabajos de unos chicos de secundaria, un paseo por Vetusta, y contigo, que dos días más tarde abres esta página esperando encontrar nosémuybienelqué y te encuentras con la magia.
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24 de noviembre de 2009
Den Lille Havfrue

(La pequeña señora del mar)
Había vivido siempre con los pies en la tierra. Ni un rastro de magia o superchería se asomaba ante sus ojos o sus cabellos rizados. Al iniciar su viaje, un viaje de idas y cuyo retorno se le antojaba lejano pero era real, comenzó a creer en hadas, leprechauns, duendes, mouros, tesoros y tierras encantadas. Comenzó a encontrar hadas convertidas en viejas a la vuelta de cada esquina. Comenzó a escuchar duendes bajo las camas de recintos que parecían castillos. Sintió cerca la presencia de Rapunzel; y en su vida de dioses desterrados, de ideologías caídas, comenzó a brotar la sombra irracional de los seres iluminados. Se sintió más feliz en el mundo de la magia donde todo era posible. Se sintió tan bien, que a veces olvidaba lo que era la vida.
En su andadura por las tierras de la literatura fantástica de ogros, animales parlantes y fantasmas habladores, llegó a creer en la existencia de sirenas. La historia de una sirena salmantina le llenó de gozo, asombro y duda. Pidió explicaciones. Y con el corazón lleno de teorías científicas que pudieran probar la existencia de alguno de todos aquellos seres míticos, comenzó de nuevo a descreer supercherías. La magia que había sido tan real en su vida, dejaba de serlo cuando lo era realmente.
Ahora, vuelve a tener los pies en la tiera. De vez en cuando lee historias de Cunqueiro sobre tesouros, meigas y mouros. También lee a Wilde, que esconde en su Retrato, la magia diabólica de los alter egos.
Para posar de nuevo su breve vida en la realidad, sólo tuvo que entrar a una clase de secundaria y esperar que le robaran, definitivamente, la inocencia. Habría deseado permanecer siempre como una pequeña señora del mar.
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