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11 de noviembre de 2012

La humanidad, el saber y el rigor informativo, cosas del pasado.


Fotografía de Yaki Zander


Yo creía que el deber primero de toda empresa es cuidar de sus empleados. Siempre lo he pensado, a pesar de haber visto a lo largo de mi vida lo contrario. Hoy, no me queda duda de que la empresa -pública o privada- siempre tenderá hacia el lado del dinero. 

Lo humano, lo cierto, lo verdadero, el trabajo bien hecho, el rigor profesional, la motivación, la vocación, el interés, las ganas de transmitir pasiones, el respeto hacia todo y hacia todos, el dejarse la vida en el puesto de trabajo para dar lo mejor de uno mismo... Todo eso vale poco cuando las ganancias empiezan a caer. Cuando cae el beneficio económico, caen detrás trabajadores de gran calado humano y profesionalidad indudable. Es lo que ha pasado en El País, diario de referencia nacional y mundial. Una de las pocas publicaciones que aún uno podía leer sin dudar de que lo que se contara fuera pura ficción. Había firmas que daban tranquilidad, con las que sentirse casi tan a gusto como en casa, aunque lo que contaran fueran malas noticias.

Tengo miedo de este país que pierde de un plumazo todo lo que se elevó durante años y años de trabajo concienzudo y bien hecho. Un país donde la humanidad, el saber y el rigor van cediendo el paso a la chabacanería más vergonzosa, la estupidez, la gilipollez, la flojera, la falta de escrúpulos, la falta de educación, la pasión por el dinero, etc. Pero, ¿no nos habíamos dado cuenta de que el modelo capitalista estaba fracasando? Entonces, ¿por qué seguimos manteniendo la mentalidad y la ideología de hace más de un siglo donde la productividad y sus beneficios monetarios eran lo más importante? ¿Vamos a volver al modelo educativo de la Edad Media donde solo los nobles y la gente de la Iglesia podía acceder al conocimiento y lo guardaba para sí? Afortunadamente, hoy en día la información sobra gracias a internet y las redes sociales, pero ¿sabremos confiar en quienes filtren esa información para nosotros? O, peor aún, ¿quién va a verificar por nosotros que lo que se dice es así y no de otra manera?

Con un ERE tan horroroso como el que va a sufrir El País, ¿a qué recurrir para sentirnos informados de verdad? Quizás, ahora, mi amiga Marta tenga razón, y por las mañanas, antes que nada, habrá que recurrir a la prensa extranjera. Desde fuera, sabremos mejor qué pasa dentro de nuestros límites, los geográficos y los informativos.

Habría querido, de verdad, haber nacido en una época donde todo fuera más fácil o dónde todos estuviéramos implicados por el bien colectivo y la lucha real no fuera solo la de unos pocos.

Ahora, con esto que se nos está viniendo encima, ya ni me atrevo a desearte un feliz domingo. Al menos, procura intentar ser lo mejor persona posible y que ese sentimiento te traiga calma y ganas de solidarizarte con los que peor lo están pasando.

3 de mayo de 2009

Tarde de domingo



Hay personas que odian las tardes de domingo porque son el preludio de la vuelta al trabajo. A mí me encantan las tardes de domingo. Son el mejor momento para amueblarse la cabeza, ordenar la mesa, imprimir los apuntes de la semana, regar las plantas, asomarse a la ventana y proyectarse al mañana.

Las tardes de domingo me encantan. Son, por excelencia, las tardes del café bien acompañado, las tardes de la lectura sosegada, y también las del estrés previo a la semana (me falta esto, no he terminado aquello). Son las mejores tardes para disfrutar del buen tenis de Nadal y del periodismo eficaz de El País Semanal.

Hay personas que borrarían de sus calendarios las tardes de domingo, para pasar directamente del paraíso finisemanal al infierno de los lunes. Pero como a mí los lunes me encantan, no encuentro tarde más optimista que la de los domingos.

Esta tarde, además del triunfo tenístico de Rafa, te recomiendo la entrevista que Juan Cruz le hace a Ángel Gabilondo en el dominical de El País. Y después el reportaje sobre los niños perdidos de la Guerra Civil española, que me ha recordado a Laila Ripoll cuando el año pasado me narraba cómo los verdaderos niños perdidos de la guerra se acercaban a ella, al finalizar la función, para contarle sus experiencias. No pude ver en el teatro Los niños perdidos, pero he leído el artículo, y me he hecho una idea.

Y para el preludio de este lunes que acecha en el costado, aquí te dejo uno de Bach, que llena el alma de buenos sentimientos.