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2 de abril de 2011

Las grandes dudas de la humanidad

Para Manuel Casal.

Ayer paseaba por el Retiro. Iba concentrada buscando el lugar en donde había quedado con unos amigos para disfrutar del césped, para estar con ellos, para aprender, para vivir... Aunque estaba concentrada, iba atenta a lo que sucedía a mi alrededor. De pronto, la voz de una niña de no más de cuatro años se elevó por encima del murmullo de la gente para decir:

Abuelito, ¿la paz existe?


Aquella pregunta me conmovió. En ese momento pensé en mi amigo Manuel, que ha trabajado toda su vida para que sus alumnos se planteen este tipo de cuestiones e intenten buscar respuestas por ellos mismos, aunque intuyamos que algunas de ellas no las tienen. Manuel, que siempre ha sido una guía para muchas personas, y ahora no hablo de sus alumnos, sino también de sus amigos. Gracias a personas como Manuel, y a Manuel mismo, seguirá habiendo mentes inquietas que se hagan las grandes cuestiones que afectan a la humanidad.

Creo que en el momento en que una niña de cuatro años hace pública la urgencia de conocer los grandes problemas del mundo, aún queda esperanza. Para la filosofía, para la educación, para los filósofos y para los profesores.

11 de febrero de 2011

¿Cómo estudiar la literatura?

Para responder a la pregunta del título, deberíamos hacernos antes otra pregunta fundamental: "¿Qué es literatura?". Ante esa pregunta, catedráticos, críticos y estudiosos de las letras tendrán mucho que decir. Porque en general a las personas nos gusta mucho establecer verdades absolutas y canónicas sobre lo que nosotros creemos que son las cosas. A mí antes me interesaba mucho esta discusión acerca de la literatura como arte, como estudio, su historia, las corrientes de crítica y teoría literarias y todas estas cosas que siguen hirviendo en muchos círculos de la intelectualidad de algunas ciudades y universidades españolas. Pero ahora yo todo esto "me lo paso por el forro de la chamarra", como dice Marwan, un cantante que me gusta mucho. Y es que creo que la literatura no se puede describir, no se puede estudiar, no se debería sufrir. La literatura se disfruta y te hace feliz. Y una vez que tenemos eso claro, uno empieza a entender mejor las cosas. Para mí el mejor profesor de literatura es aquel que te descubre los secretos que él mismo ha descubierto en una obra que considera maestra, genial, universal. Si no reconozco ese brillo en los ojos, si no encuentro ese punto de pasión literaria ni percibo la motivación del enseñante, entonces estoy perdida. Y ahí es donde comienza toda la retahíla de pensamientos tristes sobre por qué estudio literatura, por qué tengo que sufrir la literatura o por qué hay que soportar a profesores que autodefinen mentalmente la labor de profesor de literatura como aquella persona que pide que leamos mucho pero que no nos transmite nada. ¿Y qué es al fin y al cabo la literatura sino la comunicación de algo -lo que sea- a través de las palabras, los ritmos, los silencios...?

Tras este durísimo periodo de exámenes en el que he tenido que 'estudiar' cinco literaturas diferentes (como si la literatura pudiera fragmentarse así, tan alegremente), he sacado en claro varias cosas. Primero, que uno sólo puede acercarse de lleno a un texto que ama y que ha conseguido pasar por el filtro de su propia subjetividad, es decir, a un texto que ha hecho suyo de algún modo. Segundo, que aunque es cierto que la literatura va siempre de la mano de la historia, de la pintura, de otras artes plásticas o visuales, de la sociología o de la economía -según el periodo en el que se concibiera cada texto-, lo central es lo que el texto te cuenta de todas estas cosas, lo que te mueve por dentro. Por eso, yo prescindiría de etiquetas. Por eso disfruto tanto de la literatura medieval, porque se mete toda dentro de un saco, se olvida uno de etiquetar el estilo o la corriente a la que pertenece cada obra y uno se pierde tratando de averiguar qué quisieron transmitir los escritores de aquel momento. Con la literatura de los siglos XIX y XX, por ejemplo, uno tiene que tener muy claras todas las etiquetas y colocar cada pieza en un cajón. Y cuidado con confundir realismo con naturalismo, la técnica cubista con la del collage. Por último, la literatura no se estudia. La literatura se la lees a un amigo en voz alta, la literatura imprime en tu subconsciente impresiones que acaban conformando un poco tu forma de ser, la literatura se bebe con los ojos y con la mente... Pero la literatura no se estudia. Así que, tras el momento epifánico de este final de exámenes, estoy perdida ante el próximo junio. Si la literatura no se estudia pero me examinan de ella, ¿qué voy a hacer?

Lo único que me otorga un poco de paz es saber que con exámenes o sin ellos, con filologías o sin ellas, siempre habrá literatura, siempre habrá un poeta o un escritor creando para mí, siempre estarán los poetas o los escritores que llevan siglos creando para mí. Y, al igual que estos últimos días me he apasionado con la lectura sosegada de Kirmen Uribe por el puro placer de la lectura, espero que me sigan llegando textos tan magníficos -dentro o fuera del curriculum de Filología Inglesa de la UAM- y disfrutarlos. Y si algún día vuelvo a ser profesora, ya me buscaré el modo de transmitir literatura.

25 de octubre de 2010

Traductor, ¿traidor?

Nunca pensé que la vuelta a la universidad fuese a ser como está siendo. Yo me las deseaba felices, con poquito trabajo, aprovechándome de la sabiduría de mis eruditos profesores, relacionándome con mis pequeños compañeros de clase y jugando al mus en los descansos. Todo esto con la experiencia de quien ya ha pasado por esto antes. Pero no. Tener que hacer tantísimas asignaturas implica dedicarle muchísimo tiempo al estudio. Así que los descansos con naipes se han convertido en escapadas fugaces a la biblioteca para aprovechar los ratos muertos, la sabiduría de mis profesores eruditos deja un poco que desear en algunos de ellos y el trabajo se me amontona implacable con el consiguiente amontonamiento de estrés. Uff.

Una de las asignaturas que más trabajo me están dando es la de traducción de inglés al español. Pensé, en un principio, que sería un paseo. Pero estoy comprobando que es de las más duras. Requiere disciplina y trabajo diario. Hay que interpretar perfectamente los textos y modelar una versión de ellos en nuestro idioma. Pero a veces, para que suene más bonito y la sintaxis no sea un calco literal del inglés, uno tiene que saltarse palabras, desechar los chistes y juegos de palabras (o inventar otros) y darle mil vueltas a alguna palabrita que no tiene equivalente en español. Así que, aunque a veces el traductor mejore el texto original, sigo teniendo la sensación de que traiciona la idea del autor, que lo pasa por su filtro interpretativo y que otras posibles lecturas quedan ancladas al olvido. M. y Y. no opinan que el traductor sea un traidor, hablamos de esto hace poco tiempo, pero yo lo paso fatal cada vez que me pongo ante un nuevo texto -que siempre es un nuevo reto- y trato de desentrañar líos semánticos y gramaticales que el escritor o la escritora original plantó ahí para complicarnos un poco más el trabajo... Porque hay veces en las que uno conoce todas las palabras, pero no es capaz de entender un texto.

Estos son los intrincados caminos de la lengua..
Eso sí, aunque intrincados, siempre terminan siendo satisfactorios.

24 de septiembre de 2010

Profesiones sin profesionales

Existió una vez, en Parla, un profesor de autoescuela tan malo que sus alumnos llegaron a sospechar si realmente era el profesor u otro usurpador de personalidades y profesiones de estos que proliferan tanto actualmente. Porque los políticos ya no son políticos, algunos enfermeros tampoco parece que efectivamente lo sean y muchos profesores se pavonean de su labor (como si en esta época se reconociera como es debido la docencia) y sin embargo no saben ni siquiera por qué han acabado en un aula, frente a una recua de alumnos con el reto, a veces irrealizable, de enseñar. Para ser sincera, a estas alturas del curso de conducción, ya me da igual lo que me enseñen con tal de aprender algo. Pero parece ser que mis necesidades de aprendizaje no se corresponden con las necesidades laborales del profesor de autoescuela que me ha tocado en gracia. Me mortifico diariamente (ni que esperase alguna recompensa celestial) acudiendo puntual a mi cita con ese noble profesional que no hace más que leer (y mal leída) la pantalla de la fabulosa pizarra digital que muchos institutos públicos madrileños ansían. En la pizarra él lee lo mismo que leo yo en el libro. Hasta ahí la cosa no va mal, visto el panorama actual de enseñantes en el que el profesor se limita a leer el texto mientras que el alumnado subraya alguna idea y espera, con una esperanza que no es real, a que ese mismo profesor explique algo que el autor del texto dio por sabido. Algunas veces hay suerte y ocurre que el enseñante explica. Otras veces, como en el caso de mi maestro de circulación, ni siquiera se me otorga la gracia de escuchar de su boca explicaciones que correspondan a la normativa actual de circulación. Este señor nada más que insulta a la Guardia Civil por multar a los conductores "por tonterías", recibe llamadas en plena clase para quedar a tomar café o unas cañitas cuando salga o mantiene largas charlas acerca de la normativa anterior con un alumno campechano que parece llevar toda la vida intentando sacarse el preciado carné.

Si quieres sigo, pero puede que esto te aburra. A mí, además de aburrimiento por sufrir la ineptitud de este personaje, me da miedo esto que vivo a diario. Porque sé que no es un caso aislado. Sé que hay profesionales que no están preparados, médicos residentes que se paralizan ante la parada de un paciente; ex-ministras de cultura que confunden premios Nobel de literatura con bailaoras de flamenco; profesores de lengua de 3º de ESO que se niegan a enseñar a hacer resúmenes a sus alumnos porque "eso debieron enseñárselo el año pasado y no es mi problema"; autobuseros que conducen superando el límite de velocidad e invitan a sus amigos a darse el paseo Madrid-Parla en el nocturno, porque ellos solos, frente a su carretera y su responsabilidad, se aburren y prefieren descalificar, acompañados de su recua, a los clientes extranjeros...

Todo esto es denunciable. Pero, ¿quién enseñará a todos estos profesiones a ejercer con sinceridad, esfuerzo y profesionalidad su labor diaria? ¿Dónde ha quedado la vocación laboral o, al menos, el respeto a la persona a quien estás dando el trato?

16 de septiembre de 2010

Clásicos contemporáneos /2

Aunque me digan que soy muy joven para seguir a estos maravillosos cantantes, lo cierto es que una vez que los escuché, no soy capaz de vivir sin seguir escuchándolos. Esta canción pertenece al grupo de las músicas elegantes, de los clásicos contemporáneos que nos golpean y recuerdan de lo que los seres humanos somos capaces.

Esta canción se la dedico a (don) Emilio, que un día me dijo que le encantaba Silvio. Y también se la dedico a mi amiga Yolanda. Dos maestros sin parangón.

17 de junio de 2010

Finale

Finale es el término empleado en las composiciones musicales para hacer referencia a la pieza final de la misma.

Como toda buena obra musical que se precie, las obras que acometemos las personas tienen sus particulares finales. Hay algunos alegres, cargados de flautas dulces y percusión y otros finales lentos, tristes, llenos de pianos en tonos bajos. El compositor de cada obra es quien supongo (porque tampoco soy una experta en estos temas), resume la esencia de la obra compuesta en unos minutos que nos dejan el sabor dulce o amargo y que nos harán recordar para siempre una melodía. Al igual que el compositor, nosotros debemos componer el finale de nuestras pequeñas obras y hacerlo para que nos dejen un sabor dulce o amargo cuando las evoquemos en el futuro.

Yo ya estoy empezando a dar por finalizado este curso 2009-2010 que estrené con créditos iniciales de película. La impresión general de estos meses es positiva, de aprendizaje, de caer en la cuenta de lo incompletos que estamos. La vida, al igual que las composiciones musicales, es imperfecta. Creo que la esencia está en encontrar los instrumentos adecuados para que en la alegría o en la nostalgia nos sintamos bien dentro de ella. Para sentirme bien en mi vida yo necesito un violonchelo. Un violonchelo es la naturaleza de la madera, la resonancia (el eco de las montañas) de su caja, la sensualidad de las formas, el cariño de quien se deja querer y abrazar, la nostalgia de sus notas y la precisión en su elaboración. Y con mi violonchelo a la espalda, caminaré hasta encontrar, primero mi grupo de cámara y, finalmente la orquesta de nuestras vidas.

Feliz fin de concierto.

10 de junio de 2010

Compañeras

El año pasado fue mi año de prácticas para convertirme en profesora. A pesar del mismo y de este año trabajando ya en un colegio, creo que me queda mucho de improvisación y mucho trabajo para sacar adelante. Me alegro. Espero seguir improvisando hasta que me jubile, porque si no, la magia de la enseñanza perdería un poco la chispa de la imprevisibilidad que a mí me gusta tanto.

Esta tarde me he reencontrado con dos de las profesoras del instituto donde hice las prácticas. Hemos quedado para preparar una sorpresa a otro profesor. Aunque el año pasado fueron algo así como unas maestras para mí, hoy he sentido que éramos las tres compañeras de oficio. El interés, la motivación, la sensibilidad hacia los seres humanos (a veces individuos, a secas) con los que tratamos a diario, o el cariño y la dedicación que le ponemos a nuestro trabajo, me dan una pista de lo que es formar parte de un gremio.

Hay otros profesores. Hay miles. Pero de los miles de profesores que hay, sé que a lo largo de mi vida laboral me toparé con pocos compañeros que verdaderamente lo sean. Los compañeros, etimológicamente, son los que comparten. Con C. y con R. yo comparto un modo de vivir la enseñanza que no todo el mundo posee. No creo que el nuestro sea el mejor, sino simplemente el que a mí me vale para vivir humanamente.

Ojalá en todos los ámbitos de la vida fuera tan fácil encontrar compañeros auténticos como lo son C. y R.

7 de junio de 2010

La muerte /Are you there?



Hoy ha muerto el padre de Pablo, un alumno. El jueves sufrió un infarto y estuvo más de una hora en parada. Durante el fin de semana ha estado postrado en una camilla de hospital recibiendo la visita de su familia. En un momento del fin de semana abrió los ojos porque le habían reducido la cantidad de sedantes, pero estaba hinchado: los riñones no le funcionaban.

Esta mañana, antes de que nos avisaran de que había muerto, he hablado con Pablo. Le he mirado a los ojos, y luego, rápidamente los he rehuido, no me atrevía a ayudarle a llevar el peso del dolor. Le he preguntado: "¿Qué tal está papá?". ¡Qué estúpida me siento ahora que pienso en la pregunta que le he hecho!. Tampoco sé siquiera por qué lo he hecho. No sé si ha sido mi conciencia, que me ha pedido a gritos que tratara de acompañarle en el dolor. No sé si ha sido la mera curiosidad. No sé si ha sido por no dejarle solo del todo en este día que se le estará haciendo largo como ningún otro de su vida. Todos sabíamos que se moriría. Creo que todos lo sabíamos excepto Pablo, que ha acudido a clase, ha hecho exámenes y ha sonreído a las bromas de los compañeros.

A las 12 de la mañana me han dado la noticia. Luego he tenido que irme y no sé si al final le han trasmitido la noticia en el cole o su madre ha esperado a que llegara a casa.

13 años, o quizás 14. 14 años con padre, y de ahora en adelante toda una vida sin él. ¿Cómo se vive cuando a uno le falta un padre? ¿Uno cambia radicalmente cuando a los 14 años pierde el referente masculino? ¿Cuál es la diferencia entre decir "soy huérfano" y no decirlo?

La muerte le ha llegado a Pablo con 14 años. Ha mirado a la muerte a los ojos. Y yo no he sido capaz de mirarle a él. La vida no le ha mirado a los ojos, y la muerte sí. Cuando la muerte llega inesperadamente, ¿los fantasmas de los muertos están ahí para cerrarnos los ojos y dejar que los descansemos? ¿Los fantasmas de los muertos nos traspasan el cuerpo y nos acompañan hasta que estamos listos para volver a afrontar la vida y mirarla a los ojos? A mí, esta mañana, el potencial fantasma del padre de Pablo no me ha dejado que lo mirara a los ojos. ¿Por qué? Ahora siento que quizás, antes de encontrar de frente la muerte, Pablo y yo debíamos habernos mirado a los ojos, haber mirado de frente a la vida.

17 de febrero de 2010

Personajes reales* /6

* Aunque los personajes presentados en esta serie son reales, he distorsionado o cambiado sus nombres para proteger su identidad.

ALEXANDER

La bondad viene desde Bulgaria y está personificada en él.

No es ni rubio del todo ni tiene los ojos azules. Tampoco sé si todos los búlgaros responden a ese canon, pero siempre los imaginé así.

Procede de una ciudad con nombre de reina y que evoca sabiduría, la que él parece ignorar, pero que conoce bien. Porque Alexander es un sabio. A su manera. Suspende un examen tras otro (aunque parece que ahora la cosa va mejorando) porque no domina el español y según él, en España, los profesores son muy exigentes. Lo cierto es que se esfuerza y creo que su esfuerzo va a merecer mucho la pena. Sabe analizar sintácticamente a la perfección la oración: "Quiero que Alexander venga hoy a clase", y eso que es una subordinada, y ésas, profe, son más difíciles. Alexander es un sabio porque sabe de la vida. Ha vivido con muchas carencias y aprecia lo que tiene aquí. Los fines de semana va a entrenar al rugby, con su cuerpo robusto de chico del este. Siempre está con gente, aunque su mundo interior es tan grande que parece que no le hace falta nadie. Tampoco echa de menos no salir con amigos búlgaros o con españoles. No tiene tiempo. Es que entrena mucho, profe.

Juega al rugby y estudia lengua, su talón de Aquiles. Pero es que su profe es muy exigente, como todos los profes españoles. Me alegra no tener que ser yo su profe de lengua, porque no podría suspender a alguien tan trabajador y esforzado.

De Alexander me gusta su forma tierna y respetuosa de disculparse cuando sabe que ha hecho algo mal. Cabeza gacha, mirada hacia el suelo, media sonrisa y un "Lo siento, profe" con su erre de frenillo tan inconfundible y ese acento duro de la gente de su tierra.

También me conmueve. Un día, un compañero había olvidado su lápiz de dibujo en casa y gritó en medio de la clase que no lo tenía allí. Alexander levantó la cabeza, se levantó del sitio y agarró su lápiz amarillo de dibujo (el que cuidaba desde principio de curso) entre las dos manos. Lo rompió por la mitad y le dio la parte que tenía punta a su compañero. Él se quedó con la parte más pequeña del lápiz y se acercó a la papelera, para sacar punta a su mitad. Dos semanas después, Alexander dibujaba con menos de tres centímetros de lápiz, mientras que su compañero, al que le prestó el lápiz amarillo, volvía a perder u olvidar el material de clase.

Tras esta historia, solo me quedan sonrisas para Alexander. Solo me quedan palmadas en la espalda, ánimos y enhorabuenas. Porque la semana pasada, por fin, aprobó su primer examen de inglés.

5 de mayo de 2009

IES Las Américas y el paro parcial



Hoy, a tercera hora, y aunque no soy todavía profe (me refiero a que no formo parte del cuerpo de funcionarios del Estado), he secundado el paro en el Instituto Las Américas de Parla.

Para más información sobre el paro, pincha aquí.

4 de marzo de 2009

Optimismo

El lunes y ayer no fueron muy buenos días, académicamente hablando. Cuando uno llega al tedio y al hastío en las clases, es difícil encontrar algo que lo motive a continuar con ganas y fuerzas. Además, si el cansancio es grande, la cosa se complica y acaba convirtiéndose en un verdadero esfuerzo el acudir a clases.

En eso pensaba hoy, mientras estaba en el instituto. En eso y en los problemas de la educación, y en la necesidad que tenemos de que exista el valor del aprendizaje y el valor de la enseñanza y que éstos se tengan en cuenta. Que la educación se convierta en una preocupación para toda la sociedad y no sólo para los cuatro que se arman de tiza y paciencia para tratar de cambiar un poco el mundo.



Y enconces aparecen ellos. Profesores jóvenes, vivos, alegres, con ganas, fuerza e interés. Y esos profesores nuevos me han inoculado esa misma fuerza; me han alentado, me han dicho: "os necesitamos, transmite este mensaje". Y desde aquí, con más optimismo que hace un par de horas, con más fuerza aunque el mismo cansancio, y con dos nuevos amigos profesores te digo: "La educación [como valor] te necesita, transmite el mensaje".