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19 de junio de 2011

Limpieza general

Junio es el mes de las limpiezas generales por excelencia. Junto con diciembre. Cada medio año uno se despoja de lo que ya no sirve, de lo que le ha hecho mal o no le ha hecho crecer como persona. Hay limpiezas necesarias pero imposibles de hacer. Más de una limpieza haría yo en la televisión, en el sistema político español, en el sistema educativo español -o mejor, madrileño-, en el sistema sanitario español, en la lengua de algunos personajes públicos que parece que sólo están hechos para insultar y criticar con malas artes...

Otras limpiezas son posibles y purifican. Con el fin del curso uno limpia y recoge sus apuntes, ordena los libros que ha leído, desde los más placenteros a los más aburridos. Con el fin del curso uno llega a conclusiones, hace una lista de la gente increíble, los que siempre quedarán en la memoria del 2010-11 -y en el corazón, claro- y los que acabarán perdiéndose porque nunca merecieron la pena. Limpiar significa borrar constancia de lo que un día existió. No quiere eso decir que eso deje de existir, sino simplemente que eso no nos hará crecer en un futuro y queremos soltar lastre, seguir avanzando con la maleta más llena, pero solo de aquellas cosas que realmente son importantes. 

Me gustaría hacer aquí una lista de esas cosas que me llevo a Londres en la maleta del próximo curso, las que sin duda han superado la limpieza literal y la metafórica; pero las cosas que uno lleva en su maleta son demasiado personales e íntimas -ya me lo enseñó Celia una vez- y es mejor dejarlas ahí dentro y mirarlas con los ojos de la nostalgia y el sentido común. Esas pequeñas cosas, y sobre todo esas personas, irán asomando por las páginas de este blog a lo largo del futuro igual que han asomado a lo largo del pasado: música, momentos, amigos, fotografías, símbolos, sonrisas,... Todo lo que merece la pena sigue en la maleta e iré desprendiéndome poco a poco de lo que ahora parece imposible pero que puede retrasar mi camino.

De la limpieza general de este junio os habéis salvado vosotros, los que me leéis, los que me queréis y me lo habéis dicho y me lo habéis demostrado. Se salvan poetas y dramaturgos, se salvan generaciones enteras de escritores, os salváis los que me habéis enseñado a hacer fotos -es decir, a aprender a mirar el mundo con otros ojos-, os salváis los que me habéis enseñado palabras en otras lenguas, os salváis los que habéis compartido conmigo. Te salvas tú, cuya vida cambia a partir de ahora de forma radical, y no sabes qué hacer. Pero confío en que tú y yo sabremos encontrar un nuevo camino que siga dando sentido a esta vida que ahora empezamos. Lejos o cerca, estás en mi maleta de las cosas que siempre superan la limpieza.


18 de septiembre de 2010

A vueltas con Diógenes



Cuando uno hace limpieza general en su casa, en su habitación o en sus cajones corre el peligro de quedarse atrapado, durante días, entre otras vidas que son las suyas y las de las personas que han hecho que sea lo que es. Tengo un amigo que lleva ordenando su despacho semanas. Pero queda irremediablemente atrapado por los papeles que guardó en él, por las cosas que pensó y anotó, por los folletos de las exposiciones a las que fue... Y no avanza. Y lo peor de todo es que piensa y repiensa si debe o no tirar tal o cual panfleto, este recorte de prensa o esta carpeta. ¿Qué es mejor: tirarlo todo con los ojos cerrados o, directamente no hacer limpieza?

Yo, que he estado estos últimos días reordenándolo todo, me he encontrado cosas sorprendentes que, a día de hoy, no habría creído conservar. Desde grabaciones de mi propia voz hasta grabaciones de voces ajenas, fotos de grupos heavies, folletos de festivales de música de hace años, chapas con la bandera republicana y cientos de textos. Textos con autoría conocida y otros que dudo si serán míos o de amigos. Por más que los leo una y otra vez no me reconozco en ellos. O al menos no reconozco a la posible escritora de ellos (yo misma, años atrás). Corro el riesgo de equivocarme y proclamarme su autora indiscutible o de abandonarlos por no conocer al verdadero escritor y perder definitivamente pequeñas piezas agradables de ser leídas, confusas a veces, pero merecedoras de un poco más de vida que la que les aguarda dentro de los surcos de los cedés que las contienen.

Ese es el peligro de la limpieza. Aparentemente parece que todo está perfecto, agradablemente recolocado. La habitación vuelve a respirar aliviada. Pero el que limpia sabe la verdad de todo esto: sabe que en lo más profundo todo sigue siendo un alegre caos de textos que no han hecho más que airearse un poco y volver a la oscuridad hasta que en un par de años vuelvan a desenterrarse. Bendito síndrome de Diógenes.