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2 de marzo de 2014

¡Ay de mí! (mitómana y apasionada)

Los que me conozcáis bien, sabréis de mi tendencia a la mitomanía. Suelo mitificar las cosas y a las personas, quizás por mi apasionada visión de la vida o qué se yo, porque soy una filántropa enamorada de todo y de todos.

Los que me conocéis bien, sabéis de mi pasión sin límites por el actor y director de teatro -en realidad esa descripción se quedaría muy corta, pero así es como se le conoce públicamente- Sergio Peris-Mencheta. El enamoramiento comenzó absurdamente, viendo algún capítulo de alguna de las series comerciales en las que aparece, pero poco a poco fui siguiendo su trayectoria profesional y asistiendo a sus producciones teatrales. Todas me han hecho pensar y reflexionar (como todo buen teatro, por otro lado). Y lo que nació siendo un puro deleite visual (para gustos los colores, pero que nadie me niegue que es todo un hombre) se acabó convirtiendo en pura admiración. Ninguna de sus intervenciones públicas debe dejar a nadie indiferente: cuando habla de cultura, de trabajo, de superación, de esfuerzo por las cosas bien hechas, de su familia, en fin, de lo que sea... es como si, sin proponérselo, estuviera dando lecciones de vida, pero no desde la prepotencia o la soberbia, no, desde la vida misma, con naturalidad.

He tenido suerte de habérmelo cruzado y haber cruzado alguna que otra palabra con él en alguna de las representaciones que ha dirigido y a las que he asistido. He tenido suerte de que asistiera. O quizás es que es de esos directores que siempre asiste a las representaciones de su equipo. Un equipo fantástico, por cierto. Porque Peris-Mencheta se codea de actores para quitarse el sombrero (Juan Diego Botto, Roberto Álamo, Marta Solaz, Mario Gas, Tristán Ulloa, Javier Tolosa y todos los demás) y él mismo es un actor que merece ovaciones (recuerdo el escozor de las manos en el aplauso tras la representación de Julio César, hace unos días en el Teatro Bellas Artes). 

Hoy, en su cuenta de Facebook nos decía:

Ay de mí 
cuando no me cuestiono, 
cuando no me re-invento, 
cuando mi deseo brilla más que mi lucha, 
cuando sólo llego y no camino, 
cuando repito lo que dijo papá, 
cuando tarareo un estribillo sin conocer la canción,
o entono el himno sin entender la letra. 
Ay de mí 
cuando leo, y sólo me leo a mí mismo,
cuando miro y sólo me veo a mí. 
Ay de mí, cuando "guerreo" por la paz,....
Y ¡ay de mí!, 
al fin,

cuando ignoro que ignoro.

Y sí señor, ¡ay de nosotros! cuando todo eso ocurre. Su alegato, el de Peris-Mencheta y el que todos deberíamos hacer nuestro es: cuestiónate, reinvéntate, lucha, haz camino, no repitas viejos esquemas, sabe bien de lo que hablas, lee y mira con ojos de universalidad, olvídate de tu ombligo, busca la paz pacificando y sé consciente de lo que ignoras, porque eso te enseñará a vivir, a posicionarte en el mundo de otra manera más sensata, más humana, más social.

Gracias por la lección que nos das, sin tú pretenderlo, Sergio. Porque como figura pública que eres, te mojas siempre: cuando te subes en un escenario o cuando te quedas detrás o cuando escribes en las redes sociales defendiendo a amigos e ideales en los que crees. Gracias por hacer una cultura más libre y más inteligente; una cultura que nos hace vibrar. Mi mitomanía es uno de mis vicios, pero ay de mí si este vicio no me acercara a gente de tanto valor.


1 de noviembre de 2012

Un trozo invisible de este mundo, una obra incómoda pero necesaria


Un trozo invisible de este mundo es una obra de teatro en piezas, escrita e interpretada por Juan Diego Botto. Lleva en cartel unas semanas y se ha convertido en un éxito de taquilla con llenos casi diarios y que dejará de estar en cartel, desafortunadamente, el próximo domingo. 

Son cinco las piezas de que se compone esta magnífica obra que muestra el compromiso de Botto por la humanidad y sus derechos y libertades. Se van sucediendo para armar un puzzle fascinante que nos lleva de la Argentina de Perón a la España actual con personajes que son únicos y a la vez universales. Con personajes que son de este mundo, aunque tengan que volverse invisibles para sobrevivir.

Las cinco piezas entremezclan un humor muy ácido, ironía, sensibilidad social y cultural y belleza a raudales, a través de las canciones que la bellísima Astrid Jones pone en escena para que entendamos qué es ser mujer, qué es ser madre, qué es ser inmigrante en un lugar hostil donde uno pronto tiene que darse cuenta de que se está solo. O en compañía de esa botella de tequila de los mexicanos de El privilegio de ser perro. La belleza de la obra, además de estar plasmada en las nanas de Samba de la pieza Mujer, se escapa por el hilo telefónico de ese argentino que labura a diario levantándose a las cuatro de la mañana para poder mandarle plata a su mujer que al otro lado de la línea teme el no regreso de su amor. Belleza, también, en la historia del Turco, torturado y desaparecido argentino.

Lo que hace Botto con su texto magistral -lamentablemente aún no publicado- es presentarnos a unos personajes que son el mismo, nos muestra la universalidad del marginado, del pobre, del migrante, del que a la fuerza tiene que convertirse en invisible. Del que lucha por la libertad, por un mundo mejor. Y se cansa, y le llegan la derrota y el llanto, y la desesperación. Juan Diego Botto, la persona, no deja de ser uno de esos universales de su propia obra, alguien que no abandona la lucha y que en tiempos de crisis -de todas las crisis- se compromete aún mas y agudiza más el ingenio artístico para hacer algo que puede resultar muy incómodo al espectador. Ése que tiene sí tiene cerca a su gente y tiene dinero para permitirse una tarde de teatro pero que al fin y al cabo sufre con el Turco, Samba y tantos otros con o sin nombre.

Botto, con un texto y una interpretación magistrales, levanta de sus butacas al público, logra que llegue a empatizar con sus personajes y por lo tanto crea una obra de arte universal y redonda con una magia difícil de transmitir de palabra y que es mejor ver en directo. Merecedora de elogios también es la dirección y la escenografía, el acierto de situar una historia de tránsitos en un lugar que se ha convertido en el de tránsito cultural por excelencia del panorama madrileño actual, el Matadero de Madrid, y de usar como atrezzo básico y simbólico el trasiego de maletas de una cinta transportadora.

Astrid Jones, Sergio Peris-Mencheta y Juan Diego Botto.
Soy consciente de lo afortunada que he sido al poderme permitir asistir al teatro y que éste, una vez más, me haya transmitido la fuerza de la vida, la rebeldía de las utopías y la urgencia de un cambio necesario. Creo que Juan Diego Botto, Astrid Jones y Sergio Peris-Mencheta también son afortunados, por su talento. Y por la generosidad y sensibilidad que tienen al compartirlo con nosotros y enseñarnos, en algo más de una hora y media, qué pasa en nuestros barrios que aún nosotros no hemos sido capaces de ver. Los tres nos abren los ojos a una realidad incómoda y dolorosa. Pero al fin y al cabo, ese es el primer paso que todos necesitamos para poner el remedio: darnos cuenta de que esa realidad existe. Esta vez, el arma para hacérnoslo ver no han sido las redes sociales sino lo de siempre: el genio del teatro.

Larga vida al teatro y largos éxitos a Un trozo invisible de este mundo. Porque un éxito para la obra significa el éxito del ser humano.