Mostrando entradas con la etiqueta crisis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta crisis. Mostrar todas las entradas

29 de noviembre de 2012

"El drama de los desahucios" y Los Simpsons


Ese es el nombre que un diario de tirada nacional, El País, ha dado a una de sus secciones. Verdaderamente lo es. Este se está convirtiendo en un país de casas vacías o a medio construir en el que cada vez más personas viven en bancos en la calle -el porcentaje de mendigos se ha elevado considerablemente desde los esplendorosos años 2000-, okupando edificios, acampados a las puertas de sedes institucionales, apretados en las casas de sus familiares o, que simplemente han perdido ya toda ilusión por la vida y optan por la situación más valiente, o la más cobarde, ni me atrevo siquiera a juzgar. El desahucio es el mal de la década, casi peor que el cáncer. Hay gente que se queda sin familia, sin hogar, sin esperanza...

Captura de fotograma. Pincha en la imagen para ver el vídeo completo.

Cada noche, al volver del colegio, después de un día duro o no tanto, después de otras historias que he escuchado, de haber visto cómo estamos inculcando unos valores de esfuerzo, sacrificio y trabajo duro que algunos de nuestros estudiantes aun no están preparados para integrar en su visión de la vida porque aún son niños, porque deberían permanecer un poco ajenos a la alienación que está provocando esta crisis; después de todo esto, y de las historias de vida que se narran en la radio: los desahucios, o las reacciones solidarias ante los mismos; o el arte y la cultura que siguen, poco a poco, en pie, tratando de educarnos, porque parece que hemos vuelto a la Edad Media incluso en eso: ahora mucha de la cultura que se ofrece tiene intención pedagógica, ¿tan mal lo habremos hecho en las escuelas o en los hogares hasta ahora? Después de todo esto, quiero pararme. Pararme y dejar de pensar.

Ante el drama de los desahucios, ante la miseria diaria, también son necesarias dosis de otras medicinas: el entretenimiento, el dejar a un lado lo que nos hace daño psicológico y nos desequilibra el sistema ético y moral que hemos ido elaborando poco a poco. Los Simpsons también son necesarios. La lectura divertida. Luis Piedrahíta y sus monólogos de las cosas pequeñas. El Intermedio, que relata la tragedia, pero, al modo clásico, la cubre también con la pátina del humor, para que desfoguemos. Los concursos de talentos. El Hormiguero con sus chistes fáciles. Todo eso también es necesario. Está muy bien que haya debates, que escuchemos los informativos, en la era de la información, todos sabemos al instante qué está ocurriendo en casi cualquier parte del mundo. Aunque eso sea aún más doloroso. Las guerras siguen sucediéndose en Siria, Palestina, el África subsahariana. Hay hambre. En Sudán, en Uganda, en el 2ºB. Pero nosotros seguimos en pie. Y tenemos que sacar adelante nuestras vidas y las de las personas que tenemos cerca y nos necesitan. No podemos cubrirnos con la capa de mierda y miseria que parece que lo recubre todo. Hay que soltar cuerda. 

Yo, por las noches, cuando vuelvo del trabajo, tras el duro día, no tengo ganas de seguir escuchando miserias. Descargo y comparto lo malo y lo bueno del día. Después, me evado con Los Simpsons.

9 de noviembre de 2012

La bolsa o la vida


Fotografía de Wolfgang Suschitzky
Este ya no es el lema de los atracadores de bancos. Parece que es el lema de los bancos y la sociedad que está permitiendo los "atracos" a los ciudadanos de a pie. 

Ha habido ya dos suicidios a causa de la crisis. Siempre me ha parecido el suicidio algo incomprensible que no entraba en mi razonamiento del mundo ni de la vida. Ahora, parece que a algunas personas ya no les queda nada en sus vidas, solo la muerte. No voy a entrar en debates morales sobre si está bien o mal el suicidio ni de las razones que las personas que lo cometen tienen para ello, pero reflexiono sobre el hecho de que hemos creado una sociedad de consumo tal, que parece imposible que se pueda concebir en ella la vida sin lo material. En contraargumento contra mi argumento anterior, he de decir que hay ciertos bienes materiales que deberían ser innegables a cualquier ser humano, entre ellos vivienda, alimentación, sanidad y educación. Cuando esos cuatro pilares fundamentales de la vida fallan, la vida misma va perdiendo el aliento hasta convertirse en una anécdota del pasado.

De esta mujer que se ha suicidado hoy en el País Vasco se llevaron la bolsa y la vida.


6 de noviembre de 2012

Manuel Rivas


Tengo tres días. Tres días para leer sobre el silencio. Tres días antes del estreno. Me explico. Manuel Rivas, de quien he sido ferviente lectora hasta hace unos pocos años, escribió hace algunos una novela titulada Todo es silencio. Esa novela ha pasado de mano en mano por casa y aún no se ha detenido en las mías. A veces, no sé muy bien por qué motivaciones, nos apetece menos leer unas u otras cosas. A mí, de repente, se me quitaron las ganas de leer a Rivas, y ni leí Los libros arden mal, ni este Todo es silencio. No tengo ninguna razón para ello. 

A estas dos novelas se me acumula el estreno reciente, Las voces bajas, cuyo título me trae reminiscencias de la Premio Nobel Müller. Y esta sí, de nuevo no sé muy bien por qué, tengo muchas ganas de leer.

A pesar de todas estas ganas esfumadas de Rivas, de repente hoy me ha entrado una necesidad imperiosa de dar cuenta de Todo es silencio. Para ello sí hay una razón: el propio Manuel Rivas. He vuelto a escuchar su voz esta tarde. Yo conducía hacia casa y él respondía a las preguntas de Carles Francino, en la Ventana, de la Ser, un magazin de entretenimiento radiofónico que me encantaría que me inyectaran por los oídos a todas horas, para ser un poquito más persona y disfrutar más de la vida con los regalos que tiene que ofrecernos. Lo que iba diciendo: yo venía conduciendo y él hablaba sobre esta novela del silencio a propósito del estreno de la película homónima, basada en su texto, y dirigida -supongo que magistralmente, como siempre- por otro de los grandes del panorama cultural español: José Luis Cuerda.

Quiero leer la novela y ver la película. Y seguir escuchando a Francino.

Porque en un momento triste de la cultura de este país, aún los artistas siguen creando, siguen dando lo mejor de sí mismos -sin subvenciones- para que su público siga comprometiéndose con los problemas fundamentales de la vida: el amor y la supervivencia. Dicen que a todas las crisis, a todos los desastres siempre sobrevive el más fuerte. Yo añadiría que también el más formado, el más sensible, el que más fácilmente puede comprender las realidades que se le presentan frente a sí porque ha sido cultivado para ello. La cultura es el motor de nuestros cerebros y nuestros corazones. La cultura es el motor de nuestra existencia como homininos; en ella reside el origen de las civilizaciones. No dejemos que nos la quiten. Como dice un personaje de la película de Cuerda, probablemente pensado por Rivas, NO TODO TIENE PRECIO.

#NOSINCULTURA

2 de noviembre de 2012

La profesión más hermosa del mundo


Desde siempre creí que la docencia era la profesión más hermosa del mundo. Estaba convencida de ello y me apliqué con esfuerzo para poder ejercerla. Siempre creí que la magia de las palabras y la literatura eran los mejores contenidos que transmitir a un grupo de mentes jóvenes y ávidas -o no- de conocimientos.

Me han felicitado por mi implicación y motivación e incluso algunos colegas de profesión aseguraban, sin haberme visto nunca dar clase, que les transmitía la sensación de ser buena en lo mío. Algunos de mis alumnos opinaban y opinan igual. Otros no. Pero estas cosas suceden siempre en todos los ámbitos de la vida. Yo siempre me he esforzado para ser lo mejor posible. Pero no en términos absolutos, sino con respecto a lo que yo podía hacer. 
Sin embargo, he caído en un nido de serpientes. El dinero parece ser que es lo único que importa. Incluso en tiempos de crisis, cuando ni siquiera hay dinero, el dinero es lo que más importa. El cambio de sistema global no llega y nos estamos estancando en prácticas y motivaciones del pasado. O peor aún, nos estancamos en las del futuro, donde parece que solo el que más paga es quien más derechos tiene, y no derechos reales.

Me hice profesora no para enseñar a escribir bien, hacer buenos resúmenes, amar la lectura y aprender dónde van las tildes. Me hice profesora para transmitir un modo de vida en el que debe primar la libertad. Educar es enseñar a ser libres y responsables a las personas. Es darles las alas del conocimiento que necesitan para ser seres humanos con significado pleno del adjetivo humano

Sin embargo, no es el mejor tiempo para ser profesor. El Gobierno, ese ente que debería procurarnos un estatus y una responsabilidad que no nos da, está más preocupado por la rentabilidad de la educación (supongo que de ahí esa obsesión con la calidad de la enseñanza) que por los resultados humanos que de ella nos beneficiaríamos todos a largo plazo. Me da la sensación de que el Gobierno no quiere ciudadanos libres y críticos, sino profesionales a los que ir agrupando en compartimentos estancos y a los que etiquetar desde bien jóvenes para hacerles ver cuanto antes que el mundo se rige por monedas y no por pensamientos. Para los que ni siquiera somos trabajadores públicos, la cosa está aún más difícil. Porque tenemos cientos de jefes por encima de nosotros: el Gobierno, el Ministro, los Consejeros, el dueño de la empresa para la que trabajamos, la dirección de la empresa para la que trabajamos, la coordinación del centro, la jefatura del departamento, los padres de nuestros alumnos, nuestros alumnos... Nosotros, los que creemos en la capacidad liberadora del pensamiento, somos el eslabón último y más pisoteado de una cadena que debería, simplemente, ser un círculo perfecto -el del diálogo entre el que enseña y el que aprende, que muchas veces no se corresponde con el de profesor-alumno, sino que da las vueltas eternamente, en un fluir de conocimientos que parece que no termina nunca-.

La enseñanza privada esclaviza al trabajador en aras de unos resultados que en muchos casos llegan mediante la presión de las familias, más que el esfuerzo mutuo de profesores y alumnos. Siempre he pensado que el fracaso escolar es el fracaso del profesor, pero me niego a pensar que yo estoy fracasando con determinados alumnos. Tampoco quiero posicionarme ética y moralmente en el lugar del profesor que afirma que el fracaso escolar es el fracaso de los padres. Igual que el éxito escolar es el resultado de un trabajo bien coordinado por todas partes, el fracaso también es culpa de todo.

Llevo pocos años en la docencia, pero poco a poco la desesperanza de estos tiempos que nos están aplastando, están distorsionando mi imagen perfecta e idílica de la profesión más hermosa del mundo. Quizás sí lo sea, pero España no sea el mejor sitio para ejercerla. Quizás necesitamos una revolución del conocimiento que se lleve a cabo desde los puestos más cercanos al alumnado. Pero ¿cómo? El dinero nos observa con lupa para que hagamos lo que tenemos que hacer y prescindir de los que no hacemos las cosas como quieren que las hagamos. 

Así nunca se alcanzará la libertad y la responsabilidad con la que siempre soñé cuando, desde bien pequeña, ponía en fila a mis juguetes para enseñarles cómo leer y escribir bien.

10 de agosto de 2012

Esther Havens, Carson McCullers y el equipo español de sincro

Es agosto y el calor aprieta. Dicen de combatirlo con agua, abanicos y a la sombra, resguardados de ese aire norafricano que nos está dejando molidos a los españoles, poco acostumbrados a los 40º de temperatura que se alargan hasta casi las siete de la tarde. 

En casa hemos decidido bajar las persianas casi al máximo, dejando solo entrar la claridad necesaria para seguir con nuestras lecturas estivales. También hemos activado el aire acondicionado, ese aparato anclado a la pared que raras veces se enciende por aquello de que el aire que desprende no es nada beneficioso para el organismo y el aire que sale a la calle es bastante perjudicial para la capa de ozono. Hoy ha podido más la necesidad de respirar.

Yo leo en Kindle una traducción bastante aceptable de The Heart Is a Lovely Hunter, de Carson McCullers, de cuya prosa y personajes me enamoré esta primavera cuando preparaba mi examen de Literatura Norteamericana. Leo la novela traducida porque he acumulado una serie de textos en el Kindle que quiero agotar antes de septiembre y, a pesar de que mi ritmo de lectura es en general bastante lento, leer en español siempre es más rápido.

Además de esta escritora, estos días me tienen enganchadas otras mujeres: las nadadoras/artistas del equipo español de natación sincronizada (en general todas las y los deportistas olímpicos que están cosechando tantísimos éxitos) y Esther Havens, que se autodefine como fotógrafa humanitaria y cuyas imágenes han conseguido, junto con McCullers, sacarme del estado de depresión al que la recesión nos empuja en cada factura y cada noticia del telediario.

fotografía por Esther Havens

fotografía por Esther Havens

fotografía por Esther Havens

Mi decisión ha sido esta: voy a colocar estas tres imágenes en lugares estratégicos de casa para que me sorprendan cada día y me saquen una sonrisa. Me encantará despertar con el café que tanto me espabila estos días y estas fotografías que gritan a pleno color que sigue habiendo esperanza y esa esperanza está en la educación y en los jóvenes y niños de todo el mundo.

Quizás también cuelgue esta fotografía. No será tan efectiva como el aparato de aire acondicionado, pero conseguirá refrescarme un poco y me recordará el ejercicio impecable de las españolas que se traen la medalla de bronce representando el mar.

Foto tomada de lavanguardia.com (Ejercicio por equipos, natación sincronizada. Equipo español, 10 de agosto de 2012)    



3 de diciembre de 2009

Un anaquiño máis de galego, para combatir a crise



Entre la fiebre alemana y el retorno de la pasión gallega, creo que vuelvo a ser la de antes una vez más. Malo será...

19 de mayo de 2009

Serie: Grabados /5

Crisis dos.




El poder y la muerte
Heinrich Aldegrever (1502-1558?)

27 de enero de 2009

Trabajando por un sueño

Esto es para mi amigo bloguero Iago, que sufre por la crisis de fidelidad.

Afortunadamente, hay personas que son fieles a sí mismas y son fieles en el amor. De esas personas es más fácil aprender. Y de Iago, que lanza sus gritos con fuerza y pasión.

Para seguir trabajando por nuestros sueños. Hoy, por nuestros sueños de fidelidad



Para una versión mejor, pincha aquí

11 de diciembre de 2008

El horror

Literalmente 'atrocidad, monstruosidad, enormidad'. Eso pone en el DRAE (el diccionario académico). También tiene otras acepciones: 'sentimiento intenso causado por algo terrible y espantoso' o 'aversión profunda hacia alguien o algo'.

Si nos paramos a pensar la cantidad de veces que pronunciamos esta palabra o los adjetivos que derivan de ella -horroroso, horrible-, a lo largo del día, nos damos cuenta de que hay algo en el mundo que no funciona. También es posible que seamos un poco exagerados y poco exigentes y selectos a la hora de escoger nuestro léxico; aún así, esta recurrencia en el uso del horror me supera. Porque "horror" es una palabra -seis inocentes letras colocadas una detrás de otra, para representar cuatro fonemas, lo que da una idea de la importancia que tiene para nuestra cultura-, una palabra llena de significado negativo.

El horror se utiliza, cada vez más, como forma de diversión. Las librerías y las carteleras de los cines están llenas de historias de horror, que utilizan el horror como medio para alcanzar el placer. Y yo me pregunto, ¿nos estamos volviendo locos? ¿No tenemos suficiente con el horror real, el del día a día, que aún necesitamos consumirlo en forma de ficciones? A veces la perversión llega hasta tales límites, que somos capaces de regodearnos del horror ajeno, de hacer chiste con él, de olvidarnos de su significado. Y eso sí que es horrible.

Es doloroso ver cómo el horror se describe en las noticias sin un mínimo cambio en la entonación del presentador de turno. Estoy segura de que los enseñan para que no demuestren pena, compasión o empatía en su voz. Para que pasen de contar el último atentado en Euskadi, al gasto promedio de cada familia estas Navidades. No olvidemos que vivimos en una sociedad feliz. Nos bombardean con las imágenes de esa viuda que lleva el horror metido en el cuerpo y no nos enseñan a reflexionar qué está pasando, por qué nos deshumanizamos de tal manera que en este minuto odiemos el terrorismo y en el minuto siguiente estemos pensando en comprar un kilo de camarón de Huelva, que mañana a lo mejor sube el precio.

Ya sé que no es ahora época para ponerse a pensar en cosas serias. No. Estamos muy preocupados con los regalos y la cena de Navidad. Las muertas de Ciudad Juárez no son nuestra prioridad ahora, además eso ocurre en México; las torturas de Guantánamo, los niños soldado, la ablación de clítorix,... ¡bah, eso pilla lejos! Ahora, que en mi casa este año no falte de nada, que se vea que estamos superando la crisis...

Y la crisis de valores, ¿cuándo la superamos?