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6 de noviembre de 2012

Manuel Rivas


Tengo tres días. Tres días para leer sobre el silencio. Tres días antes del estreno. Me explico. Manuel Rivas, de quien he sido ferviente lectora hasta hace unos pocos años, escribió hace algunos una novela titulada Todo es silencio. Esa novela ha pasado de mano en mano por casa y aún no se ha detenido en las mías. A veces, no sé muy bien por qué motivaciones, nos apetece menos leer unas u otras cosas. A mí, de repente, se me quitaron las ganas de leer a Rivas, y ni leí Los libros arden mal, ni este Todo es silencio. No tengo ninguna razón para ello. 

A estas dos novelas se me acumula el estreno reciente, Las voces bajas, cuyo título me trae reminiscencias de la Premio Nobel Müller. Y esta sí, de nuevo no sé muy bien por qué, tengo muchas ganas de leer.

A pesar de todas estas ganas esfumadas de Rivas, de repente hoy me ha entrado una necesidad imperiosa de dar cuenta de Todo es silencio. Para ello sí hay una razón: el propio Manuel Rivas. He vuelto a escuchar su voz esta tarde. Yo conducía hacia casa y él respondía a las preguntas de Carles Francino, en la Ventana, de la Ser, un magazin de entretenimiento radiofónico que me encantaría que me inyectaran por los oídos a todas horas, para ser un poquito más persona y disfrutar más de la vida con los regalos que tiene que ofrecernos. Lo que iba diciendo: yo venía conduciendo y él hablaba sobre esta novela del silencio a propósito del estreno de la película homónima, basada en su texto, y dirigida -supongo que magistralmente, como siempre- por otro de los grandes del panorama cultural español: José Luis Cuerda.

Quiero leer la novela y ver la película. Y seguir escuchando a Francino.

Porque en un momento triste de la cultura de este país, aún los artistas siguen creando, siguen dando lo mejor de sí mismos -sin subvenciones- para que su público siga comprometiéndose con los problemas fundamentales de la vida: el amor y la supervivencia. Dicen que a todas las crisis, a todos los desastres siempre sobrevive el más fuerte. Yo añadiría que también el más formado, el más sensible, el que más fácilmente puede comprender las realidades que se le presentan frente a sí porque ha sido cultivado para ello. La cultura es el motor de nuestros cerebros y nuestros corazones. La cultura es el motor de nuestra existencia como homininos; en ella reside el origen de las civilizaciones. No dejemos que nos la quiten. Como dice un personaje de la película de Cuerda, probablemente pensado por Rivas, NO TODO TIENE PRECIO.

#NOSINCULTURA

22 de septiembre de 2012

¿La radio o el tren?


Hay varias cosas que me gustan mucho. Entre esas cosas que me gustan mucho están la radio y el tren. Prescindir del tren en mis desplazamientos diarios ahora que tengo vehículo propio ha sido muy duro. El tren es un modo de vida. El tren da para mucho: soñar, dormir, leer, mirar, pensar, no hacer nada, enamorarse, conocer actores y músicos ambulantes, escuchar otras músicas, oír otros idiomas, preparar clases, corregir exámenes... El tiempo del tren es tiempo que la vida te regala. Cambiar el tren por el coche es deshacerse de ese tiempo porque la mente tiene que estar concentrada en la conducción.

La llegada del automóvil precipitó mucho las cosas y me abocó a la no-lectura. Porque el tren, igual que el baño y la cama, es uno de los lugares predilectos de lectura para muchos. Abandonar el tren significó sacrificar horas a la lectura.

Sin embargo, el coche trajo otra cosa maravillosa: la radio. La radio es uno de los inventos más maravillosos que alguien pudo imaginar. Sobre todo la radio tal y como la entendemos hoy en día: esos programas de entretenimiento, esas voces míticas que nos acompañaron durante años en el desayuno y ahora nos acompañan a la salida del trabajo. Hoy he escuchado a Nancho Novo y a Aitana Sánchez-Gijón. Hablaban de teatro, otro de mis favoritos. Hablaban de la situación actual del teatro y la cultura españoles en general. La cosa está muy fea. Y yo me alegraba de ir en el coche y le encontraba una de las pocas ventajas: poder escuchar la radio sin pérdidas de conexión constantes. 

El teatro, la radio y las noticias, que llegan menos distorsionadas y más rápido que a la televisión, y las voces, sobre todo las voces. De las voces que he escuchado hoy, me quedo con una, y te la regalo. 

Echo de menos el tren con sus personajes, pero la radio y sus voces también ofrecen un reposo al alma cuando comienza o termina la jornada y el mundo parece o muy pequeño o muy inabarcable.



11 de septiembre de 2012

Ir a lo básico


Odio las programaciones curriculares.

Las odio porque dan muchas vueltas e impiden ir a lo básico. Lo básico en Lengua y Literatura es leer y escribir. Me encantaría pasarme las clases leyéndoles y que me leyeran, haciéndoles escribir sin parar.  Sobre todo en los niveles más bajos de la ESO. Y esa era mi idea. Hasta que llegó el fantasma de la programación con listas interminables de conceptos que enseñar, aunque sus mentes, aún no maduradas, de la infancia, no sean capaces de comprender qué es eso de complemento predicativo. 

Como trabajo para una empresa, tengo que seguir sus estatutos, entre los cuales consta el seguimiento de la programación de manera estricta. Y da igual que lo que se enseña en 1º vuelva a enseñarse los siguientes tres años. Da igual. El programa es dios y hay que seguir el programa a pies juntillas. Pero hay algo que me dice que ese no es el camino, así que quizás desvíe el programa y me lo traiga a mi territorio, el de la fantasía, los bolígrafos, el folio en blanco y cientos de páginas por delante. Quizás algún día ellos mismos me pidan que les enseñe qué es el complemento predicativo.

Esther Havens. La alegría de leer



27 de agosto de 2012

Steve McCurry y Murakami


Para los no duchos en fotografía o historia de la misma, simplemente una imagen que dio la vuelta al mundo les colocará en perspectiva. Pincha aquí y sabrás quién es Steve McCurry. Para serte honesta, acabo de descubrir que ese es el reportero gráfico que tomó la famosa instantánea. He llegado a él a través de otra serie de imágenes, imágenes de elefantes y de lectura. 

Tailandia. Fotografía de Steve McCurry

El año pasado monté, por primera vez, a lomos de un elefante. Una de mis grandes ilusiones era tener cerca uno de ellos. Estaba sobre el elefante, sintiendo el traqueteo torpe de sus pisadas y contemplando el maravilloso paisaje boscoso tailandés, y se me olvidó cómo el animal caminaba bajo la tiranía del comercio, del turismo "de masas" y de su cornaca -gracias, Saramago por enseñarnos esta palabra-. Simplemente sentí que cumplía ese sueño. Ahora, con la perspectiva del tiempo que se interpone entre los acontecimientos del pasado y el presente, y mirando esta imagen de McCurry veo en los ojos de este elefante, quizás, los mismos ojos del elefante que cargó con mi peso. Un pequeño elefante asiático de cuerpo y orejas pequeños, de ojos tiernos y mirada que parece que solo ve dentro de sí mismo. Veo en su cornaca lector a cualquiera de aquellos cuidadores de elefantes que cobraban una miseria para que nosotros, ciudadanos del mundo occidental, cumpliéramos nuestros absurdos sueños de infancia. Este elefante y este cornaca de la imagen comparten una historia de amor. Se protegen mutuamente y se tocan, en el idioma secreto del cariño a través de la piel.

El cornaca de la foto, que quizás tendrá otros sueños que cumplir, lee, ajeno al mundo, una historia que quizá lo transporte a tierras del oriente del oriente, o quién sabe, quizás lo traiga al Mediterráneo. Las opciones son casi infinitas. A mí me da por pensar que lee a Murakami, porque es lo que estoy leyendo yo ahora. Y me da por pensar, también, que para este cornaca, igual que para mí, es el elefante quien le da cuerda al mundo, no el pájaro. Cada uno busca en su realidad más cercana ese motor que hace que la vida siga, a pesar de tiranías, crisis o pobrezas.

14 de julio de 2012

De Manolito a Ramón Fortuna


Asocio a Elvira Lindo con el verano, por sus "Tintos de verano" de El País leídos bajo la sombrilla en la playa o en la terraza del comedor, suplicando clemencia ante la torridez de los veranos madrileños. Pero también por Manolito Gafotas, ese ídolo de la infancia del que recuerdo anécdotas sueltas por haberlo visto años más tarde en el cine. Sin embargo, Elvira Lindo escribe siempre, no solo en verano. Estoy enganchada a su "Don de gentes" y leo todo lo que tiene que decir, porque creo que es una periodista y escritora inteligente, con sentido de la responsabilidad, educada y con un estilo que siempre acaba emocionando.

De Lindo me gusta la forma en que elabora a sus personajes. Me gusta ese Manolito que creó para los niños de la generación de los noventa, pero creo que su maestría se sobrepasa a sí misma en la figura de Ramón Fortuna, el protagonista de El otro barrio, un Holden Caulfield a la vallecana, también con un muerto a sus espaldas y un colegio, unos amigos y unas experiencias que lo harán hacerse mayor de golpe. La genialidad de Elvira Lindo reside en escribir historias del día a día con un toque gore humorístico que te enganchan de tal forma que cuando las has terminado de leer, sus personajes ya te han atrapado y no te soltarán en años. Como el calor del verano de Manolito Gafotas en su Carabanchel Alto natal, un calor que es tan real como el que siento escribiendo estas líneas. Elvira Lindo es la maestra en crear personajes legendarios, personajes inocentes, apocados, melancólicos, pero legendarios. 

Tras haberme leído El otro barrio en un suspiro, con una necesidad irrefrenable por conocer el destino de ese personaje adolescente que se hace adulto en unos meses, no hay duda de que este verano va a volver a estar lleno de Lindo otra vez. En esta ocasión me voy a hacer con todas sus novelas y las voy a exprimir al máximo, porque con Elvira Lindo no sólo se disfruta leyendo, sino que se aprende, se aprende mucho de la vida de barrio, que es una vida muy intensa. Tanto como nuestra vida interior:

No hay estudios, no hay familia cerca, estamos en un territorio no amenazado por las cosas que nos provocan miedo, ¿a quién no le hubiera gustado en cualquier época de su vida tomarse unas vacaciones, no ya para descansar del trabajo, sino para descansar de la propia vida? Es algo así como quitarse el traje de uno mismo.
Elvira Lindo, El otro barrio.

Yo me tomo unas vacaciones para leer a Elvira Lindo, descansar mi propia vida leyendo sobre los que están en otros barrios, en el otro barrio. Y estoy segura de que a la vuelta seré otra persona completamente diferente.

24 de enero de 2012

Martes

Mi odio hacia los martes es directamente proporcional a mi amor por los lunes. Nadie lo entiende. No pretendo que nadie lo entienda. Los gustos son así, aleatorios y caprichosos. Me gustan los lunes. Los lunes al sol, los lunes de octubre, los lunes que arden como el petróleo. Me gustan todos los lunes de la literatura, los lunes de la luna, los lunes que son redondos porque son el comienzo del mundo.

Los martes, sin embargo, son barreras de horas impenetrables. Se atragantan en el comienzo de la semana, se enredan entre las ideas y los buenos pensamientos del lunes. Son antesala de la felicidad, sí, la felicidad que es los miércoles, pero también son tedio.

Hoy estoy dispuesta a no soportar el tedio, sino a combatirlo. Y qué mejor manera de hacerlo que disfrutando con esta llovizna cálida de hoy, trabajo -mucho trabajo- y por fin Neuman, para el que he estado esperando un poco más de una semana. Es hora de Hacerse el muerto.


10 de agosto de 2011

Impresiones de verano /1

Agosto caluroso. Sábado. Barcelona, barrio de Sants.

Una escritora de blog, recién aterrizada en España tras sus vacaciones asiáticas, y aún con la sensación extraña de encontrarse en tierra de nadie, se despide de sus compañeras de aventura y empieza a vivir la pequeña aventura de un sábado cualquiera en los alrededores de la estación de tren de Sants.

Un largo paseo por la rambla de Badal. Todos los establecimientos están cerrados excepto las fruterías. No hay sol, solo un calor apagado por las nubes que lo cubren todo. La certeza del fin de las vacaciones está presente, aunque aún hay agosto para rato. Y en el calor de ese agosto, el anhelo de una bebida refrescante está también presente.

Parada de repostaje en una cafetería grande, en la esquina de la rambla de Badal. La escritora de blogs escoge una mesa donde poder observar mientras la observan. Y se abre ante ella la gama de personajes míticos de cualquier novela de ciudad: esos antihéroes que durante años pasaron inadvertidos y ahora parece que pueblan todos los rincones: los grotescos y los refinados. Y de repente, nuestra escritora empieza a pensar en la labor de escribir, en ese dejarse entrever a través de cada palabra, en ese ocultarse constante detrás de cada punto y coma o de cada pausa. Los personajes que pueblan la cafetería, todos etiquetados bajo la categoría de raros, la observan igual que ella los observa a ellos. La diferencia es que ella está en silencio y los espiados, que se vuelven espías, solo pueden acertar algún rasgo de ella por su lenguaje no verbal, la ropa que viste, la elección de la bebida, la mesa que ha escogido. Ella, sin embargo, los observa de dos en dos. Se fija en la interacción de las tres parejas más cercanas a su mesa. Un matrimonio agotado cuya mujer lee la prensa mientras el hombre devora con ansiedad una tarta de frutas a la vez que escucha algo en los auriculares. No hay conversación, pero interactúan en silencio. Otra pareja, los cuarentones feos, no se sabe bien si son solo amigos. Él está ilusionado mostrándole en su ordenador portátil vídeos de su juventud, infancia y adolescencia: la mili, su boda, su familia, su abuela, una señora encantadora que se emocionó muchísimo cuando se casó, su hermana, la Montse, que había cambiado mucho desde entonces. La mujer mira con una sonrisa real los vídeos, los comenta y, de vez en cuando, lanza miradas de reojo hacia la mesa de la cronista, que anotaba mentalmente y tras el billete de su tren detalles rápidos del escenario que tiene ante sus ojos. Los últimos son otra pareja, jóvenes, no más de treinta años cada uno de ellos. Entran rápido en la cafetería, piden de comer, se sientan a la mesa y se entregan a la comida como si se entregaran al amor la última noche de sus vidas. No hablan, no se miran, no se sonríen, simplemente comen, comen con un hambre que no se ha visto antes.

El té con limón y hielo de nuestra escritora se termina. También termina un poco aquí la reflexión. Ella está convencida de que alguno de estos personajes la observaba para escribir, a su vez, algo sobre ella. Otro personaje extraño y solitario en las calles abandonadas de la ciudad efervescente. La escritora de blogs sale de la cafetería pensando en la pobreza que ha visto en Camboya y en el hambre de estos catalanes. Intenta ponerlos a un mismo nivel pero no es capaz. Se refugia en la calle intransitada. Entra en una frutería y pide una manzana y una naranja en inglés. El vendedor, indio, la atiende extrañado, aunque no debe de sorprenderle ya nada, en un barrio como Sants. Le desea buena tarde y se despide de ella en catalán: adeu. Ella sonríe, sale a la calle y piensa en lo que escribirá y lo que no escribirá en su blog sobre esa tarde. Fabula acerca de lo que inventará, de lo que exagerará y de lo que ocultará. Se concentra en lo que quiere mantener tal cual ha sucedido. Pero al final se da cuenta de que todo lo que pasa por el tamiz del escritor se convierte en una tremenda y absoluta mentira. Pero eso solo lo sabe ella ahora. Quienes la lean tendrán que decidir qué tomar y qué rechazar.

22 de junio de 2011

Cuando te regalan un libro

Cuando te regalan un libro, tu mundo se hace un poquitito más grande.

Cuando te regalan un libro, te están regalando una vida.

Cuando te regalan un libro y lo lees y te gusta, te hacen un poco más feliz.

¡Qué alegría cuando te regalan un libro sin que lo esperes!


Gracias.

21 de junio de 2010

Ciudad de cristal

No sé por qué extraña razón hay libros que se nos privan desde dentro de nosotros mismos. Me explico. Hace exactamente dos años y medio, recibí como regalo el libro Ciudad de cristal, primero de la trilogía de Nueva York, del escritor Paul Auster. Por caprichos neuronales, cerebrales, sentimentales o ve tú a saber, los primeros intentos de acercamiento a esta novela fueron frustrados. No conseguía pasar de la segunda o tercera páginas.

Hay un sentimiento, que seguro que tú habrás sentido alguna vez, que es algo así como el remordimiento al no ser capaz de leer un libro que te han regalado. Además, cuando los intentos de lectura no son satisfactorios, piensas con rabia que el 'regalante' no te conoce nada y te enfadas mentalmente por ese motivo.

Yo creo que si el regalo te lo hace alguien que te quiere, acertará seguro, de alguna u otra manera. Y estoy convencida de que en algún momento siempre estarás preparado para leer cualquier libro. Bueno, siempre que el libro merezca la pena.

Y todo esto lo digo porque este fin de semana, tras una semana de lectura científica (¿Cómo le explico esto a un extraterrestre?) de la que os hablaré en breve, me apetecía desempolvar algo de lo antiguo que tengo aguardando a ser leído. Cogí este libro de Auster porque es finito y pretendía acabarlo en el fin de semana. El resultado del experimento de meter la mano en el baúl de los recuerdos literarios ha sido impresionante. Empecé a leerla como reto personal y la he terminado con pena. Y hacía mucho tiempo que no sentía esa nostalgia al terminar de leer algo realmente delicioso. Me consuela saber que de la trilogía tengo aún pendientes dos tercios más.

Ciudad de cristal es un experimento en sí misma. Es un juego de identidades y personajes, de nombres que se repiten. Es un juego quijotesco que no deja de mencionar la obra cervantina como una mera anécdota, pero que no es más que una autorreferencia maravillosa. Leer Ciudad de cristal es pasear por Nueva York con Cervantes de un brazo y Milton de otro. Es sentirse encerrado en un habitáculo oscuro y al mismo tiempo llenarse de la luz del cielo neoyorquino. Es toparse cara a cara con la soledad y, supongo que según los estados de ánimo, desear desesperadamente salir de ella.

Esto me habla de lo imprevisible que es la mente humana. Esa que un día no soporta algo y al día siguiente lo adora con locura. Siempre se ha dicho que del amor al odio va un paso. Y supongo que igual ocurre con el camino a la inversa. No hay que desechar lo que un día desechamos, sino estar abiertos al cambio. Eduard Punset (que también me tiene enganchada últimamente) siempre habla de que el ser humano es muy poco susceptible al cambio. Y que los animales o incluso la materia, cambian de estado sin perturbarse por ello. Habrá que practicar un poco y aprender del agua, que de los glaciares es capaz de volver a la atmósfera.

18 de enero de 2010

El sentido de la vida

La vida tiene sentido porque nosotros se lo damos. Y la vida tiene sentido solo algunos días y desde algunas perspectivas. Luis Cernuda dijo "tú justificas mi existencia" y sólo ese hacía que su vida mereciera la pena.

A veces, pienso eso y lo aplico al blog. Pienso en cuál es el sentido de mi blog. Ahí está, a veces como el descanso de la rutina, otras veces es una obligación que cumplir, casi una carga. La mayoría del tiempo, sin embargo, es una excusa para crear, para dar vida y encontrar también el sentido de mi vida. Cuando llegan las tristezas, esas que replantean la vida de uno y la vida de los otros (últimamente no dejo de pensar en el desastre de Haití), llegan los parones blogueros. Y solo la lectura de otros blogs hace que renazcan las ganas de crear, de darle piernas a este blog que parece, a veces, que anda solo.

Como en mi propia vida, el sentido de este blog nace de la lectura. La lectura que es placer y vivencia de otras vidas. Una lectura que es una escritura, un sueño, un cuento aún por contar. Voy a seguir leyendo. Voy a seguir leyéndome en cada frase que leo. A lo mejor entiendo el sentido de la vida.

11 de enero de 2010

Libros

Es una pena ir a dormir deseando leer y no poder hacerlo porque el sueño mata cualquier amago de lectura, por breve que sea. También es triste no encontrar un hueco mejor para la lectura que ese en el que el sol ya se ha puesto, las persianas comienzan a bajarse y los corazones empiezan a necesitar melodías melancólicas: un jazz de Cullum, un piano de Tiersen,...

Pero lo verdaderamente penoso es acumular futuras lecturas sobre la mesita de noche. Más aún cuando cinco de ellas son enteramente obligadas: gajes del oficio. Cinco libros de literatura juvenil de los que hay que leer para comprobar si ellos lo han leído. Uff. Cuando yo pueda elegir la lista de lecturas, seguro que es más fácil convencerles de que lean. En fin. Es uno de los pequeños inconvenientes de esta elección.

Me salva el hecho de que hay otros libros esperándome en la mesa y algunos más en la librería. No hago más que leer reseñas de libros (no por nada, es que llegan a mis manos y no puedo espantar la curiosidad) y me empieza a subir el regustillo del libro que se aproxima, del libro que se ansía pero que aún es un deseo brumoso. De esos, he desechado ya cientos, porque la memoria no retiene títulos, autores o temas. Otras veces, el ansia con el que se abordan hace que haya decepciones estrepitosas. Pero también hay momentos en los que uno, con su libro entre las manos, se siente la persona más feliz y realizada del mundo. Piensa en sí mismo como un gran cazador de talentos por haber elegido el mejor de los libros posibles para ese momento. Da igual que el libro sea un clásico y el criterio propio no haga más que confirmar los ajenos. La relación de intimidad que se crea con el texto y el lector supera el comentario más ingenioso del mejor de los críticos, supera los siglos de genialidad de una obra y siempre, siempre, supera las expectativas. Estuvieran donde estuvieran, en lo más alto o en los infiernos más negros.

¡Qué triste acumular expectativas y no poder confirmar la genialidad de la obra deseada! Tendré que cambiar mi horario de atención al libro.

12 de noviembre de 2009

Citas /1

A lo largo de mi vida, he hecho muchas veces cosas que era incapaz de decidirme a hacer y he dejado de hacer otras que había decidido firmemente. Hay algo en mí, sea lo que sea, que actúa.

Bernhard Schlink, El lector


¿Te reconoces en estas palabras?

11 de noviembre de 2009

Porque sí

He vuelto a la lectura con ferviente pasión. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto leyendo. Vuelvo a emplear los ratos del tren para leer. Y cuando uno lee en el tren, ya es capaz de leer en cualquier parte.

De los libros me gustan las palabras sueltas, las personalidades de los protagonistas, un acontecimiento perdido, una frase dicha en el momento (párrafo) adecuado. Igual que me pasa con la poesía, cuando pasa un tiempo tras haber leído una novela, empiezo a olvidar los datos concretos e incluso los porqués. Ya no sé por qué me gustó tanto el libro que leí el año pasado en noviembre. Simplemente tengo impresa en el recuerdo la sensación de placer que sentí cuando lo leí. Me gustó mucho en ese momento y guardo un buen recuerdo de entonces. ¿Por qué ponerse a pensar, a dar motivos y razones? Como decía hace poco tiempo, a propósito de las canciones, hay lecturas que recomendamos porque sí. A nosotros nos llegan por nuestra circunstancia y nos marcan por algún motivo. ¿A quién no le ha pasado el hecho de intentar varias veces leer un libro y ser incapaz de hacerlo y que, de repente, por arte de magia, sea posible leerlo en un tiempo récord?

Creo que ahí reside la belleza suprema de la literatura. Nosotros no elegimos lo que leemos, lo que leemos nos elige a nosotros.

10 de noviembre de 2009

Exhibicionismo poético

Quien escribe poesía exhibe un trozo de su vida y de su alma. El poeta es un fingidor, por supuesto, pero aun en toda la vida inventada que rezuman sus versos, también existe algo de certero, un ápice de su vida o la de los otros que intenta escupir para dejar su alma un poco más libre.

Como casi cualquier adolescente, durante mi adolescencia escribí poesía. Entonces rompía lo que escribía o sólo se lo dejaba leer a mi círculo más restringido. Han pasado los años y todavía ahora siento pudor ante la palabra escrita por mí. En verdad que no es mi vida lo que expongo en mis versos, o ciertamente sean trozos de otras vidas y de la mía misma que quedan latentes en el inconsciente y salen a la luz un día de lluvia.

Hoy, que no llueve, que no siento la necesidad de escribir poesía, he tenido la curiosidad de leer algo ya escrito. Y tras el preámbulo anterior, que para nada sirve, te muestro algo de lo que fingí hace tiempo. Cuando -y esto sí es verdad- terminaba, al menos, el amor puro a la poesía:

El último día que nos amamos
nacieron cuatro mil trescientos veintiún niños.
La cuenta atrás fue perfecta,
los bebés, o sus padres, intuyeron el final
de nuestra historia
y nos regalaron el colofón de sus cifras.
El último día que nos amamos
no llovía ni hacía frío
no había estaciones
no estalló una nueva guerra
-aunque murieron bastantes-.
Fue un día cualquiera:
el reloj marcó las dos y diez,
pero ni siquiera esa sonrisa cómplice
me hizo creer el todo.

Nos amamos, sí, porque aún nos amábamos.
Y lo hicimos tan intensamente
que se deshicieron los nudos
y nos desamamos sin lluvia, trenes o batallas.
Sin darnos cuenta de que
un tú y un yo no hacen un nosotros.
Nos desamamos con una felicidad de amantes satisfechos,
con las mismas chinchetas y fotos de siempre,
con el reloj de las cuatro menos veinte
tan triste, tan solo
como tu cuerpo y mi cuerpo
el último día que nos amamos.

18 de octubre de 2009

Salinger y la educación

Quería leerme El guardián entre el centeno, pero no estaba en la biblioteca, así que tomé prestado lo único que había de Salinger en ese momento, Nueve cuentos. El año pasado ya leí uno de los cuentos de esa antología, pero no me gustó demasiado, quizá no lo entendí bien. Esta vez me he saltado aquel que no me gustó el año pasado y estoy leyendo mis particulares ocho cuentos. Hay uno de ellos que me ha gustado especialmente, se titula "Teddy" y es una revelación en sí mismo. Me ha descubierto a un escritor que no conocía. Me ha enseñado a pensar y me ha dado mucha materia para reflexionar. Te dejo a ti con unas líneas de este cuento complejo y denso. Para filosofar:


20 de febrero de 2009

Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar

Hace unos días, una profesora alemana de español me dijo cuáles eran los libros en español que leía con sus alumnos. Me recomendó algunos que yo no había leído y los olvidé cinco minutos después. Varios días más tarde, en Hamburgo, paseando por una librería interesante con postales de Käte Kollwitz, vi un título que me recordó a aquéllos que me había recomendado. Estaba en español con anotaciones en alemán. Bien, pensé, así podré aprender algunas palabras en alemán. Lo compré. Y no empecé a leerlo hasta ayer.

Luis Sepúlveda escribió este fantástico relato para sus tres hijos Sebastián, Max y León. Un día, hablando con Yolanda sobre literatura infantil, ella me dijo que no estaba muy interesada en este tipo de género. Le di la razón en algunos aspectos, pero no en otros, porque creo que hay muy buena literatura infantil: la que va dirigida a toda la humanidad. Las fábulas son el mejor ejemplo de literatura infantil, y también el mejor ejemplo de literatura universal. Esta Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, es la fábula más bella que he leído en años. Creada para convertir en héroe a un gato agonizante, narra la importancia de la amistad, el apego a la tierra donde uno nace o vive, la necesidad de encontrar el lugar propio de cada uno y también la posibilidad de sentirse un igual entre diferentes. Habla sobre la vida, sobre la muerte, sobre la imaginación, sobre las relaciones entre humanos y animales, sobre el respeto y la tolerancia. Habla sobre el mar, la tierra, el cielo y la poesía. ¡Habla de tantas cosas en tan pocas páginas!

Leer es encontrarse, y yo me he encontrado en las páginas de este libro finito y desapercibido. Leer es entrar en contacto con el mundo y sentirse más libre. Yo, estos días en Hamburgo, me he sentido en contacto con el universo entero leyendo estas páginas. He pensado en generaciones de niños leyendo este relato maravilloso y he sonreído imaginando el bien que les haría.

Intuyo, lector, que ahora estarás interesado en leerlo. Te recomiendo Hamburgo para hacerlo, o cualquier asiento cómodo desde el que dibujar mentalmente el puerto, San Miguel y todas las gaviotas que, sin darse cuenta, te narran su historia y la de Afortunada.

Ahora dos citas para ir abriendo el apetito de lectura:

“En tu vida tendrás muchos motivos para ser feliz, uno de ellos se llama agua, otro se llama viento, otro se llama sol y siempre llega como una recompensa luego de la lluvia. Siente la lluvia. Abre las alas”.

“El humano acarició el lomo del gato.

- Bueno, gato, lo hemos conseguido –dijo suspirando.
- Sí, al borde del vacío comprendió lo más importante –maulló Zorbas.
- ¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que comprendió? –preguntó el humano.
-Que sólo vuela el que se atreve a hacerlo –maulló Zorbas.”

[Es el mejor final para una historia como esta. Es el mejor final para este viaje].

Münsterdorf, 19 de febrero de 2009.

17 de diciembre de 2008

Leer

"Si pensamos en la parte de las grandes lecturas que debemos a la Escuela, a
la Crítica, a todas las formas de publicidad, o, por el contrario, al amigo, al
amante, al compañero de clase, o a veces incluso a la familia -cuando no coloca los libros en el estante de la educación-, el resultado es claro: las cosas más hermosas que hemos leído se las debemos casi siempre a un ser querido. Y a un ser querido será el primero a quien hablemos de ellas. Quizá, justamente, porque lo típico del sentimiento, al igual que del deseo de leer, consiste en preferir. Amar, a fin de cuentas, es regalar nuestras preferencias a los que preferimos. Y estos repartos pueblan la invisible ciudadela de nuestra libertad. Estamos habitados por libros y por amigos.

Cuando un ser querido nos da a leer un libro, le buscamos en un principio a
él en sus líneas, sus gustos, las razones que le han llevado a colocarnos ese
libro en las manos, las señales de una fraternidad. Después el texto nos domina y olvidamos al que nos ha sumido en él; en eso consiste, justamente, la fuerza
de una obra, ¡barrer también esa contingencia!"


Como una novela, Daniel Pennac

24 de noviembre de 2008

La elegancia del erizo

Aparte del amor, la amistad y la belleza del Arte, no veo gran cosa que pueda alimentar la vida humana

Muriel Barbery, La elegancia del erizo

17 de octubre de 2008

Leer

Posar los ojos sobre una serie de caracteres, que podemos interpretar, y comprender cada una de las palabras de que se compone un texto. Otra cosa es comprender el texto. Otra cosa es asimilar el texto. Otra cosa es creer en lo que dice el texto. Otra cosa es llegar a ser mejor persona porque lo que nos dice el texto nos hace mejor persona. Otra cosa es evadirnos de nuestra vida y entrar en la vida propia del texto -hablo de la ficción, del ensayo, de la poesía, del teatro-. Otra cosa es emocionarnos con el texto. Otra cosa es encontrarnos en el texto. Otra cosa es viajar con el texto. Otra cosa es escondernos dentro del texto. Otra cosa es llegar a ser peor persona porque lo que nos dice el texto nos hace peores personas. Otra cosa es aprender. Otra cosa es imaginar. Otra cosa es diversión.

Leer es eso mismo:leer; pero también las otras cosas.

¿No crees?