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28 de enero de 2012

Pasión


La que atravesaba la pantalla cuando vi el documental sobre los hallazgos arqueológicos encontrados en las Midlands inglesas. Pasión al mirar las piezas. Pasión al hablar de ellas y mostrárselas a la cámara. Pasión por el trabajo de uno.

Pasión. La que invadió la sala de conciertos donde K. y su cuarteto de cuerda interpretaban una pieza de Haydn y otra de Mendelssohn. La que salía a raudales del magnífico cello. La del violín primero y el segundo. La de los niños sentados en la primera fila de la sala, público inigualable.

Pasión. Con la que yo misma miraba, con ojos de quien se siente renacer, un ejemplar del siglo XVII de la Biblia traducida al inglés del rey James. O uno de los manuscritos de los Canterbury Tales. Y con la que la mente anotaba palabras nuevas de religiones nunca antes oídas para buscar después la información en casa.
Pasión. La de B. cuando habla de sus nuevos proyectos en género. Del documental que va a proyectar en el colegio sobre feminismo, para que todos aprendamos.

Pasión. La de las lágrimas de L. cuando hablaba del amor de su vida, ese que cree que se le escapa de las manos. Pasión la que empleaba para describirlo, sin falla, con las palabras más hermosas, la gramática más perfecta. Porque había pasión en el discurso.

Pasión. Esa con la que F. canta, lanzando su voz al viento, sintiéndose libre, plena, feliz. Esa con la que nuestros oídos la escuchan, sintiéndonos libres, plenos, felices.

La pasión no se describe, se siente cómo brota de las personas, es un arranque de eso: libertad, plenitud y felicidad. Cuando uno es apasionado es pleno, porque sabe qué quiere y por qué lo quiere. La pasión se asoma raramente por los lugares de trabajo o los hogares. La pasión no se huele o se ve de un vistazo rápido. Creo que uno tiene que entrenarse para apreciar la pasión en los demás, ser sensible a la sensibilidad ajena. Es maravilloso saber que la pasión existe, anhelarla y experimentarla, hablar de ella, descubrirla en unos ojos, en un discurso, en el abrazo entusiasta del que se sabe pleno.

Pongámosle pasión a nuestras vidas. Vivamos con pasión. Como la que debió de emplear Mendelssohn cuando compuso esto:


Como la que inundó ayer la sala de conciertos. Y ahora inunda el rinconcito desde el que escribo estas líneas.

21 de febrero de 2011

Patri y El Olivo

Cuando pienso en el instituto "El Olivo", el lugar donde estudié la educación secundaria y bachillerato, se me vienen a la cabeza muchos recuerdos, imágenes y figuras. Tengo recuerdos muy gratos de aquella época y voy creando también las imágenes de "El Olivo" del presente. Hoy, cuando pienso en "El Olivo", se me viene a la cabeza Patricia, una de las profesoras de Lengua. La incombustible y alegre Patricia. Patricia es una de las pocas profesoras de secundaria que nunca se queja por las clases, los grupos duros o la tutoría. Habla de sus alumnos y sus palabras irradian amor. Habla de su trabajo, y se le iluminan los ojos. Habla de la literatura y uno se da cuenta de que realmente le apasiona lo que hace. Y tiene cuarenta y un muchachos en su grupo de bachillerato y cuando les pide que escriban algo, sabe que se sobrecargará con pilas de ejercicios que leer y corregir, pero a Patricia eso le da igual, y le pone pasión a lo que hace. Y creo que por eso lo hace tan bien.

Hablo aquí de Patricia, o Patri, o Pat, o incluso "la profe de lengua", porque nos encontramos el viernes escuchando poesía. Los brazos siempre abiertos al abrazo, y en sus palabras: sus chicos de teatro, Lola, el blog, la adaptación de Valle-Inclán, el recuerdo de los compañeros que yo también conozco: Rocío, Paco, Carmen,... y todos los profesores que este año están de prácticas en El Olivo. La incombustible Patricia levanta el ánimo hasta al más alicaído. A veces creo que mucha de la chispa que tiene El Olivo la tiene gracias a ella. Sé que si lee esto se sonrojará y comenzará a enumerar uno a uno a todos los alumnos, profesores y otros miembros del centro que le dan esa vida especial al instituto y dirá que todos hacen que sea lo que es. Porque Patricia además es muy humilde.

Me gusta pensar que hay gente en educación, y en otras facetas de la vida, que le ponen esa alegría al trabajo, que le ponen sonrisa a la vida y facilitan un poco el día a día. Me gusta pensar que en Patricia no hay solo una tocaya o una colega, sino un hombro, la sonrisa en el momento adecuado, el blog brillante de un instituto que se ha cargado de una fama que no se merecía y que está resurgiendo gracias a la labor de gente tan increíble como mi tocaya y otros tantos en los que ahora también pienso, y que tú tan bien conoces.

Te regalo un poquito del blog de El Olivo, la carta que rescataron para nosotros el día de San Valentín. Un encuentro precioso con Miguel Hernández y el amor puro. Un encuentro con el compromiso literario y cultural del instituto donde tantas cosas yo aprendí:

Revista Cienoliletras (pincha en el enlace y déjate llevar)