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28 de abril de 2012

Espera


A veces la espera cansa, oprime, nos desvela. También la espera, como el propio nombre dice, contiene dosis de positividad, de cambio y evolución. Dicen los viejos dichos que "quien espera, desespera", pero yo no estoy del todo de acuerdo con ese refrán. Quien espera, aprende, está atenta a otras realidades, vive con los ojos más abiertos, más expectantes, hace fotos que dicen más acerca de la persona misma, contempla a los demás de otra manera, ve la belleza en todo, porque está en el camino hasta el encuentro.

Mientras espero, Londres me regala visitas, flores, soles, lluvias, nubes, arcoiris, tardes de risas, tardes de pub en buena compañía, momentos de lectura y de reflexión, sonrisas, llantos. En la espera está la vida. Después de la espera, sigue estando la vida. 


Que la espera no te impida vivir.







18 de marzo de 2012

La crisis de la cultura no ha llegado a Inglaterra

Ayer pude volver a comprobarlo. The Old Vic Theatre lleno a rebosar. Estreno de La duquesa de Malfi del escritor inglés John Webster, contemporáneo de Shakespeare. Lo más asombroso es que las dos primeras filas del patio de butacas estaban llenas de jóvenes, de mi edad o menores que yo. ¿Por qué? Porque aquí en Londres existe una cosa que es el amor por la cultura y el desarrollo y extensión de la misma, que hace que los jóvenes menores de 26 años recibamos una ayudita económica para no perdernos ningún acto cultural, incluido el teatro. En el Teatro Nacional, una vez hecho el carné joven (que es gratuito), puedes comprar entradas por 6 libras. Increíble.

Pero también hay cultura no gratuita o barata: los teatros se llenan todos los días para ver musicales, el espectáculo teatral y musical por excelencia en Londres. Todos los días de la semana hay colas en las puertas de los mayores centros culturales. Los museos están siempre abarrotados por personas de todas las edades, y sorprendentemente, en todos los conciertos de música clásica siempre se podrán encontrar niños de entre tres y seis años sentaditos como indios, mirando embobados la oscilación del arco de un violín o los movimientos espasmódicos del pianista que parece que se sale de sí mismo para interpretar esa sonata de Brahms.

Me atrevería a decir que uno puede respirar arte y cultura en las calles de Londres. Que Londres no solo está lleno de turistas visitadores de torres del puente, norias gigantescas o relojes empotrados a edificios dieciochescos. A Londres la gente también viene para entrar en las galerías de arte más prestigiosas, a los museos más inteligentes y a los conciertos más inesperados. 

Hay algo en lo que los ingleses no dejarán nunca de gastarse el dinero: alcohol y cultura. Porque la crisis de la cultura, afortunadamente, no ha llegado a Inglaterra. Y me atrevería a decir que nunca llegará. Tampoco llegará la ley seca, porque los ingleses se socializan con una pinta o dos de por medio.

Esta reflexión me recuerda a las siguientes palabras de Lorca, que se han extendido últimamente por las redes sociales, porque el sentimiento que tenía el poeta granadino hace más de ochenta años, es un sentimiento que no ha caducado, que sigue presente en los corazones, almas y mentes de muchos españoles de hoy en día. Reproduzco de nuevo un fragmento de ese discurso que hace muchos año dio Lorca y que hoy muchos recordamos:

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

No sé de qué hay hambre hoy en España. Dudo mucho que haya hambre de cultura, porque nunca se nos ha enseñado a echarla de menos, nunca se nos ha enseñado a ansiar la lectura de un libro o esperar con pasión la llegada de Da Vinci a nuestros museos. Y, si os digo la verdad, en tiempos de crisis, el arte, la belleza, pueden salvarnos de la desolación más absoluta. Dice Eduard Punset, y termino con él esta entrada, "La felicidad es la ausencia del miedo, de la misma manera que la belleza es la ausencia del dolor". Mi amigo Guy dice que entonces no sabría entender la Pietà, de Miguel Ángel. Lo importante es que pensemos sobre ello, que cada uno llegue a sus propias conclusiones.

12 de marzo de 2012

Feeling happy

Y la felicidad llegó. Llegó en forma de estatua, en Picadilly Circus, una estatua que sólo fui capaz de ver cuando había abierto los ojos lo suficiente como para ser consciente de lo que la vida nos regala en cada esquina de cada ciudad, por minúscula que sea.

Esto fue hace ya un mes, o más, no recuerdo. Coincidió con las vacaciones y con la soledad. Paradójicamente la felicidad, o la reflexión real de lo que es la felicidad, y por tanto, de cómo conseguirla, llegó cuando más sola me encontraba. La casa vacía, algunos museos cerrados. Pero los libros y la mente abiertos, y los amigos al otro lado del teléfono.

F., su hermano y yo decidimos pasear por Green Park la semana pasada por la tarde, con E. Ese día me habían invitado a cenar pero lo rechacé porque ya había quedado para hablar de feminismo y ver una película con B. Lo hicimos y se cumplió mi profecía de que los lunes siempre son el mejor día. Pero la semana no dejaría de regalarme momentos, como le gusta decir a M. Precisamente fue ella quien apareció el martes, y con ella llegó el espiritismo, las ganas de seguir aprendiendo poquito a poco de los demás, esa necesidad -que a veces olvido que tengo- de nutrirme con conocimiento para hacerme más persona y entender mejor a las demás personas.

El jueves, con el fin de las clases y celebrando el día de la mujer, salí con M. a pasear por Londres. Terminamos en la "Poetry Society", donde habíamos decidido llevar a cabo una misión secreta de encuentros con el pasado, todo muy espiritista, muy a su estilo. El café estaba delicioso, la música de fondo, que llegaba desde el sótano del local, nos inspiró para hablar sobre Mendelsohn. Hablamos también de Gallardón* y sus ideas peregrinas acerca de la "violencia estructural", criticamos a Aguirre y su conservadurismo. Intentamos cambiar el mundo, sabiendo que no lo lograríamos, pero convencidas de que el diálogo puede transformar algunas realidades.

El viernes, con M. apareció P en nuestras vidas. Bueno, en la mía, porque ella ya lo conocía. P me regaló cuatro correos electrónicos, su forma de entender el mundo y un día precioso en Brighton, donde los tres probamos el "delicioso fish and chips" inglés. Ese día, nuestras teorías sobre la felicidad confluyeron en una misma. Hablamos sobre la energía positiva que las personas desprendemos y P nos enseñó que esa energía positiva hay que trabajarla, hay que ser conscientes de nuestro potencial para ampliarlo. El día terminó en una estación de trenes de Londres, a las cuatro de la mañana, y pareció que había durado toda una vida. De ese día se fraguó una amistad y la certeza de un encuentro berlinés.

El sábado estudiamos y tomamos sidra inglesa. M. un gin and tonic, su favorito. Tras la revelación de que americanos, ingleses y españoles somos diametralmente opuestos, alcanzamos también el acuerdo de que la personalidad siempre está por encima de la nacionalidad porque a veces, uno tiene miedo de generalizar. El acuerdo fue que la gente vive con miedo, que el miedo los hace cobardes y que esa cobardía les impide ser felices. Triste descubrimiento. Pero día feliz.

Ayer llegó el apoteosis de la felicidad. M. se tenía que ir pronto, pero el recuerdo de su visita estuvo flotando mientras F., E. y yo paseábamos por la bellísima Londres. La Londres apasionante y diferente que E. nos regala cada domingo. Los domingos se han convertido ya en el día en que visitamos los lugares ocultos, lo más in, lo más cool. Recordé a Manuel y a Yolanda en mi visita por Marylebone porque es un barrio moderno, elegante, vibrante, lleno de vida, color y buen gusto. Acabamos almorzando en un lugar delicioso, la Natural Kitchen, y recorriendo a pie el barrio de librería en librería, terminando en la Royal Academy of Music, un edificio majestuoso del siglo XIX donde incluso huele a música. K., al que habíamos ido a ver practicar con el violín, nos llevó después a una cafetería/pub monísimo donde había libros por todas partes y el suelo del baño estaba alicatado con piezas de Scrabble, según F., el baño de mis sueños.

En un momento dado del día de ayer, pensé en esta entrada que escribo ahora. Pensé que la titularía feeling happy, porque estar happy, por estar dicho en otro idioma, suena menos intenso que estar feliz. Lo relaciono con un sentimiento de una intensidad mayor a estar contento o alegre, pero quizás sin las implicaciones de estar o ser feliz. Quizás lo traduzca a partir de ahora como dichosa. La Londres del último día trae la dicha; la dicha del sol, la dicha de la amistad que es verdadera, la dicha del darse cuenta de que siempre hay espacio para estar bien y que, en palabras de P siempre existe la certeza de que nosotros mismos tenemos el poder de hacernos sentir bien.

Y mientras dura la dicha, seguiré reclamando y criticando todas esas cosas que quieren enturbiarnos el placer de estar vivos. Y seguiré buscando a esas personas que me hacen dichosa. Porque, y lo digo una vez más, nosotros somos cómplices de nosotros mismos en esa búsqueda y saber que podemos lograrlo, nos hace invencibles.

Esta mañana se ha colado un gorrión en mi casa. 

Pero eso lo contaré en otra entrada...

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Discúlpeseme el lapsus. Atribuí a Garzón las ideas de Gallardón.

3 de febrero de 2012

Bloomsbury


Antes de mi viaje a Asia, mi amigo M. me sugirió la idea de fotografiar las alcantarillas de los países por los que pasara, con mi pie presente, supongo que para dejar constancia de que yo había estado ahí. Lo de la alcantarilla no lo entendí bien, pero luego me explicó que normalmente las alcantarillas llevan grabado el nombre de la ciudad a la que pertenecen y que esa sería una forma cool de retratar mi viaje. La idea me hizo gracia, pero no pasó de ahí, una anécdota simpática. Preferí fotografiar los cielos y los horizontes antes que lo terrenal, tan cercano a lo inmundo.

No había vuelto a pensar en las alcantarillas hasta la semana pasada. Fue justo hace una semana, el viernes. Había ido con E. a ver tocar al cuarteto de cuerda al que pertenece K. Salí del edificio fascinada. Por la música. Y también por el entorno: pleno Bloomsbury. Para un turista común quizás Bloomsbury pase un poco desapercibido, pero para alguien fascinado por la literatura inglesa -o escrita en la Inglaterra- de los años 20 del siglo XX, Bloomsbury es más que eso. Bloomsbury es Virginia Woolf. Pero Bloomsbury también es el Museo Británico, la Biblioteca Nacional de Gran Bretaña, Russel Square, el color blanco de las fachadas, una arquitectura impecable... Y para mí, en particular, el café que me tomé con M. cuando las fuerzas desfallecían, la primera vez que estaba en Londres. Ese mismo día compartimos una canción que se convirtió en el himno de nuestra amistad.

Para mí Londres es Bloomsbury, más que Victoria, los cielos grises, la lluvia, el Big Ben, los autobuses o las cabinas de teléfono rojas y la gran noria que se impone majestuosa a las orillas del Támesis. No diré que Bloomsbury es más Londres que el Támesis. Eso no. Pero Bloomsbury es muy representativo de lo que significa Londres, de lo que escribí en mi vocabulario mental acerca de esta ciudad que se va convirtiendo poco a poco en algo más familiar, aunque yo siga siendo una turista más en ella.

No se me olvidan las alcantarillas, lector; hablé de ellas al principio y sigo con ellas. Las alcantarillas de Bloomsbury son piezas de arte más, como lo son cada uno de sus árboles que parecen pintados en lugar de plantados. Las alcantarillas de Bloomsbury son grecas del suelo, son símbolos que decoran las calles haciendo bello lo que esperaríamos sucio o simplemente mundano. Las calles de Bloomsbury se convierten en improvisados tablones de geometría, o geoglifos en miniatura en mitad de la urbe.

Bloomsbury es todo eso. O simplemente eso.