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2 de diciembre de 2012

Una sirena, un faro y un buen librero


El viernes se conmemoraba el día de las librerías, coincidiendo con la festividad de San Andrés. No sabía que el 30 de noviembre se homenajeara a los libreros. Creo que mi pasión por estos rincones del placer es igual de intensa todos los días del año.

Hace dos años viví un St. Andrew escocés, rodeada más que de librerías, de bibliotecas, y el año pasado, en París, recorría las calles y las librerías de viejo soñando con una bohemia de comienzos del siglo XX. Este año, el día de las librerías lo celebraba en Madrid, leyendo. Como celebro cada día del año.

Las librerías son lugares que tienen un encanto especial. Siempre lo he sabido, porque desde pequeña me crié rodeada de libros, de historias que querían ser leídas y de autores que querían sacar al papel lo que llevaban dentro y necesitaban contar al mundo. En mis viajes siempre he procurado poner un pie en una librería, porque para mí las librerías son la vida de una ciudad, al igual que sus cafeterías. Y Madrid es algo así como un pequeño paraíso para esos paseos de la imaginación.

La semana pasada, sin ir más lejos, entré en La Buena Vida, situada en la calle Vergara, un espacio pequeño pero muy acogedor por el que me gusta pasearme de vez en cuando, siempre que estoy cerca del Palacio Real. Es así como un lugar entre la realidad y la ficción. Allí estaba, buscando El arte de amar, de Fromm, y otro libro para regalar. Empecé buscando algo de Macanudo, pensé en alguna novela gráfica y luego me di cuenta de que buscaba algo alegre, una lecturita para pasar un poco los malos tragos de este otoño largo y algo desafortunado. Jesús, el librero, puso en mis manos a Fromm y comenzó conmigo la tarea de buscar algo de gráfica para regalar. Al final, simplemente me dejé llevar por él. Con una montaña de posibilidades maravillosas entre las manos, cuando le insinué que necesitaba algo para desconectar un poco de una mala racha, él lo tuvo claro: Una ola con sabor a pez. Me prometió que me gustaría y me transmitió un poquito de la curiosidad de lector que todos llevamos dentro. Así que me llevé dos, uno para mí y otro para el regalo de E. 

Empecé a leerlo justo el viernes, que se conmemoraba el día de las librerías, mi homenaje particular para Jesús y todos los buenos libreros que hacen una labor fundamental en la sociedad: la de darnos la posibilidad de soñar con los ojos abiertos y entender que, en los libros, todo es posible.

Me adentré en el mundo de Mamen, la protagonista de Una ola con sabor a pez, en la página dos, cuando todo lo increíble empezaba a ser creíble. Una sirena varada, un pulpo parlanchín, un ogro bueno y un faro se convirtieron en los ingredientes perfectos de este cuento sobre el autodescubrimiento. Recuerdo que Jesús mencionó que la novela era muy positiva, algo así como un relato casi de autoayuda pero sin serlo. Me hizo gracia y aunque soy yo poco partidaria de lecturas pedagógicas que ayudan a curar las almas, me lancé a ella con toda la inocencia del mundo. Mamen e Isla, otro de sus personajes, me atraparon enseguida con su ternura y buen humor y empecé con ellas a ver que la vida está llena de magia, que el ser humano está en continuo proceso de aprendizaje, y que aprende de todo si tiene los ojos abiertos y los sentidos receptivos al cambio. Nos transformamos, y pasamos de ser seres solitarios a ser seres amados y amantes, pasamos de ser maestros a ser aprendices, de ser criaturas marinas a ser criaturas terrestres, sin perder en la transformación alguno de los rasgos de nuestro yo anterior. Una ola con sabor a pez es una novela de transformaciones, escrita en un estilo de cuento fácil pero que da mucho pie a la reflexión. La deformación profesional hace que me chirríen algunas líneas que me suenan algo agramaticales, como si la urgencia de plasmar los contenidos hubiera empobrecido el texto. Obviando esto, la novela, de la escritora novel Núria Riera, es una delicia para los sentidos, la imaginación y la vida.

Los libros siempre regalándonos placeres prohibidos, como los del "Soliloquio del farero" que me ha traído de nuevo al recuerdo el faro de esta novela. Y los buenos libreros, facilitándonos a los lectores el disfrute de este placer tierno y goloso.

Aquí puedes encontrar una crítica y sinopsis de la novela, por si quieres saber más: Una ola con sabor a pez, crítica de Javier, del blog "La librería de Javier".

Felices lecturas.



30 de agosto de 2012

Realidades

La gente sigue muriendo. Y en Parla ha dejado de llover desde hace meses. Imagino que se seguirán enviando cartas como las de hace diez años. O si no, e-mails, que es lo que se lleva ahora. Mis amigos E. y E. me han escrito e-mails últimamente. También me han venido a ver al blog. Eso es reconfortante, es otra parte más de la realidad que le hace a uno feliz cuando ha dejado de llover y la muerte sigue acechando, sin descanso.

Eso es lo bueno de la realidad, que tiene tantas caras que aunque algunas te hagan sufrir, otras equilibran y compensan esa tristeza.

Édouard Boubat
Hoy he salido a andar. Aquí no hay monte. Si hubiera, quizás ya habría llovido. He caminado por calles sucias, pero también por parques llenos de fuentes, árboles y niños pequeños. Cuando yo tenía la edad de esos niños, no había muchos más de mi generación en España. También he escrito e-mails, he leído a Murakami, he enseñado a diferenciar un CD de un CI, he mirado de reojo a la luna y he recordado a personas del pasado. Eso es lo que tienen las realidades múltiples, los universos infinitos de los que hablaba hace unos meses. Ocurren muchas cosas en un mismo día y cada una de ellas pertenece a una realidad común que es la suma de otras pequeñas. Y todas deben de estar relacionadas de algún modo, en un continuo fluir que lo une todo. Agua. Malta Kanoo, el personaje de El pájaro que da cuerda al mundo, habla de las corrientes acuosas, cree que la vida se rige por el agua. Yo también creo que el agua es el elemento más importante. Por eso me pone triste estar alejada del mar. Y que no llueva. Y la muerte.

Hoy me conformo con las fotografías de Christophe Jacrot, que tiene una verdadera pasión por la lluvia. Paraguas, calles mojadas, lentes llenas de pequeñas gotas. El mundo de Jacrot se parece mucho a mi mundo ideal. Ojalá la muerte nos diera un respiro. Lamentablemente, ni siquiera en el más ideal de los mundos eso sería posible.

Jacrot prohíbe, en su página web, la copia de sus fotografías, por eso me quedo con la que ilustra esta entrada, de Boubat. Preciosa e imprecisa imagen de la lluvia. Una realidad hermosa.

30 de enero de 2012

"Sé elegante, especialmente en las situaciones adversas"


No sé cómo se llaman las listas de consejos de buen funcionamiento del alma que contienen más de diez puntos. Dice la RAE que, aunque no sean diez, son decálogos. Así que me referiré a esta lista de veinticuatro "normas o consejos" a la que voy a mencionar aquí, como el decálogo de Manuel.

Pues bien, el punto 16 del decálogo de Manuel dice eso: "Sé elegante, especialmente en las situaciones adversas". Creo que Manuel se está especializando, poco a poco, en elegancia y belleza. La estética, en general, la de fuera y la de dentro, ha sido un tema recurrentísimo en la extensa historia de su blog, desde aquel famoso tratado sobre la mierda, hasta sus últimas entradas, muy centradas en el feminismo y la mala enseñanza del término. 
Cuando leí el decálogo de Manuel la semana pasada, hice dos copias: pegué una en mi despacho, a la vista de los alumnos más curiosos y de mí misma, y dejé la otra cerca de mi sitio de trabajo en casa, un papel sobre una pila de libros que me recuerda que soy un ser humano y que tengo valor en mí misma por mi humanidad. 

¿Por qué digo esto? Porque en los últimos días, leyendo las entradas de Manuel sobre el feminismo y considerando el tema con alumnos, compañeros de trabajo y amigos, he empezado a sentir que el mundo malinterpreta el concepto y no solo eso, sino que le da la espalda a la idea de feminismo confundiéndolo con lo que algunos han dado en llamar "hembrismo". Profundizando un poco más sobre la idea con mi amiga B., compañera del colegio, profesional indiscutible, mujer de garra y homosexual, he empezado a replantearme el valor que se nos da a las mujeres en el colegio. He añadido la etiqueta de homosexual para definir a B. porque creo que no sólo es algo con lo que ella misma se define, sino que es fundamental para entender algunos de los comportamientos que su sola presencia despierta. Ella misma me ha confesado que su abierta homosexualidad ha empezado a no serlo tanto desde que trabaja en el colegio. Parece ser que aquí pierde valor su profesionalidad, su destreza y su fuerte personalidad en cuanto se menciona la orientación sexual. Porque a las lesbianas se les atribuyen cualidades tradicionalmente atribuidas a los hombres, entonces es normal que una lesbiana sea tan profesional como un hombre, tan diestra como un hombre y con una personalidad tan bien desarrollada como un hombre. Pamplinas. Yo a eso lo llamo sexismo y homofobia.

El asunto es que antes de hablar más largo y tendido con ella sobre este tema, no me había parado a pensar en él. Sí que es cierto que desde el principio llevo observando como a mis homólogas francesas se les trata como puros objetos de una belleza indiscutible para algunos, muy discutible para mí. La belleza no es solo un rostro bonito, la belleza tiene sus raíces en el cerebro. Cada vez lo tengo más claro. El caso es que siempre he tratado de disociar los conceptos asistente de conversación y cara bonita. Me he mantenido siempre al margen del piropo fácil y he querido que me traten por lo que soy, no por cómo soy -por fuera, entiéndase-. Y he observado con total indignación como decenas de veces se nos ha dado la espalda a otras compañeras y a mí por no tener piernas esculturales, la sonrisa siempre dispuesta y un comentario gracioso y carente de sustancia que decir. 

Lo que al principio me parecia una falta total de respeto hacia nuestras personas y un derroche de mal gusto y machismo por parte de ellas y de quienes han estado dispuestos a recordarles lo guapísimas y divertidísimas que son, se ha convertido en los últimos días en la certeza de que las mujeres competentes con las que me rodeo son tratadas con indiferencia. Por el mero hecho de pertenecer al grupo "asistente de conversación" se me ignora. Se me ignora porque parece que el único valor positivo que sirve en el grupo es la cara bonita, la minifalda y el escote que enseña el sujetador. Repugnante, sí señor. Pero asisto a este espectáculo a diario. Y me siento estúpida por no haber sido plenamente consciente de ello hasta hace prácticamente una semana. Ahora lo veo todo más claro. Y estoy más indignada.

En los últimos tiempos he asistido a un proceso de devaluación de mi persona que no había experimentado nunca. Es cierto que no todo el mundo en el colegio es así, simplemente mi departamento, la gente con la que tengo que pasar más tiempo. Es cierto que mi posición es difícil porque no soy hablante nativa, porque no tengo la rapidez y el ingenio en inglés que tengo en español. Es cierto que muchas veces me callo porque temo actuar precipitadamente en una cultura que tanto y tan poco se parece a la cultura en la que me he críado. Pero también es cierto que tengo la sensación de que se está desaprovechando mucho de lo que yo puedo aportar al colegio. Valor humano desperdiciado por un jefe que, a estas alturas de la película, ya no sé si es sexista, se siente amenazado, es simplemente ignorante de la situación o está despistado. Tras la última falta de interés por su parte he decidido empezar a jugar sucio, hacer la guerra por mi cuenta, moverme libremente por el colegio, asociarme con los buenos

He acuñado para mí misma el concepto "Women power" y he decidido dar yo la espalda a los hombres y a estas mujeres objeto que viven aquí conmigo. Hasta que el decálogo de Manuel se me ha aparecido frente a mí, cuando los ojos estaban a punto de llorar por la rabia y la angustia de quien se siente menospreciada. He llegado al punto 16, Sé elegante, especialmente en las situaciones adversas. Lo he releído, me he quedado colgada de la idea, la he paladeado durante un rato. Me he repensado. He repensado a mi jefe y mi idea de darle la espalda y hacer la guerra por mi cuenta. El mandamiento 16 se me ha quedado atascado. No he pensado en trajes de seda, zapatos de tacón y peinado de peluquería. He pensado en la elegancia que mis padres me inculcaron, la del respeto, la de la buena educación, la que hace quedar siempre por encima, a pesar de haberse sentido diez minutos atrás como un insectito pisoteado. Y he decidido ser elegante. Porque esta es una situación adversa. Pero ya lo veo todo claro, ya estoy al tanto de ello, ya se me cayó la venda de la indiferencia. Ahora, seguiré por el punto 23.

"Construye aquello que no existe, como la vida, el amor...". La igualdad y el sentido común.


23 de enero de 2012

Concentrarse para salir de la realidad

Grofus from Dominic Reynolds on Vimeo.


Un compañero de trabajo acaba de dar un concierto de más de media hora de lo que acabas de ver. Es percusión electrónica. 

R., el percusionista, estaba concentrado, inmerso en su mundo personal de música. Tan concentrado que sus brazos llevaban ritmos diferentes, ejercicio físico y mental que no lograré conseguir hacer en la vida. Demasiada concentración. Una concentración que nos ha transportado a los otros fuera de la realidad. 

Dice mi amiga L. que existe una línea que divide la vida de la no-vida y que, a veces, se puede traspasar. Será porque yo aún no la he pasado ni deseo pasarla nunca, pero no creo en esa diferenciación, en esa vida. Sí creo en que la realidad está formada por realidades. Que la realidad de la música, de un espacio oscuro donde sólo se ven unos brazos golpeando una batería y música que te trasporta a otra dimensión, que eso sí existe. Creo en la realidad fuera de la realidad porque he estado en ella hoy mismo, durante algo más de treinta minutos. Jorge Volpi habla de que todo lo que vemos, sentimos, o hay a nuestro alrededor es pura ficción, es nuestra inventiva, producto de la mente. No hay realidad para él, entonces, sólo ficción. Pero, ¿es que nuestra vida es una ficción formada por ficciones paralelas? Posiblemente. Los argumentos que se entrelazan, las escenas que se repiten, las personas que amamos simplemente porque las hemos creado como nosotros queremos que sean.

Sea como sea, en la realidad, la ficción, la realidad paralela o la ficción paralela, la música siempre consigue llevarnos a otros rincones. A los rincones ocultos de la novela que escribimos a diario, a los rincones perdidos. Simplemente hay que concentrarse para salir del aquí y ahora abriendo muy bien los oídos y la mente.

20 de marzo de 2011

11 de marzo

Este año, el 11 de marzo a las 8 de la mañana estaba perdiendo un tren a Bilbao. En el trayecto en cercanías desde casa hasta Chamartín, no dejé de pensar en el 11 de marzo de siete años atrás. Me habría gustado haber escrito algo aquel día, una pequeña conmemoración, un recuerdo a J.L., un homenaje, un no-sé-qué, porque, ¿también hay que celebrar las cosas tristes? Quizás debamos no olvidar, mantener abierto el recuerdo para aquellos que se fueron. En mi habitación sigue estando la piña que nos dieron en el funeral de J.L. como recuerdo. Pero no hubo entrada el 11 de marzo.

Unas horas después de las 8 de la mañana, montada en otro tren que me llevaba a Vitoria, me enteré del desastre de Japón: el terremoto de 8.9. Y la noticia quedó como un murmullo que salía de la boca de los empleados del tren. Vitoria estaba cerca y a mí me importaba llegar a mi destino, poner los pies en tierras vascas y ver a mis amigos. Aiala me esperaba en el andén. Pisé Vitoria y me olvidé de las hostilidades del tren y de Japón; me sentí en casa.

Lo que pasó después, las risas, los amigos, la alegría, el mar, las fotografías, los cielos "sargorripean", los eskerrik asko y ongi etorri, el funicular, la Arboleda, el carnaval, el poteo, las alubias,... Todo eso me colocó en un mundo paralelo hasta donde sólo llegaban ecos del desastre nuclear de Fukushima. El 11 de marzo que estaba cargado con el recuerdo de J.L. empezaba a llenarse de otros recuerdos más tremendos y algunas felicidades breves e intensas: las de quien se siente en casa estando fuera, las de la amistad.

El fin de semana pasado nos cambió un poco a todos. El mundo es distinto desde que ha ocurrido el terremoto de Japón. Toda Europa, todo el mundo está en estado de alarma. El mundo tal y como lo conocí hace siete años cambió un 11 de marzo. Mi mundo de ahora, nuestro mundo, ha vuelto a dar un giro de 180 grados también un 11 de marzo. Mientras tanto, yo también, a nivel personal, experimento cambios, porque tengo una cámara de fotos nueva que me hace ver el mundo con otros ojos, porque Nahikari y su realidad de Portu me han hecho ver la realidad desde diversas perspectivas; porque M. me ha escrito y me ha dicho que se alegró de verme aquellas dos horas; porque Manuel confía en mí y creo que sabe que puede hacerlo; porque Elvira me llamó para que comiéramos juntas; porque Carmen tiene un tarro de mermelada de mandarina para mí; porque Mario y yo estudiamos sintaxis juntos o porque mi ordenador reinstalado vuelve a funcionar tan bien como siempre. Mi mundo de ahora ha vuelto a dar un vuelco, el 11 de marzo un terremoto apenas perceptible nos cambió a todos un poco por dentro. Nuestras certezas con respecto a la sociedad a la que pertenecemos cambiaron un poco.

Pero solo los vuelcos nos hacen avanzar, aunque como en Japón ahora lo hagan encerrados en casa, con lágrimas de impotencia en los ojos.

5 de marzo de 2011

El choque con la realidad

A veces vivimos en una realidad paralela. Es posible que cada ser humano constituya su propia realidad: una realidad irrepetible aunque compartible. Vivir en la realidad colectiva nos mantiene con los pies en la tierra, aunque muchas veces nos produce dolor de cabeza y por eso escapamos a nuestro rincón de realidad que nos llena de gozo. Sin embargo, nuestra realidad está falseada.

¿Qué es la realidad? ¿Qué es para ti lo real y qué lo "ficticio"? ¿Vives en la realidad colectiva o en tu propia realidad? ¿Cómo saber de qué realidad formamos parte? Cuando otras realidades nos golpean la cara somos conscientes de la relatividad en la que nos movemos, pero no hacemos nada -ni podemos- por cambiar eso.

A veces hay que dejar que la gente que nos rodea se asome a nuestras realidades y asomarnos nosotros también a las suyas. El choque con las realidades ajenas nos pone los pies en la tierra, nos decepciona, nos humaniza, nos acerca -o nos distancia más aún-, nos facilita la vida, nos fastidia, nos hace solidarios, nos cabrea, nos relaja, nos amuerma... La realidad del otro siempre debe producirnos algo. Y cuando no lo hace, hay que plantearse empezar de nuevo.

Esta tarde me ha gustado asomarme al pedacito de realidad que Yann Tiersen nos quiere mostrar con su música:

18 de noviembre de 2010

Fluir de conocimiento. Todo permanece



¿Qué pasaría si el conocimiento se estancara y solo dispusieran de él unos cuantos privilegiados?
Eso ya pasaba hace siglos y parece que las sociedades evolucionaban más lentamente. La imprenta y otros medios de comunicación facilitaron ese flujo de sabiduría universal del que disfrutamos hoy en día. Sin anacronismos. Sin embargo, a veces da la sensación de que falta información, de que se nos cuentan las cosas a medias o mal; se disfraza la realidad con demagogia e hipocresía y nos llega en fragmentos que se nos presentan reales y no lo son. Me da miedo pensar en el modo en el que se nos manipula desde no sé muy bien qué asientos. Recibimos toneladas de información, sí. Pero, ¿es relevante? ¿Cómo aprender a gestionar todo lo que recibimos sin que la anti-realidad nos absorba y pensemos que somos conscientes de lo que pasa en el mundo cuando -de hecho- no lo somos?

Sé que en mis palabras de arriba mezclo indiscriminadamente información con conocimiento, pero lo hago porque considero que la información proporciona sabiduría y ésta libertad. ¿Somos realmente libres o por encima de nosotros hay un narrador que modifica nuestros pensamientos a su antojo? Si tal cosa ocurre, habrá que cargar contra ese narrador, que intuyo que es el sistema -sí, así de abstracto- y plantarle cara para evitar caer atrapados en una tela de araña en la que parece que a nuestro alrededor nada ocurre, nada cambia: todo permanece.

9 de noviembre de 2010

La caída de los mitos, el renacer de realidades

Uno se siente bien cuando por fin se le caen los mitos y la realidad se le presenta tal cual es, sin máscaras, sin idealizaciones. Y como la realidad siempre supera a la ficción, es maravillosa la caída de los mitos y el ascenso a la vida inmaculada.

24 de noviembre de 2009

Den Lille Havfrue


(La pequeña señora del mar)

Había vivido siempre con los pies en la tierra. Ni un rastro de magia o superchería se asomaba ante sus ojos o sus cabellos rizados. Al iniciar su viaje, un viaje de idas y cuyo retorno se le antojaba lejano pero era real, comenzó a creer en hadas, leprechauns, duendes, mouros, tesoros y tierras encantadas. Comenzó a encontrar hadas convertidas en viejas a la vuelta de cada esquina. Comenzó a escuchar duendes bajo las camas de recintos que parecían castillos. Sintió cerca la presencia de Rapunzel; y en su vida de dioses desterrados, de ideologías caídas, comenzó a brotar la sombra irracional de los seres iluminados. Se sintió más feliz en el mundo de la magia donde todo era posible. Se sintió tan bien, que a veces olvidaba lo que era la vida.

En su andadura por las tierras de la literatura fantástica de ogros, animales parlantes y fantasmas habladores, llegó a creer en la existencia de sirenas. La historia de una sirena salmantina le llenó de gozo, asombro y duda. Pidió explicaciones. Y con el corazón lleno de teorías científicas que pudieran probar la existencia de alguno de todos aquellos seres míticos, comenzó de nuevo a descreer supercherías. La magia que había sido tan real en su vida, dejaba de serlo cuando lo era realmente.

Ahora, vuelve a tener los pies en la tiera. De vez en cuando lee historias de Cunqueiro sobre tesouros, meigas y mouros. También lee a Wilde, que esconde en su Retrato, la magia diabólica de los alter egos.

Para posar de nuevo su breve vida en la realidad, sólo tuvo que entrar a una clase de secundaria y esperar que le robaran, definitivamente, la inocencia. Habría deseado permanecer siempre como una pequeña señora del mar.