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10 de abril de 2013

Mis poemas de abril (X)



Me dijo bajito: "Amor mío, mírame en los ojos...

Me dijo bajito: "Amor mío, mírame en los ojos.
"Le reñí, agria, y le dije: "Vete." Pero no se fue.
Se vino a mí y me cogía las manos... Yo le dije: "Déjame."
Pero no se fue.

Puso su mejilla en mi oído. Me aparté un poco,
me quedé mirándolo, y le dije: "¿No te da vergüenza?"
Y no se movió. Sus labios rozaron mi mejilla. Me estremecí,
y le dije: "¿Cómo te atreves, di?" Pero no le dio vergüenza.

Me prendió una flor en el pelo. Yo le dije: "¡Es en vano!"
Pero no cedía. Me quitó la guirnalda de mi cuello, y se fue.
Y lloro y lloro, y le pregunto a mi corazón:
"¿Por qué?, ¿por qué no vuelve?"

15 de noviembre de 2012

El tiempo. Nostalgias


Fotografía de Bruno Birkhofer

Ayer salí a la calle a luchar por mi futuro. Lo hice con una amiga del pasado. Simplemente coincidimos en el tren. Ana, aquella dulce niña con quien compartí buena parte de mi infancia y mi adolescencia. Con Ana ha pasado eso que a veces pasa cuando creces y te vas desvinculando de ciertas personas, simplemente porque la vida os lleva por distintos cauces. Pero siempre es hermoso cuando esos cauces se vuelven a unir para dar momentos de mucha emotividad, recuerdos y risas.

Después de mucho rato hablando sobre los problemas que tiene este presente y el futuro que se nos echa encima, hablamos también sobre los juegos del pasado, ese vivir felices que crea la ignorancia, el no ser aún responsables de nuestra vida. Y Ana se mostraba muy nostálgica. Decía que no le gustaba el paso del tiempo, que querría -con todas sus fuerzas- volver atrás, a esos tiempos en los que no había preocupaciones por nada, simplemente el llegar a casa a tiempo para que sus padres no la regañasen. Sonreímos las dos, con los ojos puestos en esas noches frescas de verano en las que nos sentábamos en bancos de la calle a hablar de nuestras cosas y comer pipas; o los días soleados de piscina y risas; o los campamentos de verano donde empezamos a intuir qué era eso de estar enamoradas. Y Ana, triste, era consciente del pasar de los años, de la rapidez con que habíamos pasado de la despreocupación más absoluta a la mayor de nuestras preocupaciones, la del ¿qué será de nosotros en el futuro?. La generación sin porvenir.

Lo pensé durante unos segundos. Recordé los años fantásticos de la universidad. Salamanca. Ese momento en que las preocupaciones máximas consistían en llegar pronto y coger un asiento en Zacut, la biblioteca de ciencias, para poder aprovechar al máximo el día de estudio. Empezábamos a echar a volar, pero aún seguíamos con la cabeza en las nubes. Ahora, los que ya emprendimos del todo el vuelo, debemos tener la cabeza en la tierra si queremos conseguir lo que nos proponemos.

Hablábamos de esto en el tren, el lugar de las reflexiones. Y con el ruido del traqueteo y el bullicio de los manifestantes que ya volvían a sus casas con la resaca de la huelga, pensaba en Marta, otra amiga, casi de la adolescencia. Una amiga que no mira atrás con pena, sino que mira hacia adelante con ilusión. Marta se está labrando un futuro muy bonito y para ello vive un presente de sacrificio, pero también un presente muy vital, lleno de esperanza. Marta, eso sí, está fuera de España y piensa en los años productivos con mentalidad de forastera. Quizás esos son los tiempos que nos han tocado y este el instinto de supervivencia que tenemos que alimentar.

Miraba a Ana, ayer, representación clara del pasado, y pensaba en Marta, puro futuro. Y yo me veía un poco entre las dos. Un vivir el ahora con nostalgias, pero también con una pizca de ilusión por lo que vendrá. Con ganas de cambio. Con ánimo por saber que somos cientos de miles los que ayer estábamos en las calles gritando para que nos devuelvan lo que es nuestro y nunca debimos dejar en manos de los mercados y los poderosos. Ahí, ayer, había responsabilidad. Y ganas de cambio.

Espero que Ana también se diera cuenta de eso y entienda que la vida son etapas. Nuestra etapa del campamento quedó enterrada con los otros recuerdos de 2001. Lo bueno, lo bonito, lo esencial, es mirar hacia delante con los ojos de los niños que un día fuimos y pensar que otro futuro es posible.

1 de octubre de 2012

Octubre


Se hace real. Ya está de nuevo aquí. El mes de la balanza. Y comienza en lunes. Siempre el primer lunes de octubre es triste, porque siempre se llena con las notas de esta mítica canción. Dejemos que así sea, siempre y cuando el martes nos devuelva las sonrisas.

¿Dónde coño te escondes, felicidad?
los lunes de octubre, ¿dónde estarás?

26 de enero de 2012

Chocolate y una guitarra


La dieta que quiere matar los excesos de las Navidades y el queso diario del primer cuatrimestre, también me está matando el ánimo. No lo sabía, pero los cuerpos se resienten sin azúcar y sin pan. Y el cerebro también, trayendo una nubecilla de pesimismo y tristeza inesperados. He anulado el teatro de la tarde y he saboreado una chocolatina que quedaba bien guardada en un rincón de mi habitación. El color ha vuelto a mi rostro. Después F., con toda su dulzura italiana que sabe esconder muy bien pero que brilla cuando la deja escapar, ha agarrado su guitarra y ha cantado para mí. Yo estaba tendiendo la ropa y se me caía una lagrimilla a causa de esta nostalgia boba de la comida. Y ella ha bajado su guitarra, se ha sentado en el suelo y ha empezado a cantar y a tocar.

No es que de repente haya recuperado la fuerza. De repente, me he visto a mí misma siete años atrás, en Salamanca, en la residencia. F. podría ser M., C. o L. Da lo mismo, en los momentos bajos, quien te hace bien tiene una sola cara, unos mismos ojos. La sangre ha vuelto a circular con azúcar, se me acumulará un poquito de grasa por algún rincón del cuerpo y quizás la reacción cutánea haga también su aparición en un par de días. Escucharé la canción que F. ha tocado para mí durante semanas. Escucharé todas las canciones de esta cantante durante semanas. La escucharé tanto que quizás se me olvide la voz de Tracy Chapman. 

Y dentro de dos meses, o tres, o cuatro, cuando la nostalgia vuelva a apoderarse de los cuerpos, recordaré que la combinación chocolate-guitarra trae de nuevo ese brillo, la alegría de la vida.

9 de octubre de 2011

Estar fuera

Cuando uno está dentro, no se da cuenta de todo lo suyo. No aprecia igual el sabor de las patatas fritas en aceite de oliva, ni el del jamón, encuentra los abrazos y muestras de cariño como algo común, empieza a leer novelas y poesía en otros idiomas, por no decir que le cambia el idioma a su colección de música. Porque lo que está dentro siempre estará ahí.

Pero cuando uno está fuera, aprecia lo suyo con un sentimiento diferente. Uno se vuelve defensor de lo suyo a costa de todo: el idioma, la comida, el clima, el paisaje, la música, el cine... Yo esta semana he descubierto a Penélope Cruz y me he sentido orgullosa de tener a Almodóvar, he cocinado tortilla de patatas y he empezado a escuchar con un poquito de nostalgia esto:


Estar fuera está muy bien. Pero también está bien echar de menos lo propio.

26 de junio de 2011

Morriña cíclica. Galicia latente.

Ni T. S. Eliot ni Shakespeare pueden con la morriña.
Es un golpe de añoranza. Llega inesperadamente, pero siempre de forma cíclica. Galicia está siempre latente, en estado de reposo. Y el verano, la certeza del mar o una canción la activan en la conciencia. 

La morriña -mi morriña- es cíclica. Reaparece cada cierto tiempo y me tiene ausente durante días. Y ni Scott Fitzgerald ni Auster pueden con ella. 

Denme una gaita que llora, un vaso de vino Albariño, un documental sobre Cunqueiro y la suavidad del gallego. Es más que probable que me olvide de Hemingway, de Londres, de Camboya y de los americanitos impasibles.
 

16 de marzo de 2010

Y hablar de mí como en un diario

Si pudiera, recurriría a los versos de algún escritor afamado (no famoso) para expresar cómo me siento esta noche fría y cálida (a la vez) del mes de marzo. Algunos versos que hablaran de la vida de uno, de cuándo uno se pone en el centro del universo, se mira el ombligo y no es capaz de ver más allá. Así me siento hoy, pero me miro tanto el ombligo que no soy capaz siquiera de recurrir a los versos de algún afamado escritor.

Los lectores habituales de este blog saben que no suelo hablar de mí de forma tan explícita. Que en los momentos de saturación, opto por abandonarlos y recuperar el aliento y la palabra días después. Ésta es una de las raras veces en las que me enfrento, ordenador en mano, a ti como si de un juez se tratase.

Esta noche es víspera de fiesta. Escucho el disco de The Chieftains que me acaba de regalar mi hermano para celebrar que mañana es St. Patrick, patrón de Irlanda, santo que conmemora a los Patricios y Patricias. Es curiosa mi pasión legendaria por un país al que sólo he visitado una vez. Quizás esa pasión legendaria no sea sólo una pasión dedicada a los irlandeses, sino a todas las naciones celtas. Quizás el celtismo lo llevo en las venas por la vía gallega, por el nombre, por los casi imperceptibles reflejos rojizos que mi pelo muestra al sol, por mi rotunda palidez, por mi nostalgia perenne o simplemente porque un día leí un relato celta y quedé embriagada por la cultura como uno queda embriagado tras una pinta de cerveza negra y un "Oh Danny boy" o un "The River" en un pub irlandés. El pub irlandés de los sueños de post-adolescencia. Esta noche es víspera de fiesta y un vestido nuevo de verde intenso espera que mañana celebre el celtismo en el silencio de un colegio madrileño, ante adolescentes madrileños que los fines de semana no escuchan flautas o gaitas, sino música electrónica; y se dejan embriagar por grados de alcohol procedente más de Rusia que de la cebada.

Esta noche es noche de resaca de trabajo. Es una noche en la que el cansancio ahuyenta al sueño. El cansancio es milenario. Parece que lleve siendo parte de mí desde siempre. Son los ecos de Dios, que últimamente me llegan de todas partes y me producen una mezcla entre pesadez y reflexión. Una reflexión que cansa. Porque se repite y porque no me abandona. De hecho, mañana celebro algo que tiene más que ver con dios que con el ateísmo. Y lo sé. Y lo celebro. Aunque la celebración sea pagana se hace en nombre de un saint.

Trabajo, adolescentes madrileños, verde esperanza, flautas y gaitas, un edredón polar que calienta el alma de las tardes largas en las que uno se acompaña del bolígrafo rojo, paciencia y buena voluntad. Me gustaría que hubiera un poeta que dijera lo que yo digo ahora.

Y en la cercana distancia del jueves, otros ecos. Ecos de fado. Portugal acecha, como el hombre, como la poesía de Hernández. Salamanca en jueves y Lisboa en viernes. Los alcanzo con la punta de los dedos, y sin embargo siguen lejos. Impenetrables. Están a más de un año y medio de distancia. Y llegan ahora. Porque ahora es el momento de Portugal. Ahora que The Chieftains dejan llorar su gaita, ahora que los teléfonos llaman sin llamadas y el rojo es el color de tinta favorito. Portugal. Lisboa. Mis amigas.

Felices 17 y 19 de marzo, porque creyentes o no, nos dan motivo de alegría. Alegría verde. Alegría del descanso. Fin de semana de fado y cerveza. De vestidos verdes y tranvías.

Espero volver reconfortada.