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18 de septiembre de 2010

A vueltas con Diógenes



Cuando uno hace limpieza general en su casa, en su habitación o en sus cajones corre el peligro de quedarse atrapado, durante días, entre otras vidas que son las suyas y las de las personas que han hecho que sea lo que es. Tengo un amigo que lleva ordenando su despacho semanas. Pero queda irremediablemente atrapado por los papeles que guardó en él, por las cosas que pensó y anotó, por los folletos de las exposiciones a las que fue... Y no avanza. Y lo peor de todo es que piensa y repiensa si debe o no tirar tal o cual panfleto, este recorte de prensa o esta carpeta. ¿Qué es mejor: tirarlo todo con los ojos cerrados o, directamente no hacer limpieza?

Yo, que he estado estos últimos días reordenándolo todo, me he encontrado cosas sorprendentes que, a día de hoy, no habría creído conservar. Desde grabaciones de mi propia voz hasta grabaciones de voces ajenas, fotos de grupos heavies, folletos de festivales de música de hace años, chapas con la bandera republicana y cientos de textos. Textos con autoría conocida y otros que dudo si serán míos o de amigos. Por más que los leo una y otra vez no me reconozco en ellos. O al menos no reconozco a la posible escritora de ellos (yo misma, años atrás). Corro el riesgo de equivocarme y proclamarme su autora indiscutible o de abandonarlos por no conocer al verdadero escritor y perder definitivamente pequeñas piezas agradables de ser leídas, confusas a veces, pero merecedoras de un poco más de vida que la que les aguarda dentro de los surcos de los cedés que las contienen.

Ese es el peligro de la limpieza. Aparentemente parece que todo está perfecto, agradablemente recolocado. La habitación vuelve a respirar aliviada. Pero el que limpia sabe la verdad de todo esto: sabe que en lo más profundo todo sigue siendo un alegre caos de textos que no han hecho más que airearse un poco y volver a la oscuridad hasta que en un par de años vuelvan a desenterrarse. Bendito síndrome de Diógenes.

3 de octubre de 2009

Cajas. Tesoros.

Cuando era pequeña no leí La isla del tesoro. En realidad no leí de pequeña nada de la literatura de aventuras escrita para niños y adolescentes en los siglos XIX y XX. Cuando uno no consume esa literatura de pequeño, luego le cuesta hacerlo de mayor. Tiene algo así como unas carencias literarias básicas que intenta suplir con las lecturas de adulto, aunque el resultado no es el mismo. De pequeña no leí nada de Verne y muy poco de los hermanos Grimm o de Charles Dickens. Lo que yo hacía de pequeña era ir a la biblioteca y beberme los libros de la colección del Barco de Vapor, de los que hoy en día recuerdo bien poco.

El caso es que a pesar de esa carencia literaria, siempre me han fascinado los tesoros. Supongo que a cualquier niño le fascinan los tesoros. De pequeña siempre escondía cajitas con monedas, cromos o juguetes y me olvidaba de ellas hasta que, meses después, aparecían en cualquier cajón o armario, o incluso bajo los cojines de un sofá. ¡Era fantástico descubrir esos mini-tesoros escondidos en cualquier parte de la casa!

Conforme fue pasando el tiempo y me hice mayor, cambié mi afición de esconder las cosas por la de guardarlas. Fue, creo, en la adolescencia cuando descubrí las cajas. En cuanto veía una caja de un material diferente o un diseño un poco fuera de lo común me apropiaba de ella y la llenaba de cualquier cosa: pinturas, postales, fotos, recortes de prensa, números de teléfono, bolígrafos, velas... lo que fuera. No importaba el contenido, siempre fue más importante el contenedor. Así hasta hoy, que mantengo esta afición, aunque le dedico menos tiempo y esfuerzo que antes.

Hoy me ha dado por abrir una de esas cajas. Si digo la verdad, a veces tengo miedo de abrirlas, siento algo así como lo que debió de sentir Pandora cuando de su famosa caja salió aquella cantidad de cosas prohibidas. A mí el miedo me entra antes. No sé qué voy a encontrar. A veces no sé si estoy preparada para encontrar. Hoy ha ocurrido algo así. Una fuerza tiraba de mí para abrirla; otra, para que no lo hiciera. Pero al final la he abierto.

Varias postales de Alemania y de Santander. Un estuche con un bolígrafo. Una carta de un antiguo novio. Y las fotocopias de algo parecido a un poemario. Recuerdo perfectamente la primera vez que las vi. Las tenía mi madre por alguna parte y yo me apropié de ellas. Entonces, no me fijé en los versos, ni siquiera me interesó averiguar quién las había escrito. Nunca hasta hoy había sentido curiosidad por esas fotocopias viejas de un libro antiguo. Me he puesto a intentar organizarlas, porque estaban muy desordenadas, muchas de las hojas repetidas y sin título ni autor por ninguna parte. Mi madre ha visto el jaleo que había organizado tratando de aclarar un poco el mini caos de esas páginas y ha recordado cuando hizo las fotocopias, aunque ni ella siquiera ha sido capaz de traer a la memoria al autor de los versos. Tras unos minutos de reorganización de las páginas, he descubierto, entristecida, que no estaban todas, que había páginas sueltas y que las fotocopias del libro en cuestión comenzaban en la página 106. Y estas son las palabras:

A Franco uno muy especial le está limpiando las botas
todavía, con la venia y la bula del Sumo Pontífice...
Aquí arriba, en este continente, los yankis levantaron
más alto que de costumbre su viejo slogan inglés Gold's
country
. Pero ya sabemos quién es este Dios: una divinidad
antiséptica y esterilizada que no se propaga...
una especie de malaria muerta...
Todos los espías, todos los traficantes de pólvora y todos
los canallas del mundo llevaban a Dios en el bolsillo.
Todos tenían su Dios... ¡Todos!
El escarnio y la ignominia...
el crimen...
la cobardía y la injusticia.
¡Las babas y la Sombra!
¡Sólo los republicanos españoles no teníamos Dios!


Estas palabras me han llevado a internet y en seguida he podido comprobar que es León Felipe el autor del libro. Mi madre lo ha confirmado echando la cabeza hacia atrás, recordando. Yo, entonces, he pensado en qué le llevaría a mi madre a fotocopiar este libro. Por qué lo hizo. Por qué no soy yo capaz ahora de olvidarme de estas páginas amarillentas y tirarlas a la basura como algunos de los papelotes que estaban en esta misma caja.

León Felipe. El poeta prometeico del que nos habló Antonio Sánchez Zamarreño en una de las primeras clases de literatura a las que asistí en la universidad. De forma extraña, entre mi madre y yo se crea un vínculo literario hermoso. Y yo, que había olvidado todo de estos últimos años, recuerdo una vez más la imagen del hacha de León Felipe de la que tantas veces nos habló Zamarreño.

“A los caballeros del Hacha, a los cruzados del rencor y del polvo… A todos los españoles del mundo”. L.F.

* * * * * *

León Felipe

¿Por qué habéis dicho todos
que en España hay dos bandos,
si aquí no hay más que polvo?

En España no hay bandos,
en esta tierra no hay bandos,
en esta tierra maldita no hay bandos.
No hay más que un hacha amarilla
que ha afilado el rencor.

Un hacha que cae siempre,
siempre,
siempre,
implacable y sin descanso
sobre cualquier humilde ligazón:
sobre dos plegarias que se funden,
sobre dos herramientas que se enlazan,
sobre dos manos que se estrechan.

La consigna es el corte,
el corte,
el corte,
el corte hasta llegar al polvo,
hasta llegar al átomo.
[...]
Aquí no hay más que átomos,
átomos que se muerden.
[…]
Vuelan sobre tus torres y tus campos
todos los gavilanes enemigos
y tu hijo blande el hacha
sobre su propio hermano.
Tu enemigo es tu sangre
y el barro de tu choza.
[...]
Y el hacha cae ciega,
incansable y vengativa
sobre todo lo que se congrega
y se prolonga:
sobre la gavilla
y el manojo,
sobre la espiga
y el racimo,
sobre la flor
y la raíz, sobre el grano
y la simiente,
y sobre el polvo mismo
del grano y la simiente.

Aquí el hacha es la ley
y la unidad el átomo,
el átomo amarillo y rencoroso.
Y el hacha es la que triunfa.

* * *


Las cajas, los tesoros, la literatura... En el fondo, no soy tan diferente de aquella niña que solía guardar monedas para encontrarlas más tarde.

24 de abril de 2009

Síndrome de Diógenes



Siempre me he reído de Marta porque lo guarda todo. Tiene sus "altares" de libros, velas y fotos de Bruce Springsteen y almacena, incansable, recuerdos de todos sus viajes, de todas las veces que hemos salido a comer fuera, de todos los cines, teatros, museos y conciertos a los que ha ido. Es increíble. En el mínimo espacio que habita, conserva miles de papeles y vive bien allí.

Yo hoy me he dado cuenta de que soy un poco así. Uno se da cuenta de que es así cuando, al abrir cajones, se encuentra con cajas de cartas, mensajitos en botellas, decenas de cds grabados, y dentro de la cartera, varias entradas de conciertos en las que ni siquiera se ven ya las letras que decían quién tocaba. En esos momentos; quiero decir cuando uno se da cuenta de que está viviendo de pasados, entran unos sudores fríos, unas ganas incontrolables de tirarlo todo y dejarle el trabajo de recordar sólo a la memoria. Entonces, es cuando los movimientos se hacen lentos. Se empiezan a leer esas cartas, a mirar esas fotos, a escuchar esos cds. Son parte de uno mismo. Cientos de imágenes comienzan a revolotear alrededor de la cabeza. Una gota de nostalgia asoma a los ojos. Las manos ya están dispuestas a rasgar el papel. La papelera ha sido vaciada para esta tarea. Pero es imposible.

Será por eso que aún conservo el marcapáginas de tortuga que coloreamos y plastificamos el Día del Libro de hace ¿trece? años. En el colegio. Ya entonces devoraba libros. Ya entonces empecé a almacenar recuerdos.