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22 de noviembre de 2012

Naima, Mohamed, Alexander y los españoles 'por el mundo'



Fotografía de Christiaan Triebert


En las clases de español, esta tarde hemos tenido dos alumnas nuevas, Najwa y Naima. Nos hemos vuelto a presentar todos. Entonces, Mohamed le ha dicho a Naima de qué parte de Marruecos es. Me ha gustado ver cómo a Naima se le iluminaban los ojos al oír el nombre de una región de su tierra. He pensado cómo sería si a nosotros nos ocurriera lo mismo: un grupo de españoles, ya mayores, en una escuelita de otro idioma (pongamos alemán), hablando de la procedencia de cada uno, intentando aprender esa lengua y mirándose con nostalgia echando de menos la tierra propia, por muy bien que la situación puediera estar en ese nuevo país. Y en el fondo supongo que eso está pasando o pasará pronto. El fantasma de la emigración.

Hace unos años, cientos de miles de ciudadanos de otros países buscaban una oportunidad aquí. Muchos sabían que sería difícil, triste y sufrido, pero aún así llegaron aquí, intentando mantener sus tradiciones y aprendiendo también de las españolas. Se sintieron maltratados por nosotros y tuvieron que recluirse en grupos de compatriotas. Y aquí lo único que se nos ocurría decir era que se reunían en guetos. Como si nosotros no lo hiciéramos cuando salimos al mundo.

Hoy mismo, Alexander, un alumno ruso con muy poca idea de español, preguntaba algo en clase. Y lo sorprendente es que no pregunte todo. Alguien se ha reído. Creo que es por pura envidia: ven cómo poquito a poco va sacando las asignaturas, sigue aprendiendo, sin parar y, sobre todo, sobrevive. Sobrevive en un lugar inhóspito y donde muy pocos lo ayudan. Les he dicho a todos que intenten ponerse en la piel de Alexander; que se imaginen a ellos mismos en un colegio ruso donde no entienden nada y donde los compañeros tampoco se lo ponen fácil. Se lo han pensado un minuto. Solo uno. Espero que algún día lo entiendan.

1 de noviembre de 2012

Un trozo invisible de este mundo, una obra incómoda pero necesaria


Un trozo invisible de este mundo es una obra de teatro en piezas, escrita e interpretada por Juan Diego Botto. Lleva en cartel unas semanas y se ha convertido en un éxito de taquilla con llenos casi diarios y que dejará de estar en cartel, desafortunadamente, el próximo domingo. 

Son cinco las piezas de que se compone esta magnífica obra que muestra el compromiso de Botto por la humanidad y sus derechos y libertades. Se van sucediendo para armar un puzzle fascinante que nos lleva de la Argentina de Perón a la España actual con personajes que son únicos y a la vez universales. Con personajes que son de este mundo, aunque tengan que volverse invisibles para sobrevivir.

Las cinco piezas entremezclan un humor muy ácido, ironía, sensibilidad social y cultural y belleza a raudales, a través de las canciones que la bellísima Astrid Jones pone en escena para que entendamos qué es ser mujer, qué es ser madre, qué es ser inmigrante en un lugar hostil donde uno pronto tiene que darse cuenta de que se está solo. O en compañía de esa botella de tequila de los mexicanos de El privilegio de ser perro. La belleza de la obra, además de estar plasmada en las nanas de Samba de la pieza Mujer, se escapa por el hilo telefónico de ese argentino que labura a diario levantándose a las cuatro de la mañana para poder mandarle plata a su mujer que al otro lado de la línea teme el no regreso de su amor. Belleza, también, en la historia del Turco, torturado y desaparecido argentino.

Lo que hace Botto con su texto magistral -lamentablemente aún no publicado- es presentarnos a unos personajes que son el mismo, nos muestra la universalidad del marginado, del pobre, del migrante, del que a la fuerza tiene que convertirse en invisible. Del que lucha por la libertad, por un mundo mejor. Y se cansa, y le llegan la derrota y el llanto, y la desesperación. Juan Diego Botto, la persona, no deja de ser uno de esos universales de su propia obra, alguien que no abandona la lucha y que en tiempos de crisis -de todas las crisis- se compromete aún mas y agudiza más el ingenio artístico para hacer algo que puede resultar muy incómodo al espectador. Ése que tiene sí tiene cerca a su gente y tiene dinero para permitirse una tarde de teatro pero que al fin y al cabo sufre con el Turco, Samba y tantos otros con o sin nombre.

Botto, con un texto y una interpretación magistrales, levanta de sus butacas al público, logra que llegue a empatizar con sus personajes y por lo tanto crea una obra de arte universal y redonda con una magia difícil de transmitir de palabra y que es mejor ver en directo. Merecedora de elogios también es la dirección y la escenografía, el acierto de situar una historia de tránsitos en un lugar que se ha convertido en el de tránsito cultural por excelencia del panorama madrileño actual, el Matadero de Madrid, y de usar como atrezzo básico y simbólico el trasiego de maletas de una cinta transportadora.

Astrid Jones, Sergio Peris-Mencheta y Juan Diego Botto.
Soy consciente de lo afortunada que he sido al poderme permitir asistir al teatro y que éste, una vez más, me haya transmitido la fuerza de la vida, la rebeldía de las utopías y la urgencia de un cambio necesario. Creo que Juan Diego Botto, Astrid Jones y Sergio Peris-Mencheta también son afortunados, por su talento. Y por la generosidad y sensibilidad que tienen al compartirlo con nosotros y enseñarnos, en algo más de una hora y media, qué pasa en nuestros barrios que aún nosotros no hemos sido capaces de ver. Los tres nos abren los ojos a una realidad incómoda y dolorosa. Pero al fin y al cabo, ese es el primer paso que todos necesitamos para poner el remedio: darnos cuenta de que esa realidad existe. Esta vez, el arma para hacérnoslo ver no han sido las redes sociales sino lo de siempre: el genio del teatro.

Larga vida al teatro y largos éxitos a Un trozo invisible de este mundo. Porque un éxito para la obra significa el éxito del ser humano.