Anoche soñé que había quedado con una amiga para hacer una ruta de senderismo. Cuando llegaba el día, me presentaba en el lugar indicado y me daba cuenta, de repente, de que con las prisas había olvidado mis zapatillas de andar. Enseguida, en mi sueño se me apareció la solución perfecta: iría al Decathlón y compraría unas zapatillas de trekking baratas. Ya está, Decathlón como la solución a los problemas.
El símbolo que he creado en mi inconsciente es claro: la fatiga diaria provoca que olvidemos lo que es esencial en la vida. Y esto que es tan esencial puede sustituirse, fácilmente, con lo material. Consumismo vs. esencialidad. Me ha dado miedo pensar que estoy convirtiéndome en una persona que antepone los logros materiales a la esencia real de las cosas y la vida. Menos mal que mis sueños me han alertado de esto.
Supongo que a partir de ahora seré más consciente de lo que verdaderamente importa.
Bueno, dímelo tú, ¿qué crees que es lo que verdaderamente importa?
Para los amantes de la lluvia, como yo, es un regalo climatológico lo de los últimos días: lluvia sin parar, calles mojadas, olor a humedad, nieve, frío... Hacía tiempo que no me sentía físicamente tan a gusto. Sentir el frío y el viento en la cara me despierta, me alerta, me hace sentir que la naturaleza, por mucho que no lo queramos aceptar, está tan por encima de nosotros, que hace lo que quiere y cuando quiere.
Pero hoy es el día del descanso de la lluvia. Un sol que abriga los corazones se ha instalado frente a la terraza de casa. Ha entrado hasta el fondo de casa llenándola de luz e intensidad. Llenándola de energía para los días que llegan: días de vuelta al trabajo (de verdad); días de sonrisas y reencuentros; días de ánimo y fuerzas.
Para los amantes de la lluvia, como yo, también es un regalo este descanso de la lluvia.
Hace dieciséis años un grupo de amigos se reunían y cantaban esto:
Hoy te regalo este breve pero intenso viaje musical a uno de los lugares más emblemáticos de Madrid. Siente cómo la energía corre por tus extremidades. Creo que es una muy buena forma de dar por finalizadas estas fiestas.
A diario regalamos cosas sin necesidad de pasar antes por una tienda y sacar la tarjeta de crédito. Hay personas que, de forma innata, te están regalando continuamente con sus sonrisas, su presencia, su compañía, su calor... y otras tantas cosas impagables. Sin embargo, llegan estos días y comienzan a generarse colas en todas las tiendas para comprar, para después regalar. Regalos, que muchas veces son necesarios y se hacen con kilos de cariño y ternura, y otras veces son un simple modo de cumplir con la tradición.
Me encanta recibir regalos. Y creo que cada vez me gusta más hacerlos a mí. Cuando regalo sintiéndolo de verdad, no por un mero compromiso, siento la ilusión y la alegría con la que se reciben las sorpresas y me adelanto a ella. Me entra una risita nerviosa y empiezo a emocionarme pensando en que a los receptores del regalo éste les gustará muchísimo.
Así es como estoy ahora, con la risita nerviosa de las tardes de cabalgata. Espero que mañana por la mañana recibas y hagas muchos regalos. Sobre todo de los impagables.
A veces, sin buscarlo, sin siquiera esperarlo, uno encuentra joyitas musicales como esta. Aunque tu cielo no esté vacío, seguro que te emocionará la voz profunda de Springsteen. Disfrútala en esta tarde de lluvia post festiva.
Para una amiga que sufre por amor, para que se desenamore.
Ahora, como nunca (o como siempre, no sé cómo decirlo), es tiempo de amores y desamores. Hace varias noches sufrí, con el sufrimiento de una amiga, un desamor. Creo que nadie merece sufrir por amor. Y aún así, nos empeñamos en hacerlo. Mi amiga, que por fin había dejado de hacerlo, a la que por fin le llegaba el tiempo dulce, sintió, de golpe, otra vez la bala dura del amor. Y todos sufrimos por ella.
Para ella, para que se desenamore, van estos versos de Manolo Chinato, un poeta extremeño de garra.
Juguete de Amor
Anoche pasé frío y me desenamoré un poco. Anoche pasé frío y fui poeta. Anoche, mientras mi carne se helaba y mi alma en mi cuerpo se escondía, vi como mi amor para ti era un juguete pasado ya de moda que ya nada valía. Cualquier amanecer echarán al viejo juguete de mi amor a un carro de basura, y alejándose en la amarga soledad oirá al carretero dar palos a su mula que todo se lo da por un poco de paja y, a veces, pochas uvas.
Y estaré allí donde ya nada vale nada hasta que algún día una dulce gitanilla, con mocos y pecas en la cara, limpie con su manga grasienta la suciedad que la sociedad pegó a mi alma; y volveré a ser un juguete reluciente de amor y de alegría.
¡Que importa que me engañes si luego me sonríes! ¡Qué importa ser poeta o ser basura! Anoche pasé frío en el cuerpo y en el alma... Anoche pasé frío y quedó mi libertad de amor helada.
Manolo Chinato.
Una vez utilicé el primer verso de este poema. Una vez le dije a alguien: "Anoche pasé frío y me desenamoré un poco". Desenamorarse es duro y decirlo lo es aún más. También es duro cuando llega el sentimiento del desamor y no somos capaces de verbalizarlo; pero es aún peor cuando empleamos las palabras de otros para expresar sentimientos propios. 'A veces', me dijo ayer Marta, 'la literatura es peligrosa para decir lo que sentimos; disfrazar de poesía un sentimiento triste, es de cobardes'. ¡Y qué razón tenía!. Después de eso, recordé el día en que yo pronuncié este verso, y hoy, algunos años después, me doy cuenta de que no era desamor lo que sentía, sino otra cosa que ni siquiera se le parecía, y que ni el mejor de los poetas sabría expresar con sus palabras.
Sólo para ella, que hoy sufre de verdad por amor, va este poema. Y recojo de nuevo ese primer verso, para alimentar después (y en soledad) los futuros desamores verdaderos.
Dice la RAE que un fetichismo es "Idolatría. Veneración excesiva".
Hace años que Marta y yo pensamos escribir un artículo sobre los fetichismos de las personas. Pensamos que los humanos somos tan especiales que creamos fetiches de la nada. La mayoría de las veces, absurdos. Mientras estudiábamos, siempre pensamos en elaborar un estudio serio sobre el fetichismo de los apuntes que muchos de nuestros compañeros de clase generaban a lo largo de los cuatrimestres.
Pasaron los años de la universidad y pasó nuestra idea de elaborar ese informe.
Sin embargo, ahora soy yo la que sufre de idolatría incontrolada. Venero en exceso a una máquina. Sí. Lo admito. La culpa la tengo yo pero también esta sociedad del consumismo y del materialismo. Venero a una máquina porque es blanca y casi perfecta, porque no se contagia con virus, porque trabaja rápida y eficazmente. No sé por qué más cosas. Quizás también porque está unida por un hilo finísimo pero resistente a personas importantes para mí. Quizás porque simboliza un poco de mi independencia (económica). No sé muy bien por qué, pero la venero.
Por eso, hoy celebro su iniciación a la vida en sociedad (un bautismo diría F.). Una entrada en el blog carente de sensibilidad añonuevera, carente de calor humano, repleta de un fetichismo tantas veces criticado.
Pero es que quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
La memoria nos juega siempre malas pasadas. Evocamos recuerdos, de memoria, que son la mayoría de las veces engañosos. Tenemos memoria de sensaciones que creemos que sentimos en un momento, pero que en realidad hemos fantaseado tiempo después. Recuerdas el sabor de una comida deliciosa que no lo era tanto, recuerdas la intensidad de un amor que a veces no fue ni siquiera amor...
De todos los recuerdos, los más fieles son los recuerdos auditivos y los olfativos. Sobre todo estos últimos. Es difícil evocarlos. Hay algo similar a ellos que se puede intentar reproducir sin mucho éxito. Se piensa en un olor concreto y a veces puede sentirse de nuevo, pero con matices diferentes, con carencias. Lo milagroso, sin embargo, es cuando revolotea en el ambiente un olor exactamente igual a otro que percibiste en el pasado. Entonces, el olor y todo lo que conllevaba ese olor se aparecen en tu presente y te transportan a lugares y épocas remotos. Hubo un olor, el olor de un perfume, que asocié a un mes. Podía ser cualquier otra época del año, podía estar lejos del depositario del perfume y, sin embargo, yo sentía que estaba viviendo en ese mes lejano. Las mismas sensaciones se manifestaban en contacto con ese aroma. Era algo increíble.
Estos días me está ocurriendo algo curioso, parecido a mi historia con el olor de aquel mes. Quizás es que hacía tiempo que no prestaba atención a mi glándula olfativa (si es que esa glándula existe); pero lo cierto es que vuelve a haber un olor evocador del pasado. En estos últimos días, cada tren al que subo huele a los trenes de Hamburgo en los que me subí hace casi un año.
Es extraño. En esta época del año alguien esperaría reencontrarme con el olor invernal del humo de chimeneas y el asar de castañas y, sin embargo, yo evoco un olor a trenes germanos... ¿Por qué será? ¿Es que la memoria olfativa también nos juega malas pasadas? Ahora, en cada tren, siento estar haciendo un viaje mucho más largo, más civilizado. Y espero que mi recuerdo auditivo también me regale las palabras mágicas: "Nächster Bahnhof: Dammtor".
Cuando uno no tiene tiempo pero quiere comunicarse, lo mejor es seguir regalando canciones. Esta es una canción para los días raros. Haces el esfuerzo de intentar entender qué dice la letra, pero al final inventas tú el significado de unas palabras ajenas a tu lengua. Escuchas una y otra vez, lees y relees la letra, buscas traducciones y nada tiene sentido.
Para los días en los que todo tiene tanto sentido que todo se hace imposible de entender.
Max Estrella, en una noche madrileña, desciende junto con su amigo Latino a los infiernos de la ciudad que son los infiernos de la realidad. La ceguera le sirve, paradójicamente, de guía para comprender la realidad por la que se mueve. La ceguera de Max Estrella le ilumina e ilumina toda una etapa literaria en la que lo real sólo se entiende a través de lo grotesco, de la deformación.
La ceguera de Max ofrece la visión más objetiva de la realidad. Lamentablemente, nuestras cegueras actuales, que no son cegueras reales, que no deforman la realidad porque todavía no han conseguido verla, solo sirven para seguir dando tumbos sin comprender la verdad de lo que nos rodea. Ahora que es tiempo de luces en las calles, estamos carentes de iluminados. No hay Tiresias ya; no hay profetas que nos indiquen hacia donde vamos en esta sociedad de decadencia y esperpento. Estamos como hace veinte siglos, estamos como al principio del siglo veinte. Con la diferencia esencial de que otras cegueras nos han inundado, y ahora sí que no vemos nada.
He tardado en reflexionarlo. He tardado en procesarlo. Pero no me he olvidado de él. Es Lorca, y llegó con toda su fuerza a erizarme la piel.
Bosque. Es de noche. Grandes troncos húmedos. Ambiente oscuro. Se oyen dos violines. Salen tres leñadores.
Leñador 1: ¿Y los han encontrado? Leñador 2: No. Pero los buscan por todas partes. Leñador 3: Ya darán con ellos. Leñador 2: ¡Chisss! Leñador 3: ¿Qué? Leñador 2: Parece que se acercan por todos los caminos a la vez. Leñador 1: Cuando salga la luna los verán. Leñador 2: Debían dejarlos. Leñador 1: El mundo es grande. Todos pueden vivir de él. Leñador 3: Pero los matarán. Leñador 2: Hay que seguir la inclinación: han hecho bien en huir. Leñador 1: Se estaban engañando uno a otro y al fin la sangre pudo más. Leñador 3: ¡La sangre! Leñador 1: Hay que seguir el camino de la sangre. Leñador 2: Pero sangre que ve la luz se la bebe la tierra. Leñador 1: ¿Y qué? Vale más ser muerto desangrado que vivo con ella podrida. Leñador 3: Callar. Leñador 1: ¿Qué? ¿Oyes algo? Leñador 3: Oigo los grillos, las ranas, el acecho de la noche. Leñador 1: Pero el caballo no se siente. Leñador 3: No Leñador 1: Ahora la estará queriendo. Leñador 2: El cuerpo de ella era para él y el cuerpo de él para ella. Leñador 3: Los buscan y los matarán. Leñador 1: Pero ya habrán mezclado sus sangres y serán como dos cántaros vacíos, como dos arroyos secos. Leñador 2: Hay muchas nubes y será fácil que la luna no salga. Leñador 3: El novio los encontrará con luna o sin luna. Yo lo vi salir. Como una estrella furiosa. La cara color ceniza. Expresaba el sino de su casta. Leñador 1: Su casta de muertos en mitad de la calle. Leñador 2: ¡Eso es! Leñador 3: ¿Crees que ellos lograrán romper el cerco? Leñador 2: Es difícil. Hay cuchillos y escopetas a diez leguas a la redonda. Leñador 3: Él lleva buen caballo. Leñador 2: Pero lleva una mujer. Leñador 1: Ya estamos cerca. Leñador 2: Un árbol de cuarenta ramas. Lo cortaremos pronto. Leñador 3: Ahora sale la luna. Vamos a darnos prisa.
(Por la izquierda surge una claridad) Leñador 1:
¡Ay luna que sales! Luna de las hojas grandes.
Leñador 2:
¡Llena de jazmines de sangre!
Leñador 1:
¡Ay luna sola! ¡Luna de las verdes hojas!
Leñador 2:
Plata en la cara de la novia.
Leñador 3:
¡Ay luna mala! Deja para el amor la oscura rama.
Leñador 1:
¡Ay triste luna! ¡Deja para el amor la rama oscura!
(Salen. Por la claridad de la izquierda aparece la Luna. La Luna es un leñador joven, con la cara blanca. La escena adquiere un vivo resplandor azul.)
Bodas de Sangre, Acto Tercero; Cuadro Primero. Federico García Lorca
Di o meu amigo F. que o mellor oficio do mundo é un que coñeceu onte. El di que quere ser contacontos; que qué boa profesión esa de contarlle historias á xente, de escoitar historias e transmitilas.
Todo esto vén porque onte fumos ver contar historias a un contador profesional, a un destes dos que exercen o mellor oficio do mundo: Celso Fernández Sanmartín.
Dentro do ciclo de Cuentos que organizou a Comunidade de Madrid, estaban as súas actuacións por diversas bibliotecas madrileñas. Nós, onte, tivemos a oportunidade de velo pola tarde na BNE e disfrutamos como nenos das súas historias, e máis que delas, disfrutamos da súa maneira de contalas: co cariño e a paixón propias de a xente que parece que so vive para iso. Despois da función falamos con el, e ademáis de bo contador de historias é moi bo escoitador de persoas. Da gusto con xente coma el.
Déixote cun video que atopei en youtube co conto dunha emigrante galega. Disfrútao:
Entrada traducida ao castelán:
Dice mi amigo F. que el mejor oficio del mundo es el que conoció ayer. Dice que quiere ser cuentacuentos; que qué buena profesión esa de contarle historias a la gente, de escuchar historias y trasmitirlas.
Todo esto viene porque ayer fuimos a ver contar historias a un contador profesional, a uno de estos de los que ejercen el mejor oficio del mundo: Celso Fernández Sanmartín.
Dentro del ciclo de Cuentos que organizo la Comunidad de Madrid, se encontraban sus actuaciones por diversas bibliotecas madrileñas. Nosotros, ayer, tuvimos la oportunidad de verlo por la tarde en la BNE y disfrutamos como niños de sus historias, pero sobre todo, disfrutamos de su manera de contarlas: con el cariño y la pasión propias de la gente que parece que solo vive para eso. Después de la función fuimos a hablar con él, y además de buen contador de historias es muy buen escucuchador de personas. Da gusto con gente así.
Había vivido siempre con los pies en la tierra. Ni un rastro de magia o superchería se asomaba ante sus ojos o sus cabellos rizados. Al iniciar su viaje, un viaje de idas y cuyo retorno se le antojaba lejano pero era real, comenzó a creer en hadas, leprechauns, duendes, mouros, tesoros y tierras encantadas. Comenzó a encontrar hadas convertidas en viejas a la vuelta de cada esquina. Comenzó a escuchar duendes bajo las camas de recintos que parecían castillos. Sintió cerca la presencia de Rapunzel; y en su vida de dioses desterrados, de ideologías caídas, comenzó a brotar la sombra irracional de los seres iluminados. Se sintió más feliz en el mundo de la magia donde todo era posible. Se sintió tan bien, que a veces olvidaba lo que era la vida.
En su andadura por las tierras de la literatura fantástica de ogros, animales parlantes y fantasmas habladores, llegó a creer en la existencia de sirenas. La historia de una sirena salmantina le llenó de gozo, asombro y duda. Pidió explicaciones. Y con el corazón lleno de teorías científicas que pudieran probar la existencia de alguno de todos aquellos seres míticos, comenzó de nuevo a descreer supercherías. La magia que había sido tan real en su vida, dejaba de serlo cuando lo era realmente.
Ahora, vuelve a tener los pies en la tiera. De vez en cuando lee historias de Cunqueiro sobre tesouros, meigas y mouros. También lee a Wilde, que esconde en su Retrato, la magia diabólica de los alter egos.
Para posar de nuevo su breve vida en la realidad, sólo tuvo que entrar a una clase de secundaria y esperar que le robaran, definitivamente, la inocencia. Habría deseado permanecer siempre como una pequeña señora del mar.
¿Es verdad que te gusta verte hundida en el mar de la música; dejarte llevar por esas alas, abismarte en esa luz tan honda y escondida?
Música tuya, Blas de Otero.
A Miwe, al que nunca llamo, pero del que me acuerdo. Y a Enrique, verdadero sagitario. A los dos, por músicos.
Me encanta celebrar cualquier cosa. Estoy deseando que haya algún acontecimiento para celebrarlo. Cada uno celebra cada cosa de una manera diferente. A mí hubo un año que me dio por celebrar el cumpleaños de un amigo escribiendo poemas. Otras veces celebro llorando o riendo. Es común también que las personas celebremos los acontecimientos brindando (¡qué alegría da la palabra mágica "chinchín"!) o comiendo. Sí, en esta cultura somos muy propensos a celebrar comiendo. En otros tiempos, en otras culturas, las celebraciones se llevan a cabo ayunando. Otra forma curiosa de celebrar.
A mí, entre acontecimientos diversos, se me pasó ayer celebrar el Día de la Música contigo. Fue un despiste. Pensando en cómo subsanarlo, se me ha ocurrido que la mejor forma de celebrar este día (aunque venga con unas horas de retraso) es con música. Estaba claro, ¿no? Dándole vueltas al regalo de este post-día de fiesta, he creído que lo más conveniente es unir celebraciones y, aprovechando que la cosa va de músicos, festejar este día escuchando la música de dos compositores que también hoy celebran.
Manuel de Falla, de estar vivo, celebraría hoy su cumpleaños. La mejor forma que tengo de celebrar un cumpleaños así es escuchando una pieza como ésta de "El amor brujo". A Falla y Albéniz no podía cansarme de escucharlos de pequeña las mañanas de domingo, mientras mis padres hacían las tareas de la casa o leían el periódico. Entonces, creo que empecé a apreciar la música. Aunque no fue hasta la aparición de Enrique, que empecé a disfrutarla y a veces incluso a amarla. Manuel de Falla está entre uno de los recuerdos más bellos de los domingos soleados de mis primaveras pueriles.
También celebra hoy su cumpleaños, y éste sí que está vivo, Ludovico Einaudi, pianista italiano que me dio a conocer Miwe, a quien le dedico estas palabras de hoy. Einaudi es el reposo de los días fríos y poco amables, es una tabla en el naufragio de los días cotidianos. Verdaderamente agradable cuando lo de fuera no acompaña.
Creo que estas dos piezas son para ti que hoy has caído aquí por casualidad, pero sobre todo son para Enrique y para Miwe, que alguna vez hicieron que me hundiera en el mar de la música. Para ellos, auténticos náufragos del vilín y del oboe. Amantes de la música por encima de todo. Amantes, también, de la poesía. A Enrique, destinatario de muchas celebraciones, que en un día 24, cumplirá 23.
Hay veces que la poesía se supera a sí misma. Eso ocurre en contadas ocsaiones y cada uno de nosotros lo percibimos de forma diferente. Cada poema es un mundo, es nuestro mundo, y cuando lo hacemos nuestro le damos el valor relativo a nuestras necesidades estéticas del momento.
He leído "Walking Around" decenas de veces y nunca ha dejado de ser un poema más. Ayer lo escuché con otra voz y se ha convertido en El Poema. La poesía se ha superado a sí misma. No sé cómo ni por qué, pero de repente los versos se alzan con la fuerza de un viento que levanta el alma.
Cuando la poesía no puede ser otra cosa más útil ni más inútil que la poesía:
WALKING AROUND
Sucede que me canso de ser hombre. Sucede que entro en las sastrerías y en los cines marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro navegando en un agua de origen y ceniza.
El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos. Sólo quiero un descanso de piedras o de lana, sólo quiero no ver establecimientos ni jardines, ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.
Sucede que me canso de mis pies y mis uñas y mi pelo y mi sombra. Sucede que me canso de ser hombre.
Sin embargo sería delicioso asustar a un notario con un lirio cortado o dar muerte a una monja con un golpe de oreja. Sería bello ir por las calles con un cuchillo verde y dando gritos hasta morir de frío.
No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas, vacilante, extendido, tiritando de sueño, hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra, absorbiendo y pensando, comiendo cada día.
No quiero para mí tantas desgracias. No quiero continuar de raíz y de tumba, de subterráneo solo, de bodega con muertos, aterido, muriéndome de pena.
Por eso el día lunes arde como el petróleo cuando me ve llegar con mi cara de cárcel, y aúlla en su transcurso como una rueda herida, y da pasos de sangre caliente hacia la noche.
Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas, a hospitales donde los huesos salen por la ventana, a ciertas zapaterías con olor a vinagre, a calles espantosas como grietas.
Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos colgando de las puertas de las casas que odio, hay dentaduras olvidadas en una cafetera, hay espejos que debieran haber llorado de vergüenza y espanto, hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos, con furia, con olvido, paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia, y patios donde hay ropas colgadas de un alambre: calzoncillos, toallas y camisas que lloran lentas lágrimas sucias.
Lo admito: estoy hecha una tacaña. Tacaña de palabras. Siempre hace falta que me den un toque de atención para darme cuenta. Andrés se pasa el día diciéndome que el blog no solo se puede alimentar de poemillas, vídeos y enlaces. Que hable. Que diga algo. Pero Andrés no es el único que me pega el toque. Ayer, de nuevo: "¿Qué pasa? -risilla picarona-. Hace mucho que no escribes en el blog...". Pues sí. Pero es que tengo tantas cosas en la cabeza, que acabo haciéndome tacaña a la fuerza, y sé que eso no vale como excusa.
No puedo prometer nada. Porque si prometo que escribiré, seguiré dando la tabarra con el alemán. Porque, por si no te habías dado cuenta, ahora estoy en momento alemán. A ratos le doy a Goethe, o a Shlink. Ahora estoy con Brecht, por aquello de fusionar aficiones: teatro y alemán en un solo pack. Pero estoy convencida de que los aires gallegos volverán, más tarde o más temprano, a instalarse de nuevo en algún rincón de estas páginas. No te preocupes. Sigo siendo la de siempre. Si no doy la tabarra con el alemán, la daré con el gallego.
Yo soy el pajarero, Siempre alegre, ¡ole, upa! Como pajarero soy conocido por viejos y jóvenes en todo el país. Cazo con reclamo y sé tocar la flauta. Puedo estar alegre y contento, porque todos los pájaros son míos. Yo soy el pajarero, Siempre alegre, ¡ole, upa! Como pajarero soy conocido Por los viejos y los jóvenes en todo este país. ¡Me gustaría tener una red para las muchachas; las cazaría por docenas! Luego las metería en la jaula y todas ellas serían mías. Si todas las muchachas fueran mías, las cambiaría por azúcar: y a la que yo más quisiera le daría enseguida el azúcar. Y si ella me besara con delicadeza, sería mi mujer y yo su marido. Dormiría a mi lado y la acunaría como si fuese una niña.
A lo largo de mi vida, he hecho muchas veces cosas que era incapaz de decidirme a hacer y he dejado de hacer otras que había decidido firmemente. Hay algo en mí, sea lo que sea, que actúa. Bernhard Schlink, El lector
He vuelto a la lectura con ferviente pasión. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto leyendo. Vuelvo a emplear los ratos del tren para leer. Y cuando uno lee en el tren, ya es capaz de leer en cualquier parte.
De los libros me gustan las palabras sueltas, las personalidades de los protagonistas, un acontecimiento perdido, una frase dicha en el momento (párrafo) adecuado. Igual que me pasa con la poesía, cuando pasa un tiempo tras haber leído una novela, empiezo a olvidar los datos concretos e incluso los porqués. Ya no sé por qué me gustó tanto el libro que leí el año pasado en noviembre. Simplemente tengo impresa en el recuerdo la sensación de placer que sentí cuando lo leí. Me gustó mucho en ese momento y guardo un buen recuerdo de entonces. ¿Por qué ponerse a pensar, a dar motivos y razones? Como decía hace poco tiempo, a propósito de las canciones, hay lecturas que recomendamos porque sí. A nosotros nos llegan por nuestra circunstancia y nos marcan por algún motivo. ¿A quién no le ha pasado el hecho de intentar varias veces leer un libro y ser incapaz de hacerlo y que, de repente, por arte de magia, sea posible leerlo en un tiempo récord?
Creo que ahí reside la belleza suprema de la literatura. Nosotros no elegimos lo que leemos, lo que leemos nos elige a nosotros.
Quien escribe poesía exhibe un trozo de su vida y de su alma. El poeta es un fingidor, por supuesto, pero aun en toda la vida inventada que rezuman sus versos, también existe algo de certero, un ápice de su vida o la de los otros que intenta escupir para dejar su alma un poco más libre.
Como casi cualquier adolescente, durante mi adolescencia escribí poesía. Entonces rompía lo que escribía o sólo se lo dejaba leer a mi círculo más restringido. Han pasado los años y todavía ahora siento pudor ante la palabra escrita por mí. En verdad que no es mi vida lo que expongo en mis versos, o ciertamente sean trozos de otras vidas y de la mía misma que quedan latentes en el inconsciente y salen a la luz un día de lluvia.
Hoy, que no llueve, que no siento la necesidad de escribir poesía, he tenido la curiosidad de leer algo ya escrito. Y tras el preámbulo anterior, que para nada sirve, te muestro algo de lo que fingí hace tiempo. Cuando -y esto sí es verdad- terminaba, al menos, el amor puro a la poesía:
El último día que nos amamos nacieron cuatro mil trescientos veintiún niños. La cuenta atrás fue perfecta, los bebés, o sus padres, intuyeron el final de nuestra historia y nos regalaron el colofón de sus cifras. El último día que nos amamos no llovía ni hacía frío no había estaciones no estalló una nueva guerra -aunque murieron bastantes-. Fue un día cualquiera: el reloj marcó las dos y diez, pero ni siquiera esa sonrisa cómplice me hizo creer el todo.
Nos amamos, sí, porque aún nos amábamos. Y lo hicimos tan intensamente que se deshicieron los nudos y nos desamamos sin lluvia, trenes o batallas. Sin darnos cuenta de que un tú y un yo no hacen un nosotros. Nos desamamos con una felicidad de amantes satisfechos, con las mismas chinchetas y fotos de siempre, con el reloj de las cuatro menos veinte tan triste, tan solo como tu cuerpo y mi cuerpo el último día que nos amamos.
Da la casualidad de que trabajo en Madrid y de que en Madrid hoy es un día de fiesta. En la capital, no en la comunidad. Eso significa que hoy no trabajo, que estoy ociosa y que pienso en otros nueves de noviembre. Concretamente pienso en cómo debió de ser el nueve de noviembre de hace veinte años. Les he preguntado a mis padres. Dicen que parece que fue ayer. Yo no recuerdo nada, claro. Alguna imagen perdida de un señor con una mancha en la cabeza; miles de personas apoyadas en una pared llena de pintadas en un idioma desconocido para mí (supongo que entonces, todos los idiomas me eran desconocidos; ¿sabría yo acaso qué era un idioma? Ni siquiera podía intuir yo que existiesen tantos idiomas y que yo acabaría, finalmente, estudiando aquel con el que se escribían las pintadas sobre el muro),... Eso es todo lo que recuerdo del nueve de noviembre de hace veinte años. O ni siquiera. Eso es el recuerdo que he creado en mi mente de aquel día perdido en la memoria de tantos y tan recordado por otros.
Hoy celebro una festividad religiosa en Madrid: la Almudena. Y ni siquiera sé quién fue esa Almudena. No tengo ni idea de qué hizo, de por qué es la patrona de Madrid, de por qué seguimos descansando los días que el gobierno y la tradición consideran "días santos". Para mí hoy es un día de fiesta por otro motivo. Un día de fiesta en el que trato de imaginar qué sintieron todos aquellos alemanes, checos y austriacos cuando finalmente pudieron pasar de su mundo, al mundo real. Porque creo que el mundo real era el de la RFA y que en la RDA sólo algunos trataron de vivir en un sueño de democracia que era de todo menos democrático. No sé. Miro hacia atrás con los ojos de ahora. Miro hacia atrás después de haber leído muchas historias y después de haber escuchado a muchas personas narrar su vida de esos días. Nunca seré objetiva con respecto a este tema porque la opinión pública nos ha vendido siempre la caída del muro como la liberación de un país. Y así lo siento yo. Pero claro, yo sólo tenía tres años entonces. Yo no entendía nada de la vida, y sólo ahora voy comprendiendo algunas cosas. Aún así, sólo tengo la imaginación para tratar de sentir lo que ellos sintieron; sólo parto de mi moral para juzgar lo que ocurrió entonces.
Con los recuerdos, los vídeos, las historias, las imágenes, las canciones y mis veintitrés años, siento que hoy es un día de fiesta. Me emociona pensarlo. Es un día de homenajes. Siento que Berlín merece más el día de fiesta, que esta Almudena que me es más extraña que la historia reciente alemana.
"Lebensstufen" son los peldaños de la vida. Bajo este nombre se esconde un gran amigo que intenta enseñarme alemán a base de literatura clásica alemana: Goethe, Hesse,...
Lamento decirte, amigo Lebensstufen, que de momento ando luchando por decir correctamente "dreiundzwenzig" (Ich bin ... Jahre alt), así que a Hesse y a Goethe los leo traducidos. También leo traducida a Herta Müller, la premio Nobel de Literatura de 2009, cuya literatura es de las raras, raras... una especie de existencialismo y naturalismo mezclados que yo aún no soy capaz de entender. Dame tiempo. Con Müller y con el alemán.
De momento, reproduzco unos versitos traducidos del poema que me regalaste el otro día, "Stufen".
En el fondo de cada comienzo hay un hechizo que nos protege y nos ayuda a vivir. Debemos ir serenos y alegres por la Tierra, atravesar espacio tras espacio sin aferrarnos a ninguno, cual si fuese una patria.
Sólo los cantautores pueden regalar sus canciones sin más. Cuando un simple escuchante quiere regalarlas tiene que dar motivos, decir porqués, tratar de convencer con argumentos de por qué le gusta esa canción de ese o esa cantante. El tono de la voz del cantante, la letra, la guitarra, la armonía de la composición.... yo qué sé, cosas así.
Pues yo me niego a dar argumentos. Pienso regalarte una canción para cada día de la semana porque sí. Simplemente porque me gusta. Porque en este difícil comienzo de curso esta música me ha dado las fuerzas para seguir adelante y para evadirme en los momentos en los que debía hacerlo. Ahora que ya ha pasado lo más complicado, las comparto contigo, porque quizás tú también las necesites.
Se cumplen hoy diez años de aquella mañana fría de principios de curso en que la profesora de lengua, casi con lágrimas en los ojos, nos anunciaba la muerte del poeta. Yo no la entendía entonces. ¿Por qué estaba tan triste? Nos pidió que redactaramos una breve biografía del poeta y que eligiéramos un poema suyo que nos gustara.
Por entonces, que no lo conocía, elegí uno de Marinero en tierra. Diez años después, y siendo una apasionada de la obra albertiana, entiendo la tristeza de mi profesora de lengua y en mi homenaje particular elijo un poema de mi libro favorito: Sobre los ángeles.
EL ÁNGEL BUENO
Vino el que yo quería el que yo llamaba. No aquel que barre cielos sin defensas. luceros sin cabañas, lunas sin patria, nieves. Nieves de esas caídas de una mano, un nombre, un sueño, una frente. No aquel que a sus cabellos ató la muerte. El que yo quería. Sin arañar los aires, sin herir hojas ni mover cristales. Aquel que a sus cabellos ató el silencio. Para sin lastimarme, cavar una ribera de luz dulce en mi pecho y hacerme el alma navegable.
La melancolía es un sentimiento que nos ha inundado a todos alguna vez en la vida. Hay quienes son capaces de ponerle música y encajar su experiencia en unos versos.
Quería leerme El guardián entre el centeno, pero no estaba en la biblioteca, así que tomé prestado lo único que había de Salinger en ese momento, Nueve cuentos. El año pasado ya leí uno de los cuentos de esa antología, pero no me gustó demasiado, quizá no lo entendí bien. Esta vez me he saltado aquel que no me gustó el año pasado y estoy leyendo mis particulares ocho cuentos. Hay uno de ellos que me ha gustado especialmente, se titula "Teddy" y es una revelación en sí mismo. Me ha descubierto a un escritor que no conocía. Me ha enseñado a pensar y me ha dado mucha materia para reflexionar. Te dejo a ti con unas líneas de este cuento complejo y denso. Para filosofar:
A veces me sorprende el hecho de que, a pesar de mi mala cabeza y el caos que me rodea, consigo llevar una vida sin demasiados incidentes. Aquí estoy. He recordado qué línea de metro me lleva hasta casa, hoy no he olvidado las llaves y sé de sobra que hoy cumple años Andrés. Pero la celebración hoy es doble. Y el segundo aniversario es el que he olvidado.
Recibí, algún día de la semana pasada, un e-mail de la redacción del blog Cienoliletras, la maravillosa herramienta de comunicación que algunos profesores y alumnos del IES El Olivo (en Parla) llevan haciendo desde hace un año. En ese e-mail se pedía a los colaboradores y visitantes del blog que escribieran una pequeña felicitación para conmemorar el primer aniversario del blog. Y yo, sumida en mi sempiterno caos, me olvidé de hacerlo. Así que hago llegar ahora desde aquí mi particular homenaje.
Palabras, palabras.
Palabras que vienen montadas en el triciclo del hijo de Miguel Hernández. Palabras cargadas de vida adolescente: un poema, una imagen y la ilusión de verse retratado en ellas. Palabras que son un homenaje, una historia de hace siglos que es también tu historia. Palabras de cero y uno, el código binario de este lugar de encuentro. Palabras, palabras.
Palabras que lo son porque tú y yo las leemos, porque antes fueron pensadas, porque siempre las esperamos. Palabras, palabras, palabras de vida en un rincón del universo donde Serrat y el rap se dan la mano y nosotros somos espectadores de ese milagro.
Muchas felicidades y que cumpláis muchos años más.
Estación de tren a las 4 de la tarde. Octubre. Otoño. Y un sol radiante que intenta entrar a mi piel a través de los huecos del jersey calado. Estreno corte de pelo, sonrisa y semana. Aún así, ya estoy cansada. Sin embargo este sol de otoño me da la vida. Cierro los ojos y dejo que el jazz de Marta me inunde, junto con el sol, en un banco metálico de una estación de tren de Madrid. Ahora cierro los ojos de nuevo. Esta vez ante la luna. Sigo escuchando música, esta vez no es jazz. Un "últimamente" firme de Serrano, de esos de cuando uno está perdido y reconoce que en las esquinas de la vida la sobrevida acecha.
O volver a la poesía como punto de encuentro con uno mismo. Sabines me reencuentra con muchas partes de mí y dice, a los nuevos, muchas cosas que yo todavía callo.
He aquí que tú estás sola y que yo estoy solo. Haces cosas diariamente y piensas y yo pienso y recuerdo y estoy solo. A la misma hora nos recordamos algo y nos sufrimos. Como una droga mía y tuya somos, y una locura celular nos recorre y una sangre rebelde y sin cansancio. Se me va a hacer llagas este cuerpo solo, se me caerá la carne trozo a trozo. Esto es lejía y muerte. El corrosivo estar, el malestar muriendo es nuestra muerte.
Yo no sé dónde estás. Yo ya he olvidado quién eres, dónde estás, cómo te llamas. Yo soy sólo una parte, sólo un brazo, una mitad apenas, sólo un brazo. Te recuerdo en mi boca y en mis manos. Con mi lengua y mis ojos y mis manos te sé, sabes a amor, a dulce amor, a carne, a siembra, a flor, hueles a amor, y a mí. En mis labios te sé, te reconozco, y giras y eres y miras incansable y toda tu me suenas dentro del corazón como mi sangre. Te digo que estoy solo y que me faltas. Nos faltamos, amor, y nos morimos y nada haremos ya sino morirnos. Esto lo sé, amor, esto sabemos. Hoy y mañana, así, y cuando estemos en estos brazos simples y cansados, me faltarás, amor, nos faltaremos.
El que escribe y publica sus textos en internet, siente una curiosidad enorme por saber quiénes lo leen. Se tienen certezas, a veces, y otras veces acecha la duda de si aquella persona a la que le pasaste la dirección del blog hace meses sigue leyéndote, o mejor, si algún día llegó a leerte.
Yo quiero saber quién eres tú, quién es el que escribe en google "falsirego" esperando que el buscador le lleve hasta mí. Es una magia extraña esta del emisor y el receptor de mensajes en un canal tan efímero como este blog mío. Ya lo dije el otro día: debe ser que ya se me había olvidado lo que es sentirse leída. Porque renace de nuevo la ilusión de lanzarme a mirar en la barra de visitas quiénes han sido los que han dedicado un pedazo de su tiempo para leer estas palabras que, si no fuera por esta herramienta, se habría llevado el viento.
¿Qué nos pasa a los seres humanos que necesitamos engancharnos a algo? A algunos les da por atentar contra su salud y engancharse al tabaco; a otros, por la comida basura. Una vez tuve una profesora que nos confesó que, en una época de su vida, se enganchó al caldo de pollo, y que por eso nunca había probado ningún tipo de droga (aparte del tabaco), porque tenía miedo de acabar metiéndose de todo en cualquier parte.
Hay otros que se enganchan, como parásitos, a otra persona. A sus hijos, a sus padres, a sus parejas, a sus amores platónicos, al sueño que tuvieron hace dos semanas, al programa de televisión que les muestra la basura y la infelicidad de las vidas ajenas...
Mis alumnos están enganchados a juegos de videoconsola, a series dirigidas a adolescentes, al messenger, al tuenti,... Es curioso, ninguno ha confesado estar enganchado a la música o a la lectura. Y yo estoy segura de que leen y de que escuchan música.
Yo he estado estos meses atrás desenganchada del blog, y ahora me he reenganchado. En ese tiempo estuve enganchada al FB (desde la distancia no se ve tan interesante) y a mis ensoñaciones. Ahora, sigo con mis ensoñaciones y he acabado enganchándome a una serie de televisión de esas que sólo pueden verse ya por internet. Decía otro profesor que tuve que las personas consumimos ficciones. Buscamos Algo que perdimos hace mucho tiempo y que sólo podemos saciar con el juego, y que cada uno entienda el juego a su manera. Huizinga dijo en uno de sus famosos ensayos que el ser humano actual debería definirse como homo ludens.
En fin... sin juegos, sin estar enganchados a algo que sacie nuestros apetitos más primitivos, ¿qué sería de nosotros?
Oficialmente (lo dice la RAE), cambiar de aires es 'cambiar de residencia'. Entre tú y yo, cambiar de aires puede ser muchas otras cosas. Cambia de aires el que se escapa un fin de semana a la sierra para descansar de toda la semana. Cambia de aires el que, harto del lujo de su vida, decide entrar de voluntario en cualquier asociación que requiera de sus servicios. Cambia de aires el que estructura su mente de otra manera. Yo hoy comienzo un cambio de aires incorporando a mi organización mental un nuevo idioma. Tras meses de dudas, incentivos internos y externos, un estupendo viaje y un pequeño cambio de mentalidad gracias al desfase cultural de hace unos meses, he decidido apuntarme a estudiar alemán. Un cambio de aires.
Desconectar de la vida de aquí. Descubrir la versatilidad de los músculos fonadores. Aprender que uno es capaz de hacer lo que se proponga, incluido pronunciar tres consonantes juntas al inicio de palabra. Y lo más importante, tener la certeza de que en una vida hay cientos de vidas.
Hoy he aprendido algo esencial (y no han sido los números en alemán): todos somos capaces de todo. Si he podido pronunciar zwei, podré sacar adelante a mis chicos de apoyo de segundo. Aunque ello requiera tiempo. No hemos nacido aprendidos.
Cuando era pequeña no leí La isla del tesoro. En realidad no leí de pequeña nada de la literatura de aventuras escrita para niños y adolescentes en los siglos XIX y XX. Cuando uno no consume esa literatura de pequeño, luego le cuesta hacerlo de mayor. Tiene algo así como unas carencias literarias básicas que intenta suplir con las lecturas de adulto, aunque el resultado no es el mismo. De pequeña no leí nada de Verne y muy poco de los hermanos Grimm o de Charles Dickens. Lo que yo hacía de pequeña era ir a la biblioteca y beberme los libros de la colección del Barco de Vapor, de los que hoy en día recuerdo bien poco.
El caso es que a pesar de esa carencia literaria, siempre me han fascinado los tesoros. Supongo que a cualquier niño le fascinan los tesoros. De pequeña siempre escondía cajitas con monedas, cromos o juguetes y me olvidaba de ellas hasta que, meses después, aparecían en cualquier cajón o armario, o incluso bajo los cojines de un sofá. ¡Era fantástico descubrir esos mini-tesoros escondidos en cualquier parte de la casa!
Conforme fue pasando el tiempo y me hice mayor, cambié mi afición de esconder las cosas por la de guardarlas. Fue, creo, en la adolescencia cuando descubrí las cajas. En cuanto veía una caja de un material diferente o un diseño un poco fuera de lo común me apropiaba de ella y la llenaba de cualquier cosa: pinturas, postales, fotos, recortes de prensa, números de teléfono, bolígrafos, velas... lo que fuera. No importaba el contenido, siempre fue más importante el contenedor. Así hasta hoy, que mantengo esta afición, aunque le dedico menos tiempo y esfuerzo que antes.
Hoy me ha dado por abrir una de esas cajas. Si digo la verdad, a veces tengo miedo de abrirlas, siento algo así como lo que debió de sentir Pandora cuando de su famosa caja salió aquella cantidad de cosas prohibidas. A mí el miedo me entra antes. No sé qué voy a encontrar. A veces no sé si estoy preparada para encontrar. Hoy ha ocurrido algo así. Una fuerza tiraba de mí para abrirla; otra, para que no lo hiciera. Pero al final la he abierto.
Varias postales de Alemania y de Santander. Un estuche con un bolígrafo. Una carta de un antiguo novio. Y las fotocopias de algo parecido a un poemario. Recuerdo perfectamente la primera vez que las vi. Las tenía mi madre por alguna parte y yo me apropié de ellas. Entonces, no me fijé en los versos, ni siquiera me interesó averiguar quién las había escrito. Nunca hasta hoy había sentido curiosidad por esas fotocopias viejas de un libro antiguo. Me he puesto a intentar organizarlas, porque estaban muy desordenadas, muchas de las hojas repetidas y sin título ni autor por ninguna parte. Mi madre ha visto el jaleo que había organizado tratando de aclarar un poco el mini caos de esas páginas y ha recordado cuando hizo las fotocopias, aunque ni ella siquiera ha sido capaz de traer a la memoria al autor de los versos. Tras unos minutos de reorganización de las páginas, he descubierto, entristecida, que no estaban todas, que había páginas sueltas y que las fotocopias del libro en cuestión comenzaban en la página 106. Y estas son las palabras:
A Franco uno muy especial le está limpiando las botas todavía, con la venia y la bula del Sumo Pontífice... Aquí arriba, en este continente, los yankis levantaron más alto que de costumbre su viejo slogan inglés Gold's country. Pero ya sabemos quién es este Dios: una divinidad antiséptica y esterilizada que no se propaga... una especie de malaria muerta... Todos los espías, todos los traficantes de pólvora y todos los canallas del mundo llevaban a Dios en el bolsillo. Todos tenían su Dios... ¡Todos! El escarnio y la ignominia... el crimen... la cobardía y la injusticia. ¡Las babas y la Sombra! ¡Sólo los republicanos españoles no teníamos Dios!
Estas palabras me han llevado a internet y en seguida he podido comprobar que es León Felipe el autor del libro. Mi madre lo ha confirmado echando la cabeza hacia atrás, recordando. Yo, entonces, he pensado en qué le llevaría a mi madre a fotocopiar este libro. Por qué lo hizo. Por qué no soy yo capaz ahora de olvidarme de estas páginas amarillentas y tirarlas a la basura como algunos de los papelotes que estaban en esta misma caja.
León Felipe. El poeta prometeico del que nos habló Antonio Sánchez Zamarreño en una de las primeras clases de literatura a las que asistí en la universidad. De forma extraña, entre mi madre y yo se crea un vínculo literario hermoso. Y yo, que había olvidado todo de estos últimos años, recuerdo una vez más la imagen del hacha de León Felipe de la que tantas veces nos habló Zamarreño.
“A los caballeros del Hacha, a los cruzados del rencor y del polvo… A todos los españoles del mundo”. L.F.
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León Felipe
¿Por qué habéis dicho todos que en España hay dos bandos, si aquí no hay más que polvo?
En España no hay bandos, en esta tierra no hay bandos, en esta tierra maldita no hay bandos. No hay más que un hacha amarilla que ha afilado el rencor.
Un hacha que cae siempre, siempre, siempre, implacable y sin descanso sobre cualquier humilde ligazón: sobre dos plegarias que se funden, sobre dos herramientas que se enlazan, sobre dos manos que se estrechan.
La consigna es el corte, el corte, el corte, el corte hasta llegar al polvo, hasta llegar al átomo. [...] Aquí no hay más que átomos, átomos que se muerden. […] Vuelan sobre tus torres y tus campos todos los gavilanes enemigos y tu hijo blande el hacha sobre su propio hermano. Tu enemigo es tu sangre y el barro de tu choza. [...] Y el hacha cae ciega, incansable y vengativa sobre todo lo que se congrega y se prolonga: sobre la gavilla y el manojo, sobre la espiga y el racimo, sobre la flor y la raíz, sobre el grano y la simiente, y sobre el polvo mismo del grano y la simiente.
Aquí el hacha es la ley y la unidad el átomo, el átomo amarillo y rencoroso. Y el hacha es la que triunfa.
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Las cajas, los tesoros, la literatura... En el fondo, no soy tan diferente de aquella niña que solía guardar monedas para encontrarlas más tarde.
Ayer recibí más de cincuenta visitas. Tal cantidad de visitas hizo que me sonrojase. Hacía tanto que no le dedicaba tiempo al blog, que no recordaba la alegría de mirar en la barra de la derecha todas las visitas recibidas.
Las mejores visitas, igual que los mejores regalos, son las que no te esperas. Llaman a la puerta y se enciende solo el calor de un hogar, aunque sea un hogar escrito con un código binario que sólo los muy inteligentes han logrado descifrar.
No es una pregunta retórica. Me pregunto qué pasa en el mundo porque llevo unos días en los que yo paso por el mundo, pero el mundo no pasa por mí. Eso significa que no sé qué está ocurriendo en el mundo. O quizás sería más acertado decir que no sé qué es lo que dicen los medios de comunicación que ocurre en el mundo. Porque la mayoría de las veces, las cosas realmente importantes, las que nos producen el desconsuelo mayor, no se ven, no se nos muestran.
Ahora vivo un "momento Ego" que me tiene absorbida de la vida en sociedad. Esta mañana he oído algo de un terremoto pero no sabía de qué se trataba. Tras la vuelta a casa he comprobado que al menos 529 personas han muerto en Sumatra. Yo paso por el mundo, pero el mundo no pasa por mí. Y esto del terremoto es solo un ejemplo. Hay temporadas en las que uno se convierte en un ovillo de lana y sus sentidos relacionados con la socialización quedan en el cabo interno del rollo. Y aquí por socialización me refiero a interacción e integración con y en el mundo.
¡Qué pena estas temporadas de sequía social universal! ¡Qué rabia por esa llamada que no acabo de hacer, ese e-mail que he dejado de escribir y por ese par de horas que no dedico a intentar descifrar qué es lo que pasa en el mundo! Porque aunque en nuestras veinticuatro horas de soledades y colectividades no ocurra nada realmente interesante, sigue habiendo vida ahí fuera. Al mundo le sigue creciendo el pelo.
Pues sí, despierto del letargo por Salamanca y por Sabina.
Hace unos meses empecé a elaborar una serie en este blog sobre citas de Sabina. La intención era leer finalmente Joaquín Sabina. Concierto privado, escrito por un amigo. El libro lo tengo ya (desde hace tiempo). Me falta el autógrafo y que me vuelva a entrar el "momento Sabina". Se me hace grande el libro sin la pizca de mitomanía que ello requiere. Necesito dos tardes enteras, la discografía completa a mano y estar lo suficientamente atenta como para no dejar escapar ni una sola frase. Cuando tenga en mi mente esas palabras, seguro que vuelven las citas a este blog.
Sea como sea, resulta que me entero por varias fuentes, una de ellas anónima -aunque no tanto-, de que Sabina toca el 20 N en Salamanca. Y claro, me entran unas ganas tremendas de comprar la entrada, de tener de nuevo mi "momento Sabina" y de estar allí ese día. Por muchas razones: sería mi primera vez con Sabina, lo cual tiene su encanto; sería mi vuelta a la piedra castellana; sería el reencuentro con amigos... Pero, lamentablemente, no siempre querer es poder y es posible que no pueda estar allí escuchando a Sabina en noviembre. Así que, adelantaré la visita a octubre, llevaré hechos los deberes y disfrutaré de Sabina en una habitación que tiene dentro un bosque y una amiga. Si lo deseamos con todas nuestras fuerzas, seguro que sentimos que esas canciones siguen siendo solo nuestras.
Mío siempre será este boulevard de los sueños rotos. Y los sueños, sueños son.
Estos días me ha dado por escuchar de nuevo a los Celtas Cortos. Han estado en Parla en las fiestas y me he acordado de cuando los descubrí, cuando los escuchaba casi a diario y sus letras me hacían pensar. Hace mucho tiempo que no se escriben canciones en español sobre las que pensar. O para ser más exactos, hace mucho que no se da a las canciones para pensar la repercusión que deberían tener. La alegría de la vida o el amor son los temas más recurrentes en la música española actual que se escucha en la radio y en cualquier parte. Letras con poco contenido para reflexionar, letras que te dejan indiferente, letras para bailar, para tararear. Celtas Cortos, Revolver, Ismael Serrano, Tontxu, Pedro Guerra... canciones para pensar. Porque la música, igual que la buena literatura, no es sólo un regalo para los oídos, sino un impulso para el alma.
Creo que no hay mejor estación del año en la que acercarse a una biblioteca que en otoño. Uno entra en ellas mecido por el susurro de las ramas y las hojas de los árboles, esos últimos resquicios del verano que se bambolean igual que nuestros pensamientos. Uno también entra buscando el refugio del hogar, el hogar ficticio de los libros en el que encontrarse tan a gusto siempre.
Hoy he inaugurado la temporada de otoño de bibliotecas. Ha sido en Parla. Un camino lento de reflexión sobre muchas cosas, la lectura entre ellas. He entrado en la biblioteca, he saludado a la bibliotecaria y he ido derecha a las estanterías donde están las novelas. El primer impulso es siempre el mismo: agarrar el tomo de Manuel Rivas, Los libros arden mal, que tantas veces he tomado prestado y he traído a casa, y tantas veces ha sido devuelto sin leer. Tras el resoplido de resignación por la imposibilidad de leer más de seiscientas páginas en estos días de comienzos, me he lanzado a la búsqueda y captura de antologías de cuentos -¡hay que ser prácticos y pensar en los trayectos en tren y metro!-. Al final, he venido cargada con cinco libros -el máximo establecido-; dos de ellos sobre animación a la lectura. Los otros tres: Cuentos madrileños, La oveja negra y demás fábulas, de Monterroso y Tesoros y otras magias, de Cunqueiro.
He cogido un bus para volver a casa. Me gusta sentir el agua de la lluvia sobre los cristales de los vehículos mientras yo estoy dentro. Y aún más me gusta sentir la calidez de las páginas de un libro mientras fuera llueve y la gente se resguarda bajo paraguas, impermeables y marquesinas. Pensar en la lluvia de fuera y el calor de dentro me ha hecho pensar -una vez más- en la alegría de una vida gallega, con sus verdes y sus azules fuera y sus naranjas y rojos dentro, al calor de un buen libro, de un café de pota y de la imaginación cuando echa a volar.
Estamos llenos de pérdida, rodeados de ella por todas partes. Siempre perdemos algo. A veces, cosas sin importancia, el tercer boli negro de la semana, el tren a Salamanca. Lo que duele es cuando lo que pierdes es algo que te ha conformado como lo que eres. Cuando de lo que has perdido sólo te va a quedar el recuerdo feliz de los días de la infancia y adolescencia. Entonces hay que recurrir a la memoria, a las anécdotas y batallitas. Hay que convertirse de repente en un viejo de veinte años, como aquel en que se convirtieron los Celtas Cortos en "La senda del tiempo". Pero de eso vivimos, de presente y pasado a partes iguales. Eso somos. La pérdida nos constituye como seres materialistas. Si no necesitásemos de lo otro, de los otros, del Otro, no percibiríamos la pérdida. Pero está ahí. Es un hueco que se hace en el presente y queda anclado al pasado.
Vivimos con la certeza de la pérdida, pero aún así somos capaces de vivir felices. Eso es lo más fascinante del ser humano.
Disimulaba, con languidez pretendida, que aquello no le interesaba nada. En realidad, le interesaba tanto que pensaba en la manera de robarles la idea sin que ellos se dieran cuenta.
Gracias al idioma, sobrevivimos. Porque somos palabra, quién lo duda. El lenguaje es una bolsa de ideas, una metafísica que no tiene reglas, una propuesta que cada día es distinta.
Mario Benedetti, Vivir adrede.
¿Qué son las ideas?, ¿qué son las palabras?, ¿qué es el lenguaje? Relaciones. Igual que la amistad, igual que la fraternidad, la guerra o el teatro. Gracias al idioma, sobrevivimos, dice Benedetti. Lo que no dice es que por culpa del idioma también a veces estamos a punto de morir.
Está claro que no lo haré. Lo de dirigir películas no es algo que se me haya pasado nunca por la cabeza, ni siquiera me apetece. Pero, como probablemente le ocurre a mucha gente, a veces me siento en alguna parte y dejo que la vida pase como si fuese una película. Me ocurre sobre todo en el tren. Los trayectos de ida, en los que aún no pienso en el destino, se emborronan de caras desconocidas que llenan los vagones, una tenue luz del sol atraviesa la ventana y acaricia los ojos soñolientos. A mi lado, un chico guapísimo que parece salido de cualquier serie norteamericana de esas que arrasan tanto ahora. El olor es una mezcla de perfunes, jabones y ropa recién planchada. También me llega algo de aroma a café -es lo bueno de la vida real en oposición al cine, uno es más sensible a todo; incluso a los ojos verdes del chico que está sentado a mi lado-. Y también como en el cine una banda sonora inunda mis oídos. Es lo último que me descargué y puse en el mp3. Cuando las guitarras suenan fuertes, cuando la voz se hace más ronca y más profunda, se abren las puertas del vagón y entran veinticinco personas más de golpe. Más música, más sol, más ojos verdes, el aroma que emana el pelo reluciente de una pequeña de unos cinco años. Cuando yo dirija una película, existirá esta escena. Es la escena de la catarsis, de la música muy alta; de la chica que piensa en que se pasa la vida a unos pocos kilómetros, en la cama de un hospital donde alguien a quien quiere no tiene casi fuerzas para respirar y le inunda un calor repentino. El tren está abarrotado. El tren huele a gente y suena a Matt Nathanson. Esos ojos verdes no la miran a ella. Y ella piensa en el deber diario, en abandonar cualquier estudio absurdo y acompañar a quien quiere. Pero la realidad pesa más que todo eso. Se para el tren. La chica ha llegado a su destino y la canción ha terminado. La vida sigue aunque en una pequeña habitación de hospital alguien esté diciendo adiós.
love, I'm aching to believe give me something real enough give me somewhere to fall from
'cause in the dark I can't find my feet built my world on promises colorless and cold
I'm short of breath, I'm sure gone, let it wash away the best I had gone, and when I disappear don't expect me back, don't expect me back
lost, sweetest things get lost in the static far away painted pictures of you I fold don't want to be holy then don't want to be sold again the way I was with you
I'm short of breath, I'm sure gone let it wash away the best I had gone and when I disappear don't expect me back, don't expect me back
I'm short of breath, I'm sure gone, let it wash away the best I had gone, and when I disappear don't expect me back don't expect me back
at its worse the heart is sober at its worse the heart is cold, cold, cold
I'm short of breath, I'm sure gone, let it wash away all the best I had gone, and when I disappear don't expect me, don't expect me back
gone, let it wash away the best I had gone, and when I disappear don't expect me back don't expect me back don't expect me back
Como ya dije en la entrada anterior, ayer comencé a trabajar. No me ha entrado el síndrome postvacacional (¡yuhuu!), todavía tampoco me ha dado el síndrome del quemado y, como veis, he retomado con fuerza el blog. Eso sí, llevo desde mediados de agosto con el síndrome de "Quiero que llueva o refresque. En Madrid me muero de calor", que suena a grupo de Facebook. Ante eso no se puede hacer nada. Tampoco puedo hacer nada ante el cansancio que provoca la falta de costumbre de madrugar (tanto) y tirarse seis horas seguidas ejerciendo la profesión (al menos los previos, como dirían en el fútbol).
Por eso hoy tengo que agarrarme al rock estatal de los martes. Para seguir despierta y, por qué no, para que a mí la luna me sepa a mucho.
Hoy ya es oficial. Comienzo una nueva temporada, ¿una nueva etapa de nuestras vidas? Sí. Cuando he puesto el pie por primera vez en el colegio que me enseñará tantas cosas durante este curso, ha sido como recibir de golpe un chorro de luz de alguna parte. Ya es oficial, comienzo a trabajar como profesora. Me han enseñado las instalaciones del que será durante unos meses mi segundo hogar. Ha sido extraño, pero me he sentido satisfecha. He pensado en los kilómetros que anduve en Galicia, esos que supusieron un reto para mí, y los he colocado en paralelo con los kilómetros que recorreré este nuevo año. Kilómetros de trenes y metro, kilómetros de aprendizaje, empatía, paciencia, socialización. Kilómetros de vida que se abre ante nosotros y nos llega a las entradas de un colegio como un chorro de luz.
Queda oficialmente inaugurada la temporada 2009-2010 de este blog. Un blog que intentará seguir la línea de lo que ha sido hasta ahora, pero que estará lleno, esta temporada, de más vida. Al menos de más vidas, todas las que conformen lo que seré, lo que aprenderé.
Siempre me ha encantado escribir. Ayer hablaba con una amiga que me dijo que se arrepentía de no haber escrito más en lo que lleva de vida, porque ahora le cuesta rememorar el pasado sintiéndolo como entonces. Si escribimos desde la perspectiva del presente y leemos esos mensajes algún tiempo después, tendremos la oportunidad de desmentir nuestros sentimientos, ya sean presentes o pasados, y además, seremos capaces de revivir algunos acontecimientos con mayor lujo de detalles. Esta amiga mía me dijo también que para eso está el arte. La literatura, el cine, la fotografía, la pintura o la escultura son sólo un modo bello de dejar mensajes del presente para el futuro. Será por eso que aún me cuesta entender ese arte contemporáneo de las performances, jam sessions o improvisaciones. De todas éstas, las que no quedan grabadas en ningún lugar alcanzan el nivel de magia, tan solo rememorable con una eficiente área del cerebro ocupada a la memoria (¿era el hipocampo? ya no me acuerdo).
Estos días en los que, después de haber caminado mucho, estoy escribiendo poco, necesito los mensajes de otros para organizar un poco el semi-caos que uno trae tras un largo viaje. Y esos mensajes me vienen a través de la música. Parece que sólo a través de la música soy capaz de entenderme, de entender el mundo y de comunicarme. Parece como si no me apeteciese mucho contar mis experiencias, sino más bien soltar algunas citas de canciones, regalar los compases de alguna melodía y esperar que seas tú el que descifre (a tu manera) el arte que quizás se compuso cientos de años atrás y que a mí hoy me mueve el alma más que nunca. Quizá la composición que mejor describa nuestro estado de ánimo de hoy no esté aún ni siquiera inventada. Pues bien, es el tiempo de los artistas.