25 de noviembre de 2011

Estética

A E. M.

Ayer hablé con mi familia y me contaron que C., una amiga de toda la vida, sigue luchando contra el cáncer. La conozco desde hace años y siempre la he conocido enferma. Enferma pero alegre. Muy gallega ella, muy mujer, muy positiva. Nunca he sabido qué la mantenía a flote durante todos estos años. Ahora sé que está pasando por su peor momento y tengo miedo de volver a España y que no lo haya superado. La vida te abofetea constantemente.

Me acordé de mi amigo E. M. cuando hablamos de C. Sé que no ha pasado por buenos momentos últimamente. Por muchas razones que aquí no vienen a cuento. El otro día, sin ir más lejos, comentando de manera muy fugaz los resultados de las elecciones del domingo, le dije, de pasada, que me había ido a refugiar a los museos para olvidarme de todo. Y ahora que estoy pasando por un periodo en el que la verdad me resulta un elemento fundamental en la vida, lo veo muy claro. Si nos acercamos a la vida con una perspectiva estética, podemos sufrirla o vivirla mejor, más humanamente. Quizás la verdad resida en el arte. Quizás nuestro alivio, nuestro refugio último sea el arte. 

He amanecido triste, pensando en C. y en su fortaleza. También pensando en todas las mujeres que sufren, de forma diferente, la violencia -hoy se celebra el día de la violencia contra las mujeres-. Lo tengo claro, estoy en contra de cualquier tipo de sufrimiento, de cualquier tipo de violencia, dirigida a quien sea. Estoy a favor de mujeres y hombres fuertes como C. o E. M. Estoy a favor del arte y la estética como única medicina contra la melancolía, la nostalgia y los males de dentro. Y a favor del cariño y la compañía para los males de fuera, los físicos.

Hoy, que pensaba en C. y en E. M. y leía el Romancero Gitano, me he encontrado con unos versos que en sí mismos ya hacen que un día como hoy tenga sentido y merezca la pena, cuatro simples líneas, pequeñitas, insignificantes, pero poderosas como todo Lorca, como el arte cuando acude en nuestro rescate cuando más lo necesitamos:

A la mitad del camino
cortó limones redondos,
y los fue tirando al agua
hasta que la puso de oro.

Hoy mis limones son estos versos y el agua es la vida. Ojalá todos encontremos la forma de ponerla de oro.

20 de noviembre de 2011

Manuel Casal y la verdad

Aunque esto suene a grandes palabras y a él mismo le sorprenda -por su humildad hacia sí-, he de decir que mi amigo Manuel Casal, cuyo blog está cargado de belleza, creatividad y muchísima humanidad, es una fuente de inspiración continua para mí.

Dice que está sobrecargado de actividad. Y se le nota en el blog y en los comentarios que hace por las redes social. Yo creo que está lleno de vida. La vida es eso también, mantenerse activo. Pero mantenerse activo con una actitud humana de búsqueda de la verdad, sobre todo. La verdad de uno mismo y de lo que hay alrededor. Aunque eso de verdad sea un concepto muy elevado, la práctica de la verdad es algo al alcance de todos.  Y Manuel vive con la verdad como punto de partida, por eso es tan inspirador.

Ayer publicó unas palabras en su blog que no deben dejar indiferente a nadie, lo más inspirador que he leído en la última semana junto con los sonetos de Shakespeare. Las releo constantemente porque son una fuente de verdad y de sentido común. Son fuente de vida. Creo que privar a la gente de su lectura es el mayor desperdicio, por eso me convierto en vocera de su palabra por un día. Te regalo sus palabras como él las regala a diario en su blog, y te invito a que leas su blog, una pequeña casita, Casa L, a la que hay que entrar con la mirada curiosa y ganas de seguir aprendiendo. Porque uno nunca sale de allí indiferente.

El arte es una puerta de otra vida

Si entras en contacto con el mundo del arte, aprovéchalo. Pocas veces en la vida estarás más cerca del placer intenso y sereno. El arte capta, entre otras cosas, la belleza que hay en las personas y en las cosas. Mira la realidad y el arte con ojos limpios, pero míralos y gózalos.

Todos tenemos algo de belleza. Estoy seguro de eso. Deja que los demás contemplemos tu belleza. Una belleza que no se comparte es como si no existiese.


Y, sobre todo, desarrolla tu creatividad. Inventa. Atrévete. Mira todas las posibilidades. No te contentes con lo que hay, que contentarse es de pobres vitales y hay que ser ricos hasta hartarse de vivir. Sé libre. Quítate de encima los prejuicios que te tienen encorsetado. Déjate llevar por tus impulsos, con cuidado de no molestar a nadie. No te calles nada. Procura soltar lo que te salga de dentro. Experimenta. Huye de lo simple. Siéntete cerca de la gente, de las cosas y de la Naturaleza. No te olvides de que a la realidad le gusta ocultar la belleza, pero que tenemos que descubrirla, vivirla y gozarla. Nunca creas que estás solo. Estás en el mundo y el mundo siempre está por descubrir. Comparte. Pregunta. Ofrécete. Saca de ti todo lo que llevas dentro. Vive intensamente. El arte es la puerta de una vida nueva.

18 de noviembre de 2011

Reflexión post-electoral

Algunos de mis amigos de Londres me lo han notado. Ayer uno de ellos me lo dijo directamente: "Se te nota preocupada, puedo notar la tensión". A F., mi compañera italiana, y a mí la prensa nos golpea cada mañana desde hace varias semanas. Pero estos últimos días a mí se me nota especialmente tensa. "Son las elecciones en España", les explico. Resumo rápidamente cómo están las cosas y cómo estarán a partir del domingo. Aunque aquí nadie es oráculo para adivinar quién ganará, las apuestas están hechas y hay un partido que tiene más papeletas para ganar que el otro, y nunca mejor utilizada la metáfora de las papeletas.

Cada mañana me levanto un poquito más angustiada y cuando hablo de la situación de desempleo, de las revueltas por los problemas en educación, de la falta de buenos políticos y de programas visibles y reales que ayuden a España a convertirse en un país de presente y de futuro; cuando hablo de estas cosas, se me llenan los ojos de lágrimas. "Se te nota preocupada". Las palabras de E. resuenan una y otra vez en mi mente. Es cierto que soy una persona sensible y que expreso abiertamente mis emociones, pero nunca habría podido llegar a imaginar que la situación de mi país me iba a tener con el alma en un puño, con el rostro preocupado y la mirada perdida. Mis amigos españoles me dicen que no vuelva, que me quede aquí. Y creo que es una buena opción, pero yo quiero a mi gente y a mi país como la que más y también quiero volver. Echo de menos muchas cosas. Pero aquí vivo sin incertidumbres. Me siento entre dos tierras, y nunca mejor dicho. Pero esta de ahora no es mi tierra, ni siquiera esto se parece a Inglaterra. Esto es una burbuja inventada por un grupo de personas interesadas en una educación de prestigio para las elites. Esto es un oasis boscoso en medio de la ciudad. Un oasis donde me enseñan a hablar inglés, donde me están dando todas las oportunidades del mundo y donde me sigo haciendo una mujer. Pero a veces sospecho que esto no es la vida tal y como yo la había conocido hasta ahora y como tendré que afrontarla cuando acabe el año.

Quedan tan solo dos días para las elecciones. Mañana no será jornada de reflexión para mí, porque mi voto voló hace ya varios días hasta la mesa electoral de mi colegio de Parla. En mi familia, que el día de elecciones siempre ha sido un motivo de regocijo, de fiesta, de democracia e ilusión, el próximo domingo puede que se plantee como un día triste. El lunes seguirá habiendo paro y puede que el banco europeo tenga que rescatar a España de su deuda. Para mí el domingo será otro día londinense más, con frío, con patos y con paseos. No habrá el vermú de los domingos de elección, no habrá regocijo, fiesta, democracia e ilusión. Estaré lejos de casa y casa estará lejos de mí. El domingo echaré de menos a mi país de charanga y pandereta. Y a las personas que me enseñaron a pensar y a creer en la democracia hablando durante las comidas de la gran diferencia entre el rojo y el azul.

12 de noviembre de 2011

Presente o lo que hace un día diferente.

Otra vez el tren. Esta vez en inglés. En realidad, otra vez el metro.

La línea es la verde, District Line. Ocupamos seis asientos. Enfrente de mí un señor lee Big Woods, de Faulkner. Está concentrado y nervioso al mismo tiempo y posiblemente a causa del barullo que armamos con nuestra conversación se cambia de asiento para seguir leyendo tranquilamente. Nunca antes había visto a alguien leer a Faulkner en el metro. Faulkner me recuerda a M., y no creo que M. lea a menudo en el metro, quizás por eso no asocio al escritor con el medio de transporte. Nosotros, mientras el señor de mirada concentrada lee a Faulkner, vamos a un mercado de alimentos en el centro de Londres. Es el lugar favorito de E. El mismo E. que me enseñó al compositor inglés Adès y con quien he compartido un verso de TS Eliot. E. es un E. diferente al de hace siete años, pero ama la música tanto como él. Ama la música y se entusiasma con Londres igual que se entusiasma con la izquierda política, la comida de Borough Market o la forma en que K. le dice que le quiere. La visita al centro es diferente a las anteriores visitas al centro. En el metro solo escucho inglés, aunque hay alemanes, una italiana y yo. Es un día diferente. Es noviembre pero no hace frío. Por la mañana el sol parecía la luna, posiblemente porque anoche hubo luna llena y al mirar al sol por primera vez una capa espesa de neblina y nubles lo ha convertido en una esfera de color blanco. El recuerdo de la luna de ayer ha pintado de blanco el sol. Es un día diferente porque he vuelto a leer a TS Eliot, porque ahora conozco a un compositor más y porque sé, con una certeza empírica, que en Londres se pueden comer el mejor paté de trufa y el mejor queso del mundo. Es un día diferente porque hemos sobrevivido al 11/11/11. Yo sobreviví a él en Hyde Park igual que Faulkner ha sobrevivido al metro. Es un día diferente porque por fin me he dado cuenta de que pasado y futuro no existen, de que solo existe el presente y hay tres formas de llamarlo según si se trata del presente de hace un segundo, el presente de ahora mismo o el de dentro de un segundo. Me lo ha dicho TS Eliot otra vez, con su poesía genial. No es que Londres, o la comida, o el metro, o E., o hablar en inglés, o el otoño hayan hecho de hoy un día diferente. Lo que hace que hoy sea un día diferente es la certeza de saber que vivimos en un constante presente. Y eso es un regalo.

9 de noviembre de 2011

Madrugar


Londres se parece a Salamanca a las ocho o a las ocho y media de la mañana. Supongo que todas las ciudades, cuando se despiertan, son la misma y van adquiriendo su carácter propio a medida que avanza el día. Creo que si me preguntaran en qué se parecen ambas ciudades sólo podría responder eso, se parecen en sus despertares.

Me he dado cuenta de que Salamanca y Londres tienen despertares similares -además muy parecidos también a los despertares de Parla, Hamburgo o Santiago de Compostela-, porque de repente he decidido madrugar. Siempre me ha gustado madrugar, supongo que esa costumbre la he aprendido en casa, donde a partir de las siete de la mañana la vida empieza a cobrar vida. El caso es que las primeras semanas en Londres no he estado madrugando tanto como a lo que estoy acostumbrada, y no me sentía yo muy yo con el nuevo hábito, aunque tampoco tenía el ánimo listo para madrugar. Hasta que he decidido hacerlo. Al igual que dormir bien, madrugar nos hace un poquito más felices, y no tengo una prueba científica de ello, simplemente experimento empíricamente con mi propio organismo.

Las siete es una buena hora para decirle "buenos días" al día. Un café, una ducha, un desayuno energético en el comedor del colegio... todo esto le da al día una perspectiva nueva. También permite hacer las cosas más relajada, porque las clases no empiezan, en el peor de los casos, hasta las nueve y media. Así que, con el cuerpo más cargado de vida desde antes, uno mira al mundo con los ojos y la mente despejados, toma decisiones menos precipitadas, disfruta de la brisa matutina que recuerda la brisa matutina de todas las ciudades del mundo a las ocho de la mañana y se prepara para agarrar con fuerza un nuevo día que, para el que madruga, tiene más horas que para el que no.

Revivir la experiencia que supone madrugar es otro de los pequeños regalos que me estoy haciendo en este otoño londinense.




Foto tomada del periódigo digital Telegraph.

8 de noviembre de 2011

Todo cambia

Todo cambia.

Creo que esto ya lo he dicho antes, además utilizando las palabras de Mercedes Sosa. Y es verdad, todo cambia. Y lo bonito es darse cuenta de ello, ser conscientes de que dejamos de ser un poco nosotros para convertirnos en unas versiones, posiblemente mejoradas, de nosotros mismos pero del futuro. Nosotros más nosotros que nunca.

Digo que todo cambia porque últimamente me he dado cuenta de que me gustan cosas que antes no me gustaban, que empiezan a dejar de gustarme otras y que las cosas malas que estaban atrás y de las que quedaban aún remanentes, comienzan a perder interés y fuerza, por lo que suelto lastre y vacío la maleta para lo nuevo que viene pegando fuerte. El cambio es siempre un alivio. Ayer me dijo una amiga que consideraba que yo era "refreshing", y posiblemente sea por esa capacidad que tengo de adaptarme al cambio o por lo cambiante que soy yo misma. No sé si ser refreshing debo tomarlo como un cumplido, pero me gustó que me definiera así, porque en cierto modo así es también como yo me siento últimamente.

Ha habido en mi vida pequeños y grandes cambios. Como anécdota diré que ahora, tras años renegando de ellos, me gustan el italiano y los musicales. Vivir para creer.

6 de noviembre de 2011

Somos seres naturales

Cuando decidí aceptar la beca para venir a Londres, imaginé la experiencia londinense como una experiencia urbanita, porque Londres, junto con Nueva York, es la ciudad, por antonomasia. De hecho, posiblemente, en Europa, Londres sea la que más merezca el título que le acabo de otorgar.

Sin embargo, mi experiencia real de Londres es una experiencia muy natural. Natural en varios sentidos. El literal, el que salta a la vista, es ese que tiene que ver con que vivo en un lugar rodeado de naturaleza mire por donde mire. Al asomarme a la ventana de mi cuarto veo árboles y un río. Es un tramo un poco estrecho del Támesis el que me saluda cada mañana, pero es una bonita y brillante masa de agua. Está ahí siempre y me hace feliz porque, como ya escribí aquí alguna vez, yo misma soy pura agua. Así que el río y yo nos mimetizamos el uno en la otra creando una unidad líquida que equilibra la solidez de los árboles y los caminos que también forman parte de este entorno. El río, los caminos y los animales. Nunca en una ciudad me había sentido tan parte del paisaje natural. Soy un elemento más aquí. Siento que combino bien con los zorros, las ardillas, los gansos y las arañas. Y ese sentimiento, estando en Londres, me causa a la vez una mezcla de extrañeza y normalidad difícil de expresar con palabras.

Vivo entre Hammersmith y Barnes, estando el segundo caracterizado por ser una zona acomodada de Londres. Un área que tiene un parque natural y tienditas pequeñas y acogedoras donde comprar ovillos de lana o las mejores calabazas de la zona. Barnes es un barrio-pueblo donde la llegada del otoño se vio reflejada claramente en el color del cielo y de las hojas de los árboles. Y ese momento llegó de la forma más natural, porque la naturaleza y la civilización -si es que se pueden contraponer estos términos de este modo- se fundieron en uno, como el río y yo cada día.


Con respecto al sentido más metafórico de la experiencia natural que está siendo Londres, tengo que decir que las cosas suceden con sencillez y facilidad. Todo es natural. El contacto mismo con la ciudad y el paisaje, las relaciones con la gente, el modo en que me voy volviendo más fluida en inglés y la capacidad de ser equilibrada, sincera y justa con la gente. Todo ocurre como en un proceso natural lento pero afianzado. Es como la coloración -o decoloración- de las hojas y el acortamiento de los días. Todo sucede de forma paulatina pero constante y real; de forma muy natural. Y yo soy tan consciente de ello y he reflexionado tanto acerca del tema, que quería dejar constancia escrita aquí de que somos seres naturales y de que esos trozos de naturaleza real de los que estamos hechos afloran siempre y cuando estamos atentos a nuestro alrededor. Porque, eso sí, nunca podremos ser seres naturales si no abrimos bien los ojos, miramos a los demás y a lo demás con curiosidad y aprendemos que formamos parte de algo mucho más grande e importante. Algo que es visible y tangible, no una simple idea. 

Te voy a pedir un pequeño favor: sorpréndete con la naturaleza, mira con ojos bien grandes lo que está más allá del bloque de pisos donde vives, porque siempre hay algo más. Solo depende de los ojos con los que lo observes.

29 de octubre de 2011

Londres

Una entrada de una sola línea. Por si no había quedado claro.

Me encanta Londres.

28 de octubre de 2011

27 de octubre de 2011

Norwegian Wood

Que es como decir Tokyo Blues, de Murakami.

Lo leí hace ya casi un mes, pero la melodía resuena en mi cabeza y me tropiezo con ella en rincones insospechados. Como con la trama. Es apasionante la manera en que algunas novelas te atrapan y no te sueltan. Te agarran fuerte de la mano y te van guiando por un trocito de la senda de tu vida. Tokyo Blues no me suelta de la mano en Londres. Sus personajes, marcados todos por la muerte y el suicido, se parecen tanto a mí y a la gente que me rodea, que tengo miedo de que alguno de nosotros nos convirtamos en ellos. Los llamo personajes porque siempre olvido el nombre de los seres que habitan los libros, pero todos tienen un rostro, y todo tiene su música, su luz y sus paisajes. Todos tienen entidad aunque los personajes hayan perdido sus nombres.

La melodía que abraza a todas las personas que aparecen en el libro -y perdónenme los críticos literarios por llamarlas personas, pero los siento tan de carne y hueso y tengo tan claro que me los cruzo a diario en el metro, que no puedo evitarlo- es de los Beatles. Siempre me han gustado los Beatles y siempre los he escuchado muy poco. Porque mi hermano, que es el maestro musical de mi infancia y adolescencia, nunca los escuchaba. Ahora vivo en el país de los Beatles y sigo sin escucharlos. Y tuve que descubrir Norwegian Wood de la mano de un escritor japonés. Me alegro de haberlo hecho en Londres. Aquí tiene más sentido. Aún así, los Beatles quedan borrosos, como la marca de agua de una fotografía, en el panorama inmenso que está siendo Londres. Hasta ayer.

Covent Garden y un cantante callejero. Eran las siete de la tarde y la ciudad estaba fría y oscura. Ahí estaba él, en mi mente lo llamé Matt. Tocaba la guitarra y cantaba, y a veces se atrevía con la armónica. El frío era intenso, pero la música me atrapó, como la historia de Tokyo Blues. Y escuché y escuché hasta que sonó Norwegian Wood y se me quedó enganchada en el rincón secreto donde se guardan las melodías que reaparecen horas, días o meses después. Esta mañana, cuando he salido a mirar cómo las hojas de los árboles ya han caído o se han teñido de rojo, como mi pelo, de repente ha salido a pasear también la melodía. Y durante horas la he tarareado sin saber qué tarareaba, dudando entre varios de los grupos y cantantes que ando descubriendo últimamente -¿Tracy Chapman?, ¿Neil Young?, ¿Counting Crows?-. Ha sido ahora, hace apenas media hora, cuando al escuchar las notas de la guitarra que Daniel ha comprado para amenizar -más aún- la vida en West House, cuando he pensado en ese personaje maravilloso de Murakami que toca Norwegian Woods. Y entonces todo ha vuelto a tener sentido: la melodía, los paisajes de esta mañana, las personas que pueblan Tokyo Blues, la vida en Londres, los Beatles, el otoño. La vida es una espiral. No dejaré nunca de pensarlo.

23 de octubre de 2011

100


Lo que escribo hoy aquí es importante. Primero, porque me planto delante de la pantalla, cojo aire y escribo. Llevaba muchos días sin estar a solas conmigo misma. La vida de los últimos meses ha sido muy ajetreada y cuando por fin llegaron las vacaciones, las compartí. Así que podría decir que no he tenido apenas tiempo para pararme y pensar, para pararme y escuchar. Escuchar lo que la gente me dice, lo que la música me dice y lo que yo misma me digo. Ahora llega ese tiempo, las verdaderas vacaciones.

Por eso hoy es importante. Porque he recargado las pilas del hueco interno que llamo "hogar". Espero que dure con buenos niveles hasta navidad. Hoy estoy recargada del cariño de la familia. Y cansada. Llega ahora el tiempo del descanso, de la soledad y de la ciudad. La ciudad que uno se aprende cuando está solo. La ciudad que mira con ojos limpios como la lente de la cámara que usa para retratarla. A partir de mañana recorreré esta ciudad, que empieza a resultarme familiar, sola. Es todo un reto para mi nivel pésimo de orientación. Pero lo espero con ganas.

Hoy también es importante porque me volvieron las ganas de escribir gracias a la lectura del blog de un amigo. Leyéndolo a él me han venido recuerdos de cuando escribía en el blog a diario, de cuando siempre tenía algo que decir. Ahora pienso que o he relativizado mi necesidad de expresarme, o me he vuelto más celosa de mi intimidad expresiva. El caso es que escribo menos. Lo sabes, tú que abres alguna que otra vez esta página buscando una actualización y ves que todo sigue como siempre. Ahora me tomo mi tiempo. Todos necesitamos nuestro tiempo para todo. Escribir también requiere de unos momentos. Así que, gracias, Y., vuelvo a escribir porque te he leído antes.

Otro de los motivos por los que lo que hoy escribo es importante es que esta es la entrada número 100 de este año. La verdad es que nunca he sido supersticiosa de las cifras en el blog y si te soy sincera, me hace más ilusión el 99 que el 100. El 99 me suena más infinito, me parece más espiral que el 100, que no deja de ser un mero círculo que lo contiene todo. Pero bueno, dejémonos de sinestesias raras, el 100 siempre es una cifra para celebrar. Y hoy es el día 100 de escritura en este año 11 al que le quedan menos de tres meses de vida. Y se nos fue.

Hoy han nacido y han muerto muchas personas. Ha muerto un motociclista famoso, pero también habrán muerto los familiares de mucha gente a la que no conozco y seguro que me caería bien. Eta dijo adiós a las armas hace tres días y Andrés, que es seis días mayor que cuando vino y ha caminado y cambiado tanto en este tiempo, me ha dicho adiós en una estación de trenes londinense. Y no he sentido pena. Milagros de la tecnología moderna. He vuelto a mirarle a los ojos esta tarde, y eso que estaba a cientos de kilómetros de distancia.

La vida sigue y se cumplen 100 días de escritura y nacen siete días de semi-soledad, de charla interior, de ciudad, de amigos de la distancia, de retomar conciencia de quién, cómo y por qué soy. Y me apetece. Y me apetecía escribirlo. Porque Y. me ha empujado, con su blog, a retomar el mío. Y el 99 o el 100 siempre son dignos de celebración.


9 de octubre de 2011

Estar fuera

Cuando uno está dentro, no se da cuenta de todo lo suyo. No aprecia igual el sabor de las patatas fritas en aceite de oliva, ni el del jamón, encuentra los abrazos y muestras de cariño como algo común, empieza a leer novelas y poesía en otros idiomas, por no decir que le cambia el idioma a su colección de música. Porque lo que está dentro siempre estará ahí.

Pero cuando uno está fuera, aprecia lo suyo con un sentimiento diferente. Uno se vuelve defensor de lo suyo a costa de todo: el idioma, la comida, el clima, el paisaje, la música, el cine... Yo esta semana he descubierto a Penélope Cruz y me he sentido orgullosa de tener a Almodóvar, he cocinado tortilla de patatas y he empezado a escuchar con un poquito de nostalgia esto:


Estar fuera está muy bien. Pero también está bien echar de menos lo propio.

5 de octubre de 2011

Diccionarios

En esta casa los diccionarios están tan presentes en nuestro día a día, que incluso se han convertido en nuestros topes de puertas favoritos.

3 de octubre de 2011

Inglés, ¿idioma universal?

Cuando uno sale fuera de casa, y creo que no exageraría mucho si dijera que al dar la vuelta a la esquina, necesita los idiomas. O al menos una sensibilidad especial para comunicarse. Mi madre, sin ir más lejos, que trabaja a un paso de casa, necesita el lenguaje universal de los gestos y las sonrisas y siempre consigue comunicarse. Es cierto que los extranjeros con los que trata mi madre son inmigrantes. Ellos le piden una fotocopia, un sobre, ayuda para rellenar las solicitudes del colegio de los hijos, y lo hacen con respeto, con paciencia y con una sonrisa. Y ella, que también es del tipo respetuoso, paciente y sonriente, consigue entenderse siempre con ellos. Aunque acaben de llegar de sus países de origen y no sean capaces de balbucir siquiera un "buenos días".

Aquí, en Londres, me topo con la barrera idiomática a diario. A pesar de los años estudiando el idioma, todavía ayer aprendí a diferenciar "ciruela" de "ciruela pasa" en dos palabras que ya conocía pero que siempre asocié a realidades diferentes. Pero el problema de Londres, o mejor dicho -y seré más honesta y más justa-, el problema con el inglés, es que es un idioma que se sabe el centro del universo, el soberano absoluto, la lingua franca universal. El estilo anglosajón no es, en general, del tipo respetuoso, paciente y sonriente. Suele ser alguna de estas tres, pero no siempre las tres van en el mismo bloque. Por lo que nos encontramos, los no nativos, con la lucha diaria del idioma, soportando el desprecio de algunos cuando a la tercera vez que nos repiten algo que aprendimos con la pronunciación española, seguimos sin entender ni papa. Aquí falta mucha paciencia, diría yo. 

Sin embargo, las cosas del idioma no son tan horribles en Londres. Estamos rodeados de inglés por todas partes, pero también de español. Cuando los españoles hablamos entre nosotros, ya tenemos la jerga propia que incluye palabras en inglés. Es divertido, aunque yo soy más de las de: "por favor, háblame en inglés, que estamos en Inglaterra". Luego también está el hecho de que mi casa, una especie de pequeña Naciones Unidas, es una torre de Babel, el paraíso de todo filólogo. Una casa que me ha devuelto el interés por el francés y me lo ha despertado por el italiano. También esta casa me ha recordado lo difícil que es el alemán y lo extendido que está el español por el mundo, aunque la gente no sea capaz más que de chapurrearlo un poco y a duras penas. Y en esos momentos de intercambio lingüístico, de dudas idiomáticas, de lucha contra el francés que aprendí hace años o el italiano que empiezo a articular, siempre aparece el inglés como vehículo salvador, siempre está ahí de apoyo, de guía, de modelo. Y aunque los hablantes nativos de inglés se alcen victoriosos ante la soberanía de su lengua, yo respiro aliviada y agradecida por disponer de ese recurso. Me alegra saberme poseedora de tres idiomas y de seguir en mi camino lento hacia el multilingüismo, y alzarme victoriosa ante la soberanía del conocimiento, que no es dominar la lengua mundial, sino estar abierto a la comunicación y poder abrir el cajón genético donde están el respeto, la paciencia y las sonrisas que mis padres me enseñaron a usar siempre. Y esos, esos sí que conforman una lengua universal.

19 de septiembre de 2011

Ser normal

"Lo que nos hace personas normales es saber que no somos normales"

Murakami, Tokio Blues.

5 de septiembre de 2011

Carta a los no docentes


Lo que enlazo a continuación es el link al blog de un/a profesor/a que se dirige a los no docentes para informar un poco más acerca de lo que está aconteciendo en la Comunidad de Madrid con respecto a las políticas en educación. 

Incluyo, además, un vídeo muy interesante que circula por internet en el que se explican, a grandes rasgos, los resultados a los que estamos llegando con la política de recortes y no inversión en educación.

Creo que nadie debe quedar impasible ante los acontecimientos de las últimas semanas. La base de todo es la educación. Sin educación no hay formación. Sin formación seguirá sin haber trabajo. Sin trabajo no hay dinero. Si nos quieren negar un derecho fundamental, debemos estar preparados para combatirles.

Por una educación de calidad para todos, sin discriminación, sin favoritismos, con los ojos puestos siempre en el alumno.

Carta a los no docentes (link)

Septiembre

Septiembre lo revoluciona todo. Septiembre arrasa siempre con las certezas del verano, apaga poco a poco el sol y refresca las mentes con promesas renovadas de cambio. 

Septiembre de 2011 es, un poco como lo son todos, un septiembre triste. Triste porque nos llegan noticias de recortes en educación, de falta de recursos económicos para lo que algunos consideramos lo primordial. Septiembre, el mes de la vuelta al cole, se convierte este año en un pequeño infierno para miles de personas que pierden su trabajo, sus esperanzas y para quienes esta vez no hay vuelta al cole. Los institutos y colegios se han dado la vuelta.

Septiembre de 2011 es un septiembre de aniversario también. Un septiembre que nos recuerda que el tiempo pasa y las heridas poco a poco se curan, aunque queden abiertas. Pero quizás sea mejor no mirar atrás a la catástrofe, sino mirar hacia delante y construir futuro juntos. Algo que, desgraciadamente, encuentro difícil, tan llenos de resentimientos como estamos.

Septiembre, un mes para repensarnos, como enero. Un mes para dejar volar la imaginación y pedir deseos acerca de aquello que queremos para el nuevo curso. Septiembre, mes de retos, comienza la carrera de fondo. Un breve vistazo al verano, un guiño de ojos. Dejar que la puerta se cierre y seguir caminando el camino dulce del otoño.


28 de agosto de 2011

Deshacer maletas


Cuando uno viaja para quedarse, hay un momento crucial que debe superar, el de deshacer las maletas. Cuando alguien comienza a hacer su habitación suya y llena con su ropa los armarios, y pone fotos de su gente cerca de sí, comienza a preocuparse por si hará frío en invierno y necesitará una manta o no, entonces uno se da cuenta de que el viaje ha terminado y empieza el momento de echar raíces en el nuevo lugar. Da igual si será para uno o dos meses o durará para siempre, pero el momento de deshacer las maletas aparece y llena de miedos al que las deshace. Creo que son unos miedos comunes y básicos: el miedo a saber si se llegará a integrar bien en el nuevo espacio, el miedo a la soledad, el miedo al fracaso, el miedo, a veces, al idioma. Los miedos siempre son irracionales, por eso aparecen de vez en cuando sin que nosotros queramos que estén ahí.

Estos días de viaje y maletas vaciadas, no he parado de pensar en las generaciones de españoles emigrantes a cualquier parte de Sudamérica y Europa, desde el comienzo de la Guerra Civil hasta el final del franquismo. Más que en los expatriados o exiliados, pienso en los desarraigados, en aquellos que buscaron fuera de las fronteras lo que España no pudo, quiso o supo darles. Pienso en esas generaciones de personas mucho menos preparadas académicamente (aunque sí mental y moralmente) que viajaban con una sola maleta en la que llevaban un par de camisetas, un vestido o un pantalón de pana y poco más. Conocían tan solo su lengua, pero tenían ganas de salir adelante y triunfar. Comparo el sueño americano con el sueño español y me avergüenza un poco el hecho de que todos aquellos españoles tuvieran que haberse ido de España para cumplir el sueño español. Es cierto que muchos regresaron e hicieron su vida en su tierra, se trajeron la riqueza de los países que los acogieron y vivieron después, o viven ahora, mejor que los que se quedaron. Pero tuvieron que escapar porque el país no satisfacía sus necesidades de vivienda digna, trabajo y comida. ¿Ocurre ahora lo mismo? ¿Se está convirtiendo el sueño español en el sueño europeo/americano o internacional? ¿Por qué permite el país que sus jóvenes echen a volar?

Las últimas reflexiones quizás producen más temores que el deshacer maletas y sentirse fuera de casa por unos meses. Porque al fin y al cabo, los tiempos han cambiado, y ahora podemos vernos las caras aunque estemos a miles de kilómetros de distancia, tú puedes saber de mí sin esperar que el cartero aparezca con una carta, porque esta es mi carta, pero, ¿se preocupa el país por todas las cartas que los nuevos emigrantes les enviamos a nuestras familias y amigos? No, porque no las ven. Ahora el país se va vaciando poco a poco, y llega el tiempo de que todos los movimientos sociales les hagan ver a los que tienen el poder, que el poder real, el de la juventud, se les escapa poco a poco de las manos.

Algunas de estas reflexiones se han ido gestando después de ver esto. (Pincha encima del enlace para acceder al vídeo)