12 de junio de 2012

Exámenes


Esta mañana, andaba por los pasillos del colegio y he visto en el laboratorio de idiomas a mis chicos mayores estudiando juntos para su examen de español. Tan concentrados. Con sus pantalones chinos, zapatos de vestir y sus camisas abotonadas hasta arriba. Ya no llevan corbata porque se supone que estamos ante el uniforme de verano que les libera un poco del sofoco de la misma. La imagen era divertida. Son como los adolescentes españoles preparándose para las PAU, pero más elegantes y quizás un pelín más educados. Sus pies de la talla cuarenta y tres envueltos en cuero de calidad, no en zapatillas de deporte. Y, por supuesto, nada de chándal. Ese es el vestuario de este colegio, una de las cosas que más echaré de menos el próximo año. He entrado a saludarles, y como los adolescentes españoles a escasos minutos de hacer la selectividad, casi ni me han mirado a la cara de lo nerviosos que estaban. A veces me pregunto dónde está la politeness inglesa.

He seguido caminando y, frente a la puerta de uno de los teatros del colegio he visto a una pareja de estudiantes recitándose el uno al otro el texto del que se les examinaría unos minutos más tarde. Andaban más descamisados que mis estudiantes; al fin y al cabo, los teatreros son más caóticos que el resto. Conocían su papel al dedillo, pero seguían recitándolo una y otra vez, riéndose a carcajadas el uno del otro, atropellándose el discurso -quizás tenía que ser así-.

Después he visto la biblioteca llena de más estudiantes, todos con sus trajes o pantalones chinos y camisas elegantísimas. Se tiraban bolas de papel de mesa a mesa, se escribían o dibujaban mensajes obscenos en los cuadernos y no paraban de tocarse el pelo con desesperación, como si el masaje capilar hiciera entender mejor el teorema o aprender más rápido la lección.


La Magdalena leyendo. Van der Weyden


Me encantan las bibliotecas y los colegios. Me encantan los centros educativos, la vida que rezuma en ellos, el sentimiento de comunidad y compañerismo. Pero especialmente me gustan en épocas de exámenes. Me encanta ese vibrar de pensamientos, la agitación de cuerpos, el nerviosismo, las carreras, las avalanchas de bolas de papel. Ellos no lo saben, pero yo también estoy pasando por mi particular periodo de exámenes. Los veo a ellos y empatizo, querría meterme en la biblioteca, sentarme en uno de los pupitres cercano al de Leo o Ed y estudiar Pragmática o Sintaxis mientras ellos hacen repaso de toda la lista de reyes ingleses o de las causas de las grandes guerras. Pero las diferencias aquí te las dejan muy claras: mayor vs. menor; profesora vs. alumno; masculino vs. femenino; clase muy alta vs. clase media-baja... Por eso me gustan los exámenes, me gusta el estudio, porque igual que en la Edad Media se creía que la muerte igualaba a todos, yo creo que es el conocimiento el que nos pone a todos en el mismo nivel, el intelectual y el moral, que es al fin y al cabo el que vale más. El estudio nos humaniza, nos hace tan iguales que esta mañana los Gucci de SPS no se diferenciaban en nada de las zapatillas del rastro de mis chicos de Villaverde.







11 de junio de 2012

En-cuent[r]os (5)


El encuentro con la Naturaleza es tan esencial como el encuentro con la Cultura.

Margaritas, en Barnes


Libro escrito en chino, entre Barnes y Hammersmith

10 de junio de 2012

Nil


Eran las dos de la tarde y Nil acababa de despertarse, con un tremendo dolor de cabeza, tras los excesos alcohólicos de la noche anterior. Los excesos alcohólicos de su día a día. La única forma de entrar en calor era beber whisky al finalizar su jornada laboral. Bebía hasta la una o las dos de la madrugada, solo, en la habitación que tenía alquilada en Angel. Después dormía hasta que el dolor de cabeza y la resaca se le pasaban solos.

A esa misma hora, Kiran se paseaba con su juventud y su belleza metidas en bolsas de Gucci, Tod y Ralph Lauren cerca del barrio donde a mí tanto me gustaba pasearme con Francesca y Eldon. No había límites en Bond Street para su desparpajo y la tarjeta de crédito de sus padres. Al fin y al cabo, los dieciocho no se cumplen a diario. Por su mente se pasó, durante tan solo un par de segundos, que debía estudiar para los exámenes de la semana siguiente, el partido de criquet amistoso que jugaría en el patio del colegio al que ahora decía adiós y quizás la joven rusa que le había robado el corazón unos meses atrás. Pero tan solo le reservó esos pocos segundos a ese pensamiento, porque lo que quería era llenar su armario de verano con lujo y elegancia. 

Hablé con Kiran fugazmente esa tarde; Francesca y yo habíamos decidido pasar nuestro día en los museos tras el cambio de planes inesperado de mi fin de semana. Yo estaba triste. Pero como siempre que estoy triste, la felicidad me iba persiguiendo por las esquinas, sacándome una sonrisa en cada obra de arte que brillaba ante nuestros ojos. De repente, mi vida se llenó de imágenes que otras personas habían captado para que yo aquella tarde dejara de pensar en eso que me había preocupado tanto desde el día anterior y en lo que vendría más tarde, en forma de email, ese adiós definitivo tan triste que ninguno llegaremos nunca a entender. Entre el adiós y Nil, Kiran nos escribió para decirnos que no podría acompañarnos para tomar unas pintas en South Kensington. Y con su inglés, ese inglés que me encanta, nos describió su tarde de compras. En unas palabras me transmitió una imagen que ni el más avezado de los fotógrafos podría haber captado con la luz y el tiempo precisos.

Francesca y yo leíamos sus palabras y reíamos. Nos mirábamos en los espejos maravillosos de los baños de V&A mientras nos retocábamos el maquillaje para salir a olvidar adioses. Imaginamos cómo sería nuestra vida si en una tarde pudiéramos comprar toda la ropa que Kiran había comprado en unas horas. Nos imaginamos un poco más jóvenes, un poco más bellas, con un poco más de dinero, convencidas de que el éxito nos llegará en algún momento y que en un futuro no muy lejano vendré a visitarla a Londres, donde me recibirá con los brazos abiertos en alguna de las lujosas casas cerca del Royal Albert Hall.

El paseo por South Kensington fue blanco y naranja. Los ladrillos, las bolsas de Tod, el email del adiós, las fotografías del V&A, el té con tarta de chocolate, las noticias que me resonaban desde España, el cambio de planes del fin de semana... todo eso creaba y recreaba nuestra tarde. Eso y la exclusividad del Imperial. Eso y la magnitud y la belleza del Royal Albert Hall, una pieza de arte en medio de la calle, como un coliseo del siglo XXI.

Y allí, precisamente allí, conocimos a Nil. Me impresionaron sus ojos azules y su pobreza. Una pobreza adivinable en el frío que le recorría el cuerpo y en el olor que desprendía su ropa. Nos ofrecía la posibilidad de entrar en la sala de conciertos. Nos vendía entradas para escuchar música celta. Precisamente la tarde del adiós. No llegamos a pensarlo, Francesca y yo, con esa complicidad mediterránea que sabemos que existe entre nosotras, aceptamos a la vez. Nil nos llevó hasta el cajero y nos habló con su lengua escocesa de lo buenas que eran las entradas que nos vendía. 

Cuando ya teníamos las entradas y corriamos para entrar a ver el concierto, oímos un golpe seco a nuestra espalda. Los ojos azules, intensísimos, de Nil nos miraron mendicantes desde el suelo. Los huesos no le sujetaban los músculos. El frío podía con él a pesar de su abrigo gris. Estuvo en el suelo solo unos segundos, lo que tardamos en recogerlo y reconducirlo hasta su destino. Y en esos segundos imaginé a Kiran -su piel bronceada, su sonrisa impecable, las veinte bolsas de sus dieciocho años cargadas en una tarde típicamente londinense, una tarde de frío y nubes-. Quise imaginarlo mirándome desde su asiento en mi despacho con los ojos de Nil, los ojos de la inocencia, con ese rostro que implora. Y lo que mi imaginación me devolvió fue una imagen hermosa: lo imaginé agarrando a Nil por el hombro, llevándole a Angel, donde una noche más estaría a salvo, quién sabe hasta cuando. La belleza de los ojos de Nil, su inocente vejez, junto a los recién estrenados dieciocho de Kiran, cuyas manos estaban llenas de riqueza y su cuerpo de inocente juventud.

Me quedé con esa imagen en la retina, la imagen que yo misma había creado, con la que recordaría el contraste de Nil y Kiran, con la que los recordaría para siempre. Juntos, hombro con hombro, belleza contra belleza, juventud contra juventud, caminando hacia Angel. Y Francesca y yo, juntas, hombro con hombro caminando hacia la sala de conciertos. Diciendo adiós al adiós y hola a un nuevo día. La música lo envolvió todo aquella noche. La felicidad se empeñó en perseguirme y consiguió atraparme.




31 de mayo de 2012

The End of the Road

Kiran, uno de mis alumnos mayores, lo definía así: "the end of the road". La semana pasada tuvieron su última clase. Celebraron la marcha del colegio bailando la conga por los pasillos del edificio. Cantaron, irradiaban la felicidad de eso que ellos llaman libertad, lo que creen que les espera ahora, una vez terminan su etapa escolar.

Esta mañana pensaba que yo también estoy en una especie de final de camino, aunque prefiero imaginarlo más como una encrucijada. Hoy es el último día de mayo, lo que significa que queda solo un mes para decir adiós definitivamente a este año. Este también es mi final de camino particular. Un final de camino que por mi naturaleza ritualística y supersticiosa tiene más connotaciones que el mero hecho del fin por el fin. En un mes y unos días habré alcanzado una "pequeña cumbre" vital, habré vivido un cuarto de siglo completo. En un análisis rápido de mi cuarto de siglo, puedo confesar que he vivido, robándole las palabras a Neruda. He vivido muchas cosas, he vivido con muchas personas y estoy muy satisfecha de las cosas que he hecho. En un mes, si todo sale bien, habré finalizado filología inglesa -por cierto, deséame suerte, hoy hago uno de los últimos exámenes, la literatura renacentista inglesa de los poetas metafísicos-; lo que supondrá mi fin como estudiante. Relativamente, por supuesto. Nos pasamos la vida aprendiendo, somos estudiantes imperfectos hasta el fin de nuestros días y ni siquiera el cambio de rol, el paso del pupitre al encerado significa un cambio de nomenclatura. Estudiantes somos todos. Y lo somos de por vida. Sin embargo, que el paso sea oficial, saber que no hay exámenes pendientes, que no hay que correr por terminar de leer esa novela y analizarla o que no hay perspectivas ni a corto ni a largo plazo de escribir un trabajo, supone un alivio intelectual interesante. Un alivio que querré desaliviar en unos meses cuando llegue la nostalgia del aprendizaje formal.

Para mí, que vivo los finales de ciclo o etapas de una forma tan sensitiva, me parece que este año no podría terminar de una forma más redonda. Final de Londres, final de un cuarto de siglo, final de los estudios. Y más allá, al fondo, la incertidumbre. ¡Quién les hubiera dicho a los veinteañeros de hace un siglo que tras el primer cuarto seguiría la incertidumbre! ¿Qué será lo que nos espera al final de este camino particular? Desde luego otros muchos más. No hay fin. Que no, que hay solo una pequeña señal de stop, un repostaje, un cargarnos de energía para continuar viviendo. Y aprendiendo.


17 de mayo de 2012

El libro de mi vida y un cambio necesario


He vuelto a dejar de escribir listas. Hasta hace unas dos semanas mi mente no dejaba de pensar en temas sobre los que escribir en el blog. Pero nunca escribía. Hasta el sábado. El sábado vi delante de mis ojos el libro de mi vida. Es decir, me vi a mí misma en el futuro escribiendo un libro, una novelita que constaría de los avatares de ese día largo, extraño, cambiante y completísimo: un día en el que me sentí menos yo y a la vez más auténtica que nunca. Si eso se puede ser.

Y hablando de ser auténticos. Hace no muchos días le dije a alguien que me importa que no lo consideraba auténtico. Pobre. No dijo nada a esto y luego me enteré por una tercera persona de que le había dolido que dijera eso. A veces no me controlo la sinceridad y cometo el básico error de decirle a la gente lo que pienso de ellos. Esto, que tú imaginarás como una virtud, algo positivo, es mi peor vicio, mi mayor problema. ¿Cómo pude decirle a alguien que no me parecía auténtico? A esa misma persona, cinco minutos antes le había dicho que era excepcional. ¿Se puede ser excepcional sin ser auténtico? ¿Quizás su excepcionalidad reside en la inautenticidad? No sé. El caso es que después de saber que esto no había sido algo muy positivo, decidí abrir la lista de las listas, sacar la libreta y el boli a pasear para anotar qué cosas de mí misma tengo que cambiar. 

1. Dejar de ser tan directa -¿dejar de decirte lo que pienso de ti?-.
2. Desvulnerabilizarme, colocándome la máscara de la indiferencia.
3. Respirar hondo cinco, seis, siete veces antes de decirte lo que creo.
4. Y si todo esto falla, enseñarte a comprenderme. Porque así soy yo: clara, abierta y sincera. 

2 de mayo de 2012

Universos infinitos


O espirales.

Nerea Oreja, antigua compañera de residencia y filóloga excepcional, me pedía al principio de curso una foto de lo que me sugería la canción "Universos infinitos" de Love of Lesbian, el grupo español, para llevar a cabo un proyecto que supongo que le salió hermoso e interesantísimo. En aquel momento no se me ocurrió pensar en las espirales, o en los círculos concéntricos, como ahora, especialmente después de haber estado últimamente en la Tate modern y haber visto una obra de arte que es piedra y círculos (muy gallega para mis gusto):


El caso es que, ya sean patos flotando unidos en un lago de Hyde Park -la foto original que le envié a Nerea-, círculos concéntricos o espirales, he reflexionado mucho últimamente sobre la idea de los universos infinitos. Los que me conocéis o leéis con relativa frecuencia sabréis que mi tesis sobre la vida es que es agua y que es espiral. La idea de la espiralidad de la vida es clara: todo en la vida se sucede y resucede constantemente en un bucle de repeticiones vitales que a veces nos sorprende. Quizás porque la vida se componga solo de cuatro elementos principales que se reproducen sucesivamente con formas diferentes, pero dando resultados similares. Esto me lleva a Daniel, mi brillantísimo alumno Daniel. Daniel ha sufrido una pérdida, una pérdida que me ha recordado la de Pablo de hace dos años. En un colegio minúsculo, donde todos sabíamos de todos, la muerte del padre de Pablo fue casi un acontecimiento familiar, un llanto uniforme y unísono de profesores y alumnos. Hoy, sin embargo, Daniel ha faltado a clase porque está en el funeral de su madre. La vida sigue. ¿Quién llora en el colegio por él o por ella? Mejor aún, ¿quién sabe lo que ha ocurrido? Tres o cuatro personas, o eso o hay un silencio generalizado, una especie de mirar para otro lado ante la pena. Es cierto que él mismo ha decidido no hacer pública la pena, y por eso el lunes, tras un fin de semana de luto, estaba en clase como si nada. Simplemente llamó a otro de los compañeros para pedirle ayuda extra en la preparación de un trabajo de clase, lo demás, la vida, la muerte, todo quedó reducido a un continuo y profundo estudio intensivo de las matemáticas y los idiomas, ¿para no pensar en la muerte?

La vida es un universo infinito, una espiral que se repite y da vueltas concéntricas constantemente trayéndonos las mismas realidades disfrazadas con otras máscaras, de otros colores. 

Eso pensaba cuando me tatuaba una espiral en el cuello, cuando hacía fotos a los patos, cuando le miraba a Daniel a los ojos tras saber que ya no tenía una madre. O que le tendrá para siempre.

30 de abril de 2012

La música de R.

No escuchaba a Silvio Rodríguez desde hace años. Pero Ismael Serrano, con su "Vine del Norte", me lo ha traído de nuevo. También M., con su postal de Chagall, que es pura Carmen, aunque ninguno de los tres lo sepan, ni Chagall, ni M. ni Carmen. Por cierto, el otro día daba una clase sobre arte español de la primera mitad del siglo XX y uno de mis alumnos se llamaba Chagall. Fue hermoso pedirle que interpretara una imagen de Picasso: el horror de la guerra y el alivio de su paloma en labios de otro artista, o el reflejo nominal de otro artista.



Este fin de semana he agarrado un catarro de los que te atan a la cama. Pero no me he permitido atarme a la cama porque el deber me llama. Mis alumnos me reclaman estos días más que nunca porque necesitan practicar su español para los exámenes de verano. Están todos aprobadísimos en el oral, pero la perfección inglesa les hace seguir esforzándose y repasando, quieren ser los mejores. Y eso les honra, les da un valor especial.

Uno de mis alumnos con ese valor especial es R. Es mitad inglés, mitad chileno y cuando habla de su tierra materna, la que le da esa sangre revolucionaria -contenida- que le caracteriza, siempre se le escapan palabras chilenas, reflejo absoluto de una madre que adivino sabia y bella a partes iguales. Además de hablar de su mamá o de la polerita, con la belleza del diminutivo hispanoamericano que él aún no sabe que es más de uso femenino -¡divina sociolingüística y divinas reglas con excepción!-, habla de los pacos y del pisco. Yo, que creí haber dejado olvidados todos mis americanismos en el rincón de la memoria donde quedará para siempre el aula P9 del palacio de Anaya y el profesor José Antonio Bartol, revivo con R. la maravilla del acento suave del fin del mundo. Exactamente igual que cuando Mario me habla en su argentino anglosajonado sobre las fotografías en modo "Inception" que captamos cerca de Preciados cuando estuve en España. 



El acento de R. es lo que yo llamo la música de R., porque con su fonética y su semántica he vuelto a Serrano cantándole a la bella capital chilena, he recordado a Nahikari y nuestras conversaciones-canciones serranistas, reescucho a Silvio Rodríguez que siempre será el maestro. Y pienso en la revolución: en la revolución de las palabras, en la de la música, en la de la juventud, en la de los días de lluvia, en la de la fiebre que se me ha agarrado y me mantiene espabilada. Espabilada en esa realidad febril que es como la de la duermevela, como la de la música y el recuerdo.

28 de abril de 2012

Espera


A veces la espera cansa, oprime, nos desvela. También la espera, como el propio nombre dice, contiene dosis de positividad, de cambio y evolución. Dicen los viejos dichos que "quien espera, desespera", pero yo no estoy del todo de acuerdo con ese refrán. Quien espera, aprende, está atenta a otras realidades, vive con los ojos más abiertos, más expectantes, hace fotos que dicen más acerca de la persona misma, contempla a los demás de otra manera, ve la belleza en todo, porque está en el camino hasta el encuentro.

Mientras espero, Londres me regala visitas, flores, soles, lluvias, nubes, arcoiris, tardes de risas, tardes de pub en buena compañía, momentos de lectura y de reflexión, sonrisas, llantos. En la espera está la vida. Después de la espera, sigue estando la vida. 


Que la espera no te impida vivir.







26 de abril de 2012

Inspiración

Ayer llegué al blog de Víctor Balcells, vi esto y me gustó mucho. Espero que también a ti te guste. Ahora que he cerrado mi cuenta de Facebook durante unos días, quizás semanas -¿para siempre?-, mi forma de compartir lo que veo y me gusta es por aquí. Sé que aquí llega mucha menos gente que la que tenía acceso a mi cuenta de Facebook, pero también sé que probablemente los que hayan llegado hasta aquí se acerquen a leer a Víctor.

Es una entrada sencilla. Pero inspiracional. Una cama, Keats, los aviones y los árboles. ¿Quién le pide más a la poesía?

Los bancos, como los blogs, lugares donde asomarse a la inspiración

25 de abril de 2012

En-cuent[r]os (4), 4 años encontrándonos



Si me hubieran preguntado hace cuatro años qué estaría haciendo cuatro años después, ni por asomo se me habría ocurrido pensar que estaría pensando en la misma persona, emocionándome con los mismos claveles y hablando en otro idioma. 

Joven madrileño haciéndose conocedor del mundo
Estoy en el laboratorio de idiomas del colegio donde trabajo, vigilando que los chicos preparen sus orales de francés. Nos sonreímos. Ellos quizás no sepan que yo soy la lectora de español y que en ese idioma le escribo al mundo, al pequeño mundo creado y recreado en este rincón de la web durante cuatro años. Aquí nadie dice ni mú en portugués, ¡ese gran olvidado! No se recuerdan revoluciones pacíficas y, por supuesto, nadie celebra el aniversario de este rincón. Ese es solo un lujo -un en-cuent[r]o, de los nuestros- que sólo reservo para ti. Aquí la única revolución que funciona es la del conocimiento. Lo digo porque los chavales estudian agobiadísimos para sus exámenes, en estos días. Un conocimiento que es parcial, claro. Hoy me estreno como profesora de historia de España en inglés; el gran reto. En mi mano está hacerles también a ellos conocedores de nuestro pasado y que el conocimiento se globalice un poco, que no quede anclado a lo estrictamente anglosajón.

Así que aquí estoy, cuatro años más tarde, encontrándome con mi pasado, con el pasado de mi país y con el futuro del mundo: internet y estos alumnos que se van haciendo conocedores, espero que también de revoluciones no violentas, de claveles voladores. Casi cuarenta años después. 

Anciano inglés divisando el futuro
Creo que eso es lo que el mundo vuelve a necesitar, más primaveras árabes, más 15Ms, más claveles, más cuentos, más historias que nos ilusionen, el cambio que todos esperamos.

El año que viene cumpliremos cinco años. Estoy segura de que aquí seguiremos, tú quizás vengas a leerme por primera vez, otros serán los de siempre, pero estaremos, sin duda, encontrándonos, en lo esencial y en lo que cambia, en la verdad, en la esperanza, en la libertad... en las palabras.

Gracias por hacer posible las cuarenta y ocho mil y pico visitas. 
Gracias por hacerme crecer.
Gracias, simplemente, por seguir ahí.




23 de abril de 2012

En-cuent[r]os (3)


El verdadero encuentro, el real, es el de los libros. 
Feliz vida de los libros.

23 de abril

21 de abril de 2012

En-cuent[r]os (2)






Abre o cierra las puertas que quedaron entreabiertas, pero procura no mantenerlas mucho tiempo así.

20 de abril de 2012

No estudies
No te alimentes
No salgas al campo -que queda poco-
No eduques a tus hijos en valores positivos
No enfermes
No busques trabajo
No vayas al cine
No leas
No aprendas de los errores del pasado
No seas elegante
No viajes
No te ilusiones
No seas un visionario
No seas utópico
No creas en un futuro mejor

Estas son las consignas del gobierno de españa. 

Y así, poco a poco, españa se vuelve chiquita, chiquita, chiquita... hasta que desaparezca devorada por un águila bicéfala o una bandada de gaviotas asesinas.

19 de abril de 2012

Saramago, el escritor


Saramago ya era Premio Nobel cuando una ministra de cultura lo confundió con una pintora. Por entonces yo todavía estaba en el instituto y uno de sus libros daba vueltas por casa, La caverna. Nuestra profesora de filosofía nos lo recomendaría años después. Yo leí solo dos páginas de aquel libro y lo devolví a la estantería. Pensé que era difícil, o aburrido, o pesado. No me acuerdo ya. La caverna permanece intocado y en cierto modo, también un poco indómito. Algún día me acercaré a él con otros ojos.

Hace un año y diez meses que Saramago murió. Luto peninsular. De Saramago me habían hablado mucho Yolanda y Víctor. Yolanda desde la perspectiva literaria y Víctor desde la perspectiva social del autor. Fue Víctor quien me había relatado aquella utopía saramaguiana de crear una nación ibérica, uniendo a los hermanos durante tantos años indiferentes el uno del otro. Hace diez meses, aún no había leído nada de Saramago. Fue el luto peninsular y la insistencia de Yolanda los que me hicieron que entrara despacito en él, como quien entra en un templo budista: con respeto y sin saber muy bien qué se va a encontrar. Empecé en septiembre con su Ensayo sobre la ceguera y seguí poco a poco con el fascinante viaje de un animal que va a acabar convirtiéndose en emblema republicano o antimonárquico, el elefante. Durante la Semana Santa le hinqué el diente al Evangelio según Jesucristo, muy apropiado para el momento, y ahora leo a ratos una novelita deliciosa que se llama Caín. Creo que me he enganchado a Saramago. Y no estoy segura de si es su prosa, su estilo, o simplemente lo que dice lo que me tiene envuelta en una especie de adicción sana. Leo a Saramago lentamente, pero con constancia. Lentamente, como lo leo todo. Con constancia, porque no quiero abandonarlo, su compañía me enseña quien soy. ¡Vaya visionario de la humanidad!

Ahora, muchos años después de aquella garrafal confusión de la ministra de cultura, siento indignación. Porque no conociera al Premio Nobel, que había sido nombrado escasas semanas antes de que le preguntaran por él. Porque no reconociera el nombre de tal brillante escritor, ella, ministra de cultura. Indignación, sobre todo, porque casi quince años después, la cultura, la literatura, el teatro, el cine, las artes en general, parece que siguen siendo ajenas a esos que ostentan el poder. O quizás solo sea esa cultura, la que nos hace pensar, la que desterraron hace años de nuestro país los que nos querían analfabetos, incultos, devoradores de basura. Los que quisieron devolvérnosla ahora están en la sombra. Y los que tienen el poder, ahora sólo se ocupan de sus bolsillos. A los demás nos acabarán matando de hambre, de hambre física y de hambre cultural.


En-cuent[r]os (1)

Hay encuentros que duran menos de veinticuatro horas, y que recordarás toda tu vida.

18 de abril de 2012

Los amantes

Dice Manuel que “los amantes hablan más”. No sé cuál es el concepto de amante, a qué personas debe aplicarse. ¿Es amante el que ama también sin saberlo? ¿Es amante el que ama en silencio, a la espera? ¿Es amante el que sabe que el amor tiene que ser recíproco y sabe que ese amor lo es, pero simplemente está lleno de miedos?

Los amantes hablan más. Hablan más a la vida. Se hablan más a sí mismos. Se autodirigen el discurso del amor, que es una forma de decir que habla por sí solo con miradas y caricias. Dice Manuel que los amantes hablan más. Y yo creo que los amantes respetan más el silencio. Los amantes hablan menos, pero dicen más. Lo dicen todo en dos palabras. Lo dicen todo en una línea, aunque se empeñen en expresarse en un entramado inagotable de frases que parecen bonitas pero que no significan nada. Los amantes lo dicen todo con su cuerpo que sonríe -tomo la expresión de Clara; acertadísima, preciosa-, con sus ojos que fingen la siesta o el llanto, con sus lecturas, con su caminar. Los amantes lo dicen todo. Pero hablan menos.

14 de abril de 2012

Catorce de abril


Hoy no quiero poner banderas, sino el sentido común de la belleza, del blanco. Y esperaré hasta que un sistema más puro nos traiga más fe en las personas, en la política y, a fin de cuentas, en la vida.

27 de marzo de 2012

Reinterpretar(se)

A veces, cambiar la perspectiva con que miramos y con la que nos miramos hace que reinterpretemos la realidad de otra forma.

Eso me ha pasado últimamente con muchas pequeñas realidades: desde la amistad que surge con pretensiones de múltiple, de caleidoscopio, según palabras literales de mi amiga M., hasta el propio Parla.

Hoy me he reinterpretado a mí misma paseando por las calles de Parla en donde una cabra subida en un taburete me ha recordado la cultura a la que pertenezco, este país de charanga y pandereta o de organillo y cabra, como se quiera entender. Me he reinterpretado a mí y a la que fui alguna vez tras hablar con Alberto, a quien he encontrado azarosamente en la biblioteca. Me ha dicho que la madre de uno de nuestros amigos en común no pudo sobrevivir al cáncer. Hacía años que no sabía nada de ninguno de ellos y al recibir la noticia he recibido también el peso de una culpa enorme, mayor que el elefante de Saramago que es quien me acompaña estos días. Me han temblado las piernas, ha sido un temblor inexistente, pero me ha hecho reinterpretarme. A mí misma. En Parla. Con las personas a quienes consideré durante años mis amigos y de quienes no he sabido nada en otros tantos. De hecho, Alberto, con ironía se ha despedido de mí "hasta el año que viene". Estoy segura de que volveremos a coincidir en la biblioteca. Él nutriéndose de filosofía. Yo de ficción trampera, de la que hace escapar a otros espacios para acumular más interpretaciones del mundo.

He reinterpretado mi amistad con M. y con C. también. Y he sufrido, más adelante, la tiranía de otra persona que se hace llamar mi amiga pero que entiende la amistad como una competición, un tesoro que se esconde y no se comparte. Tras las conversaciones con M. sobre la amistad caleidoscópica, que tiene múltiples caras y todas conforman un paisaje brillante y hermoso, me cuesta entender que esta otra persona no quiera que yo sea amiga de sus amigos. Así que, así estoy, en la tesitura de las amistades que evolucionan, las que se comparten y las egoístas, las que no entienden de no límites y se estancan en compartimentos sin abrirse a algo que para mí tiene la pretensión del todo.

He reinterpretado también Inglaterra en mi despedida de ella por estas semanas. La reinterpretación comenzó con la salida del sol y con la visita a Cambridge. La ciudad-universidad se me presentó a los ojos como un edificio único, me trajo recuerdos leves de Salamanca y me hizo recobrar la pasión por el agua (ese río navegado en la compañía de mis amigos y del jóven y escultural Dylan), por la piedra y por las letras. En mi visita anterior fue tan solo un pellizco fugaz y gris, algo que deja una marquita minúscula pero que se borra al día siguiente. Del segundo Cambridge guardo la alegría del sol, de C., M., F. y D. Guardo los ojos azules de Dylan intensificados al hablar de su novia alemana, por la que mudó su residencia en los meses pasados. ¡Ay, el amor!

En estos días, con C. cerca, con el viaje y la itinerancia como punto central de las conversaciones con ella y con M., he reinterpretado el concepto de viaje, que ya mi amigo E. me había presentado como metáfora de la vida,  ¿o acaso hablábamos del tren? Mi viaje a España comenzó el sábado cuando perdíamos un tren rumbo a Cambridge y finalizó ayer, cuando deshice las maletas y dormí en el colchón de mi adolescencia. Por en medio ha habido el viaje de un elefante y una visita gloriosa a la National Gallery con C., donde ella ha vuelto a emocionarse frente al matrimonio Arnolfini y yo creo que he sabido entender por qué me atrae tantísimo esta pintura de Zurbarán:


En esa reinterpretación de las relaciones, de las realidades, de nuestra idea de arte, de lo que para nosotros han significado algunos conceptos que ahora cambian, nosotros mismos nos reinterpretamos, nos entendemos de una forma diferente y entendemos el porqué de algunas actitudes que salen de nosotros o llegan hacia nosotros. Otras veces, la vida quedará anclada a la idea de misterio, lo que no sabemos ahora y quizás lleguemos a intuir en algún momento, o lo que quedará irremediablemente en la nebulosa de lo que siempre será incomprensible.

22 de marzo de 2012

Mufti day is my favourite day


Mufti day es el día en el que los uniformes se quedan guardados en los armarios y cada uno va al colegio vestido con la ropa que quiera. Tal cual. Me encanta la idea del uniforme, pero creo que disfruto aún más con el día de indumentaria "libre". Los rebeldes incluso vienen a clase con algo así parecido a un pijama. Uno de los alumnos más pequeños, incluso, ha venido disfrazado de cocodrilo. Supongo que era por una apuesta. El profesor de italiano, casi maestro yogi, ha aparecido en chándal. ¡Oh, escándalo! 

En Mufti day, quizás también porque la primavera ya está aquí y el sol ya ha empezado a asomarse con más intensidad por Londres, los alumnos y los profesores parecen más alegres. Hay más sonrisas, hay más ruido, no sabía yo que la algarabía de la primavera residía en los vaqueros y las zapatillas. Algunos despistados han venido con el traje de todos los días, eso sí, en seguida han guardado las corbatas en las mochilas, creo que es lo que más les ata.

El fenómeno del Mufti day requiere un análisis más profundo. ¿Por qué un día al trimestre se nos da la libertad de elegir nuestro vestuario? ¿Es un premio? ¿Es como un día de fiesta? ¿Qué piensa el que se planta un chándal? ¿Y el que permanece con la ropa de todos los días, tan serio, tan inglés? Un colegio inglés en Mufti day es como cualquier instituto español en el día a día. Quizás más fashion. Los chicos, adolescentes que llevan la sobrehormonación y la chulería de serie, se han pavoneado delante de ellos mismos, mostrando lo que para unos eran sus galas más cool, para otros lo más cómodo, que para un día que les dejan ir de por libres, no se van a poner exquisitos. El caso es que vestidos "de diario", con el alboroto primaveril y "muftiero" no los reconocía por los pasillos. Parecía que habían perdido un punto de su distinción de clase alta y nacionalidad inglesa. Ellos tampoco nos reconocían a nosotros, los trajes o faldas se han quedado hoy en casa, y los vaqueros y las Converse han paseado alegremente por las moquetas impecables del centro. Y me he sentido extrañada, una vez te acostumbras al hábito del uniforme, ser libre da miedo. 

Y lo que más miedo da es tener este sentimiento, pensar así. Nos acostumbramos a las ataduras y la libertad nos da vértigo. Tanto como mirar a ese estudiante de dieciocho años que hoy sí enseña los brazos y pensar en la belleza adolescente, en lo efímero que es lo bello, o en la transformación de lo bello, o en la transformación de la recepción de la belleza, o en que la vida siempre es más alegre si nos rodeamos de lo bello. Leo a Huizinga durante estos días y una de sus tesis es que siempre hay juego y que la vida no existe sin juego. Yo creo que la vida no existe sin belleza. Y que la libertad nos hace infinitamente más bellos: por dentro y por fuera.


Ideas. Libertades. valter hugo mãe

las ideas, amigo mío, son menores en nuestros días. no importan. las libertades también hacen eso, una no im­portancia de lo que se piensa, porque parece que ya ni es necesario pensar.
la máquina de hacer españoles, valter hugo mãe