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3 de abril de 2013

Hoy...


Hoy la vida parecía una fotografía en blanco y negro con toques de color. Lo pensaba cuando venía del trabajo. El cielo, de un gris intenso, solo soltaba gotas de a poquito. Bajo el cielo, un horizonte puro, limpio, verdísimo, el más primaveral que yo pueda recordar. A lo lejos, el arcoiris. Siempre que veo el arcoiris pienso en otro tiempo, en otros lugares, en algo lejano. Recuerdo la ilusión con que lo observaba de pequeña, corriendo como loca por la casa, saltando de alegría, asomada a las ventanas. El agua, la luna y el arcoiris son los fenómenos de la naturaleza que más me gustan. En ese orden.

Hoy, el arcoiris y el pradito que han dado color al día me han hecho sentirme como cuando era pequeña y estas visiones me producían una paz y una calma extrañas. 

Hoy ha sido un día con más horas que cualquier otro, un día en que he sentido la pesadez del tiempo ir cayendo, cansino, sobre mí. Un día que me robaba oportunidades, pero que ofrecía otras.

Hoy ha sido un día como otro cualquiera, pero ha sido un día único, como todos los otros días cualquieras.

El color sobre el gris ha difuminado pesares antiguos. Y las nuevas amistades que nacen. Y los regalos. Y las sonrisas. Y la música que surge de repente y nos hace tanto bien.

Todos los días podían ser hoy. Y hoy podía ser todos los días.

30 de marzo de 2013

Mujeres de Chagall y Delaunay


Vidrieras de la iglesia de San Esteban, Mainz.
En Mainz (Maguncia en español) hay una iglesia cuyas vidrieras son obra de Marc Chagall. Las vi hace unos días y el azul intenso de los cristales nos invadió a todos como una luz pálida que se metía hasta dentro. Me había olvidado de esas vidrieras de Chagall hasta hoy, que he vuelto al museo Thyssen, en Madrid. 

"El aniversario", Marc Chagall.
He visto pocas obras originales de Chagall en mi vida, pero siempre me sobrecogen, se me clavan profundamente, como cuando Carmen me lo enseñó por primera vez, o como cuando se lo oí cantar a Silvio Rodríguez en su "Óleo de una mujer con sombrero". Sus enamorados que flotan en paisajes inverosímiles con cabras y torres Eiffel son como un sueño en donde todo es posible, con sus tonos intensos o sus pasteles maravillosos.

Hoy, me he deleitado contemplando "La virgen de la aldea", cuyos colores ocres y cálidos, al contrario de los azules de Mainz, no invadían, sino que envolvían, quedándose como rodeándonos y transmitiendo una calma como solo el arte o la música pueden hacerlo. La imagen, que de nuevo aportaba figuras flotantes y cabras violinistas, se convertía en la visión más dulce para una Semana Santa que sigue manteniendo regustos rancios de un pasado ultraconservador.

"La virgen de la aldea", Marc Chagall.

Además de Chagall, he vuelto a ver a la portuguesa de Delaunay, una obra maestra, maravillosa, que tantas visitas al Thyssen suscita. Una mujer que podría contraponerse a la virgen de Chagall y que, en cierto modo, a mí me recuerda a ella. En mi memoria está la primera vez que tuve conocimiento de Robert Delaunay, a quien descubrí a través de la obra de su mujer, Sonia Delaunay, también pintora, y que estudié dentro de una serie de mujeres pintoras que fueron influyentes a lo largo de la Historia. 

"Mujer portuguesa", Robert Delaunay.


Entre estas dos obras existen veintidós años de diferencia. La virgen francesa de Chagall y la portuguesa orfista de Delaunay, sin embargo, se me antojan una sola mujer. En realidad, siempre me da por pensar si todas las mujeres y todos los hombres que se han representado a lo largo de la historia del arte no son en realidad el mismo. La mujer ideal, tantas veces retratada en música, poesía, pintura o escultura, es una y son todas. En la virgen y la portuguesa están también Eva, Lilit, Venus, María Magdalena, y todas las diosas de la fertilidad y la vida, estoy yo y todas las mujeres que me precedieron y me sucederán. Ahí reside la magia del arte, en representar, desde la diversidad, lo universal.

Mi deseo es que esa universalidad que soy capaz de encontrar en el arte, todos esos puntos en común, logremos encontrarlos todos en la vida diaria. Que no solo sepamos ver lo que nos separa, el abismo que se encuentra entre muchos de nosotros, sino que logremos encontrar el toque de humanidad que debe hacer claros los puntos de encuentro. Que estas mujeres, este arte, nos devuelvan la humanidad que hay dentro de todos nosotros.

19 de noviembre de 2012

Los colores del otoño


Otoño. Roble y mariquita. Fotografía mía.


Lo bonito de recorrer España en coche es poder dedicarle tiempo a uno mismo. Conducir es como darse un baño espumoso: sigue una serie de rituales para estar lo mejor posible con la persona que somos o con la persona que queremos ser.

Lo bonito de recorrer España en coche en otoño son los colores. El color de los cielos varía a cada minuto, el matiz de la luz del sol a través de las nubes o la sombra del coche sobre un montículo en el arcén hacen el viaje más bello. Pero sobre todo son hermosos el amarillo, el naranja, el verde, el rojo, el marrón de las hojas de los árboles. La palidez de los hayedos se contrapone a la brillantez de algunos olivos y pinos y contrasta, también, con ese marrón acogedor de los robles.

Últimamente disfruto sobre todo con el verdor oscuro de los cipreses que rodean las iglesias de pueblos que parecen perdidos, en la Castilla más hermosa que no podría haber soñado jamás. Esgueva, Roa, Daimiel, del Rey, del Conde, Arévalo, Miranda... son solo palabras atrapadas en señales blancas con rótulo negro que a mí me evocan los más bellos paisajes. Recorro Castilla esperando la rotundidad de sus gentes y sus aromas y Castilla me regala las tonalidades más perfectas. 

Porque lo tengo al alcance del volante, aprovecho para aprender más sobre esta tierra tan vieja que sigue sorprendiendo a los más novatos. Castillos, páramos y llanuras amarillas, sin rastro alguno ni de agua ni de vida, iglesias y catedrales imponentes que se yerguen feroces como las torres de algunas murallas. Eso es Castilla. Tierra soberana de colores y sabores. 

Después de Castilla llegan los paraísos de Galicia, Asturias, Cantabria y Euskadi, cuyos otoños aún no he podido contemplar. Los imagino verdes, como sus praderas; fríos y anaranjados, portadores de robles que lo inundan todo.

Si hay algo especialmente hermoso, es el otoño y los ojos con los que lo miramos.