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10 de diciembre de 2012

Practicar la horizontalidad


Yo lo intuía ya, pero últimamente esto de la verticalidad y la horizontalidad ha surgido en varias conversaciones con amigos con estas palabras, y me gusta poder ponerle nombre a una práctica que creo que es fundamental en el ser humano.

Entender la humanidad como una línea horizontal en la que no hay jerarquías ni superioridades y practicar la horizontalidad nos hace, creo, mejores personas ética y moralmente. Entenderla como una línea vertical, sin embargo, es sentirse en una carrera competitiva en la que uno es mejor o peor que otro según el rango de su trabajo, la edad, el nivel socio-cultural, el poder adquisitivo o incluso su estilo vistiendo. La base de la actitud humana debe ser siempre una base firme y horizontal, de cimientos duros y que se vaya alargando con el alargar de manos que nos van uniendo a unos y otros. Tenemos que respetarnos unos a otros, los pequeños a los mayores y los mayores a los pequeños, pero no por las edades sino por el simple hecho de ser personas y de la experiencia vital que pueda enseñarnos la existencia de los otros.

Practicar la horizontalidad es practicar la justicia, el respeto, la tolerancia, la solidaridad, el compañerismo, el trato cariñoso, la alegría de ser todos iguales con nuestras diferencias fundamentales que hacen el conjunto más enriquecedor. Ahora que le pongo nombre a esto puedo por fin verbalizarlo y, quizás, transmitirlo; y el día a día, sintiéndome a la misma altura que los que me rodean, es más sencillo, más agradable y me hace más feliz. Y quien quiera hacerme sentir en un nivel diferente puede hacerlo, pero yo debo saber desde este mismo instante que eso es injusto e inhumano. Es, por lo tanto, denunciable y criticable, y el diálogo debe ser nuestra mejor arma para luchar contra ello.


Fotografía de Nugraha Indra


21 de noviembre de 2012

T.S. Eliot



Fotografía de Rodney Smith



En toda vida humana debe llegar un momento de inflexión. O varios. Un pararse a recapacitar y pensar hacia dónde voy y ¿por qué? Es duro el planteárselo constantemente, por eso es bueno tener un buen equilibrio personal para que estas cosas solo ocurran muy de vez en cuando.

Esta mañana me he castigado sin recreo con un chico al que intento dar clase, llamémosle D. D. es puro nervio, locura incontenida, un chico de menos de catorce años que ya ha decidido tirar la toalla en su vida. Hoy, rascando mucho mientras estábamos los dos castigados sin recreo, me ha dicho que la vida no le importa. Que no hay nada que le importe. Que no le gusta ninguna asignatura, no le interesa absolutamente nada. Le gustan el fútbol y el pádel. Y se acabó, nada más. Le he hecho que me enumerara la gente de clase con la que se lleva bien y los que podría llamar amigos. Guille estaba entre ellos. Bien -he pensado-. Luego nos hemos quedado otro rato en silencio y se me ha ocurrido preguntarle si le importa no estar bien con la gente. Me ha dicho que no, rotundamente, que le daba igual. ¿Ni siquiera con Guille? Y él: Que no, que me da igual. Con un como cansancio acumulado ya en sus catorce años de vida de todos aquellos que alguna vez han intentado acercarse a él de buenas maneras, sin gritos, sin enfados. Detrás de D. hay una familia, pero que poco o nada hace por intentar hacerle entender que la vida es importante, que hay que tomársela en serio y que no puede castigarse así, tan rotundamente, día a día. Y en su castigo, castigar a sus amigos, a sus compañeros y a nosotros, que simplemente pretendemos ayudarle.

Me pregunto si a D. le ha llegado ya ese momento de inflexión. Me pregunto si él mismo no ha pasado directamente la rosca del hacia dónde voy y simplemente va, sin rumbo, sin sentido, sin nada, porque sí. Estoy convencida de que lo que D. hace no tiene que ver con ninguna máscara que él se ponga ante nosotros. D. nos está pidiendo amor a gritos, acercamiento, escucha, comprensión. Pero no lo sabe recibir, no se da cuenta de cuándo le llega, porque nunca antes, en casa, le han enseñado a dar amor, acercamiento, escucha ni comprensión. Quise tirar la toalla con él a las tres semanas y mis compañeros me dijeron que no lo hiciera, que nos necesitaba y, desde entonces, se ha convertido en uno de mis objetivos principales. Quiero lograr algo por él, porque hacerlo, egoístamente, significa también lograr algo por mí. Su tutora está conmigo. Sus padres no. Otros profesores, simplemente, no lo aguantan y lo mandan fuera de su vista a la primera de cambio. Yo intento tenerlo cerca de mí en un querer, extrañamente, darle calor humano.

Mientras tanto, a otros chicos les leo poemas de Pedro Salinas y, engatusados por versos que no comprenden pero que intuyen bellos, les veo sentir ese calor que a D. no le llega. Para mí y solo para mí, unos versos de T.S. Eliot cuya brillantez me envuelve cada vez que retomo los Four Quartets:

There are three conditions which often look alike
Yet differ completely, flourish in the same hedgerow:
Attachment to self and to things and to persons, detachment
From self and from things and from persons; and, growing
between them, indifference
Which resembles the others as death resembles life.

La indiferencia, que crece entre el apego y el desapego, se parece a ellas tanto como la muerte se parece a la vida. Aquí hay mucho material para la reflexión. Y en D., una indiferencia que espero que signifique apego y desapego a partes iguales.