2 de abril de 2013

Mis poemas de abril (II)


Poema del día segundo

Mil


Tengo algo importante que decir
ahora que venimos de despedirnos
para siempre.
Te quiero.
Clávame las uñas,
pero has de saber que también fui sincero
las otras mil veces.


Ella me acusa de no tener sentimientos
porque hablo y hablo
o no hablo.
Va a comerse todas las uñas,
sus altivas uñas escarlata.
Pero me iré.
Se lo dije y rio indiferente,
pero me iré
o no me iré.
Llegaré a una de esas ciudades,
no tan grandes como una ciudad,
donde se para el tren y ya no hay más tren,
con monjas que se sientan en un barril de cerveza en la estación,
y miles de cuervos que esperan con sorna al Rey
o una cámara de cine.
De esa ciudad sale un autobús
tan viejo
que tiene un conductor que fuma
y que habla con los viajeros,
justo en cada curva,
cuando llueve,

y lo hace cada día desde siempre,
limpia el cristal con la mano,
como si estuviéramos cayendo,
y llueve también dentro.
Y no pasa nada,
pues llegamos cuando escampa,
y sólo gotea en el autobús,
todos mojados menos los paisanos
que se ríen
o no se ríen.
Esta ya no es ciudad ni nada,
pero hay un barco panza arriba
y una playa de arena negra.
Y hay también una cabina de teléfono.

¿Me escuchas? Estoy en una cabina.
Sí, bien.
No, nada.
Llovía en el autobús.
Sólo hay un bar.
Sí, tengo monedas.
¿De verdad? También yo. No, aún no se corta.


Sí, sigo aquí.
No, no estaba pensando.
Escuchaba, eso es todo.
No sé qué decías. Escuchaba.
No, no es un libro.
Son las hojas de la guía.
¿Sabes cuál es el prefijo de Ras-Al-Khaimah?
Marcas el 07, más 971 y luego el 77
y ya puedes hablar con alguien en Ras-Al-Khaimah.
No, no es que no te escuche.
Escucho, sólo quiero escuchartarte.
Pero no me preguntes qué dices.
No puedo hacer dos cosas al mismo tiempo,
entender y pensar en ti.
Qué fácil es hablar con cualquier parte.
No, no cortes por favor.
Si cuelgas,


llamaré a Ras-Al_Khaimah
o a cualquier parte.
Mientras tu hablas, no tengo frío.


Él era fuerte y débil
como un marine yanqui.
Ella, frágil e invencible,
como una guerilleira del Vietcong


(Ningún cisne, Manuel Rivas)

1 de abril de 2013

Mis poemas de abril (I)




Abril es, sin duda, el mes al que más veces se ha relacionado con el amor. Será porque es el mes en el que la primavera se desarrolla en todo su esplendor. El caso es que a mí siempre me ha parecido, tomando las proféticas palabras de Joaquín Sabina, que me lo robaban. Abril para mí siempre ha sido un mes que pasaba como de largo, casi sin que yo me diera cuenta, tomando el protagonismo los meses que lo rodeaban. Este año he decidido no dejar escapar el mes (que lo roben, en palabras de Sabina), así que te propongo un paseo literario diario. Me voy a embarcar en la bella tarea de traerte un poema cada día del mes de abril, para que estos treinta días no se me dejen ir así como así.

Para el mes de la poesía, treinta poemas de temática, rima, verso y época diferentes. Disfrútalos y que tengas un feliz mes.

Poema del día primero.



Diario de un seductor
No es tu sexo lo que en tu sexo busco
sino ensuciar tu alma:
                                  desflorar
con todo el barro de la vida
lo que aún no ha vivido.

(El que no ve, Leopoldo María Panero)

31 de marzo de 2013

Bestiarios del siglo XXI


Omar Figueroa Turcios es un dibujante y caricaturista colombiano autor de un bestiario del nuevo siglo maravilloso. Además, es un reintérprete de personalidades célebres que, bajo la magia de su pincel, se convierten en seres irreales o de un hiperrealismo que asusta.

Lo descubrí ayer, en las noticias de la 1. Te dejo aquí, un favorito. Elefante. Caracoles. Espirales. Fantástico.


Puedes recrearte más en su página web y decidir cuál es tu favorito. 

Hay veces que es necesario reinventar y reinterpretar la realidad. Suerte en la tarea.

30 de marzo de 2013

Mujeres de Chagall y Delaunay


Vidrieras de la iglesia de San Esteban, Mainz.
En Mainz (Maguncia en español) hay una iglesia cuyas vidrieras son obra de Marc Chagall. Las vi hace unos días y el azul intenso de los cristales nos invadió a todos como una luz pálida que se metía hasta dentro. Me había olvidado de esas vidrieras de Chagall hasta hoy, que he vuelto al museo Thyssen, en Madrid. 

"El aniversario", Marc Chagall.
He visto pocas obras originales de Chagall en mi vida, pero siempre me sobrecogen, se me clavan profundamente, como cuando Carmen me lo enseñó por primera vez, o como cuando se lo oí cantar a Silvio Rodríguez en su "Óleo de una mujer con sombrero". Sus enamorados que flotan en paisajes inverosímiles con cabras y torres Eiffel son como un sueño en donde todo es posible, con sus tonos intensos o sus pasteles maravillosos.

Hoy, me he deleitado contemplando "La virgen de la aldea", cuyos colores ocres y cálidos, al contrario de los azules de Mainz, no invadían, sino que envolvían, quedándose como rodeándonos y transmitiendo una calma como solo el arte o la música pueden hacerlo. La imagen, que de nuevo aportaba figuras flotantes y cabras violinistas, se convertía en la visión más dulce para una Semana Santa que sigue manteniendo regustos rancios de un pasado ultraconservador.

"La virgen de la aldea", Marc Chagall.

Además de Chagall, he vuelto a ver a la portuguesa de Delaunay, una obra maestra, maravillosa, que tantas visitas al Thyssen suscita. Una mujer que podría contraponerse a la virgen de Chagall y que, en cierto modo, a mí me recuerda a ella. En mi memoria está la primera vez que tuve conocimiento de Robert Delaunay, a quien descubrí a través de la obra de su mujer, Sonia Delaunay, también pintora, y que estudié dentro de una serie de mujeres pintoras que fueron influyentes a lo largo de la Historia. 

"Mujer portuguesa", Robert Delaunay.


Entre estas dos obras existen veintidós años de diferencia. La virgen francesa de Chagall y la portuguesa orfista de Delaunay, sin embargo, se me antojan una sola mujer. En realidad, siempre me da por pensar si todas las mujeres y todos los hombres que se han representado a lo largo de la historia del arte no son en realidad el mismo. La mujer ideal, tantas veces retratada en música, poesía, pintura o escultura, es una y son todas. En la virgen y la portuguesa están también Eva, Lilit, Venus, María Magdalena, y todas las diosas de la fertilidad y la vida, estoy yo y todas las mujeres que me precedieron y me sucederán. Ahí reside la magia del arte, en representar, desde la diversidad, lo universal.

Mi deseo es que esa universalidad que soy capaz de encontrar en el arte, todos esos puntos en común, logremos encontrarlos todos en la vida diaria. Que no solo sepamos ver lo que nos separa, el abismo que se encuentra entre muchos de nosotros, sino que logremos encontrar el toque de humanidad que debe hacer claros los puntos de encuentro. Que estas mujeres, este arte, nos devuelvan la humanidad que hay dentro de todos nosotros.

Ilusión (III)


Una vez tuve una ilusión y no supe qué hacer con ella. No supe qué hacer. Y ella se fue, ¿por qué la dejé? ¿Por qué? No sé. Yo solo sé que ella se fue. No supe qué hacer... y se me fue.

Hubo una ilusión que se me escapó en portugués. Y no sé por qué la dejé. Pero ya es primavera; es tiempo de recuperar las ilusiones, las que se escaparon y las que se aproximan lentamente, en todos los idiomas del mundo, como en una suerte de Babel de la ilusión.

Es tiempo de ilusionarnos.

28 de marzo de 2013

Redondez


No es verdad. No he cambiado.
En mis sueños
siempre tienes veinte años.

("No es verdad",  
Mientras tanto cógeme la mano, Kirmen Uribe)




Las palabras redondo y rotundo proceden del mismo vocablo latino, y ayer se me antojaron una sola. La redondez es rotunda. Lo pensaba desde el coche, cuyo andar es solo posible gracias a las circunferencias de sus ruedas. Lo pensaba con el brillo blanquecino de la luna llena y redondísima que asomaba apenas por detrás de unas nubes oscuras que hacían posible otro circuito, el del ciclo del agua, cuyos engranajes funcionan tan bien este año.

Algo rotundo es algo que, como dice el diccionario, está completo, preciso y terminado. La rotundidad llega en el momento en el que uno se da la vuelta y, sin mirar hacia detrás, sabe que ha cerrado un ciclo -un círculo, lo redondo-. Pero rotundo es algo que por completo, por terminado en su circularidad, también tiene visos de vuelta a empezar, de un comienzo que se puede prever difícil y al que nos enfrentamos con una especie de miedo primigenio, el miedo a lo que se desconoce y nos desvincula del pasado. 


Ayer, cuando conducía, en mi regreso al presente, recordaba unos versos de TS Eliot que no me canso de citar y recitar porque me parecen de una rotundidad inaplacable, de una circularidad que llega incluso a hacer daño. 


Time present and time past
Are both perhaps present in time future,
And time future contained in time past.

("Burnt Norton", Four Quartets)
----   -----   ----   -----  ----   -----  ----   -----   ----

El tiempo presente y el pasado
están quizás presentes el el tiempo futuro,
y el futuro asentado en el pasado.


El tiempo es esencialmente una entidad redonda. Por eso, porque la vida es un suceder de círculos (en mi evolución de este pensamiento, yo ya he adquirido la teoría de que la vida es espiral), vamos a cometer los mismos errores y tener los mismos aciertos una y otra vez. Quizás nuestra apariencia futura no tenga nada que ver con la pasada, pero vamos siendo réplicas de nosotros mismos a lo largo de la vida, siempre y cuando no queramos cortar de un tajo cruel con lo que fuimos y lo que nos hizo ser lo que somos. Hace poco alguien que había sido muy cercano a mí me dijo que su yo de ahora tenía muchas cosas que adquirió "conmigo" en el pasado. Una muestra más de que la teoría poetizada de TS Eliot parece que es cierta. 

Presente y pasado son uno solo, al igual que presente y futuro. Pero que el conocimiento de esta certeza no nos haga inamovibles, nos nos prevenga de ser mejorables, porque siempre, siempre debemos pretender la perfección, el círculo.

1 de febrero de 2013

Hay vida más allá



En esta ciudad 
me siento pequeña
me siento perdida
y, cada noche, sueño
con volver a casa.

 ("Volver a casa", María Monjas)


Leo mucho.
Y escucho.
Y miro.

Leo a María Monjas en su poemario exquisito, Háblame de la lluvia, en el que afirma verdades inmensas como océanos, como lluvias gallegas de diluvios infinitos. O lloviznas infinitesimales. María Monjas me ha curado un poco la soledad de poemas del día a día, de la vida que yo busco, que yo espero, de la vida del más acá y del más allá. Hay un poema que dice:


El Otro Lado

(Cuando hayas desaprendido a esperar,
te enseñaré a querer.
SÉNECA)

Espero.

Te espero con furia, con urgencia, con ardor, con recelo.

Espero tus manos, tu sonrisa, tu deseo de viento.

Espero verte llegar con tus besos, con tus enigmas,
con tus palabras.

Te espero tanto,
tanto y tanto

Que olvidé por completo
caminar hacia ese otro lado
en el que tú,
quizá,
me estés esperando.


No estoy segura de que haya un "otro lado", pero sí hay un sueño, un querer volver a casa, un querer mirar atrás, con mucho miedo, pero también adelante, con una suerte de certezas que lo dicen todo.

Mientras recito mentalmente que "quizá me estés esperando", conduzco, y miro el cielo rosado, liláceo y de un azul anaranjado maravilloso que se me aparece cuando vuelvo a la rutina. Abro las ventanas del coche, pienso en dejar de esperar y, una brisa fuerte, de corriente, caracolea entre mi cabello largo que vuelve a ser el de entonces, el de siempre. Subo el volumen de la música, la que escucho tanto últimamente. Quiero que el sonido de la voz de Drexler o de Xoel López arranque a manotazos los versos de María, esos que me prometen que "quizá me estés esperando" y así, al azar, escucho decir a Jorge que nada se pierde, que todo se transforma. ¿Y en qué se ha transformado todo? También le escucho decir que estamos cantando una canción que dice que uno solo conserva lo que no amarra. Y yo, cansada de no amarrar, de no conservar, de esperar (o no), de contenerme las palabras, de contenerme el sentimiento, de quedarme encerrada lejos de esas nubes lilas y rosáceas que me dicen a voces, con sus colores, que hay vida más allá. Más allá de las puertas de mi coche, del parabrisas, de la verja del colegio, de esta ventana que corta la llovizna y el arcoiris, más allá del miedo. 

Entonces, leo más, escucho más, leo todo, lo escucho todo. Quiero convertirme en María Monjas para escribir un poema que diga cómo me siento. Quiero, también, tener la sensibilidad de Lorca. Esa con la que compuso textos maravillosos, universales, inmortales como es Yerma, que fui a ver hace dos días, para ir más allá y salir de la claustrofóbica caja de cerillas que es la rutina en esta ciudad. Miro a Lorca en los movimientos exagerados de Silvia Marsó. Miro la vida delante de mí, la desesperación de esa mujer casada con Juan pero que ama en secreto a Víctor, aunque no lo crea. Yerma espera sin darse cuenta de que también a ella la están esperando. Y se cumple la profecía de María Monjas ochenta años antes de que ella lo escriba.

Menos mal que hay vida más allá de esta vida. Hay mucha vida en un estribillo de Drexler, en cualquier rima de Lorca, en la sonrisa tierna de mis alumnos que, cada día, me enseñan a ser más yo, en la poesía de María, en la lluvia que ella evoca, en las nubes que cada día esconden un sol más rojo, ¡tan (pre)primaveral!

Después de esta vida, nos espera aún más vida. Aprendamos a vivirla sin olvidarnos que es ella la que espera a que nosotros lleguemos.




6 de enero de 2013

2013, cerrar los ojos


Sin las palabras,
dime qué nos queda.



A veces, solo se necesita cerrar fuerte los ojos, evocar un sabor, un olor, un paisaje y una melodía. Y, de repente, estás ahí.

Para que 2013 sea tan fácil como cerrar los ojos y alcanzar todo lo que, de corazón, desees.


31 de diciembre de 2012

Listas, deseos y un bizcocho que por fin salió rico


Quedan unas horas para que termine el día, y con él el mes y el año. Un año cargado para mí de cosas muy variopintas. Un año raro donde los haya, pero como todo lo raro, interesante.

Víctor, que me había enseñado a hacer listas, ha vuelto a enseñarme, sin darse cuenta, una cosa aún más interesante: a no hacerlas. ¿Por qué escribir la lista con los deseos para 2013? Está claro que por mucho que deseemos ciertas cosas, no las vamos a lograr, puesto que deben de darse las circunstancias para ello. Y, desafortunadamente, no siempre contamos con todos los ingredientes para lograr el éxito. ¿Qué hacer, entonces? Buscarlos. Poner empeño en lograr lo que deseamos, pero ponerlo de verdad. Si la vida está en decirnos que no, tarea nuestra es el asumirlo y a otra cosa, mariposa.

Por poner un ejemplo de la vida cotidiana, te diré que llevo meses intentando hacer de repostera exitosa. Es decir, que llevo muchos intentos de bizcochos poco cochos (participio fuerte del castellano antiguo del verbo cocer, lo que hoy en día se dice cocido), muy enharinados, demasiado dulces, poco dulces, sin espíritu, poco esponjosos... en fin, desastres varios. Hasta que por fin, y muy cerquita del final del año, lo logré, encontré el ingrediente secreto del bizcocho y tuve éxito con ello.

La vida está llena de bizcochos poco hechos o sin sabor y nuestra función no es simplemente desear que el siguiente salga bien, sino poner remedio, cambiar la receta, intentarlo de todas las formas posibles, no tirar la toalla hasta que no veamos que de verdad no hay remedio.

Por eso, me niego a escribir un año más en mi lista de propósitos de año nuevo aquello de "ir a Berlín", "conseguir un trabajo mejor" o "terminar la filología inglesa". Si yo me empeño en ello lo lograré. No hay que desear con los ojos cerrados, sino con ellos bien abiertos. Y como dice mi amigo Javi, hay que tener mucho cuidado con aquello que se desea, porque puede cumplirse.

Por eso, este final de año no habrá listas con deseos. Habrá un deseo universal que no solo pido para mí, sino también para ti, un deseo en el que se engloban todos los deseos del mundo porque en ti está el significado de esta frase: 

Que en 2013 encuentres la felicidad.

Y que podamos decir adiós al 2012 con alegría, igual que cuando le dijimos hola. Bebiendo cava con familiares y amigos, cantando, bailando, sonriendo, bañándonos de una felicidad momentánea con cuyo recuerdo deberemos seguirnos bañando cada uno de los siguientes días de este nuevo año que promete, como siempre, ser el mejor.



23 de diciembre de 2012

Feliz Navidad

POR CELEBRAR del Infante
el temporal Nacimiento,
los cuatro elementos vienen:
Agua, Tierra, y Aire y Fuego.
      Con razón, pues se compone
la humanidad de su Cuerpo
de Agua, Fuego, Tierra y Aire,
limpia, puro, frágil, fresco,
En el Infante mejoran
sus calidades y centros,
pues les dan mejor esfera
Ojos, Pecho, Carne, Aliento.
A tanto favor rendidos,
en amorosos obsequios
buscan, sirven, quieren, aman,
prestos, finos, puros, tiernos.
Estribillo
Y todos concordes
se van a mi Dueño,
que Humanado le sirven
los cuatros elementos:
el Agua a sus Ojos,
el Aire a su Aliento,
la Tierra a sus Plantas,
el Fuego a su Pecho;
que de todos, el Niño
hoy hace un compuesto.
Pues está tiritando
Amor en el hielo,
y la escarcha y la nieve
me lo tienen preso,
¿quién le acude?
¡El Agua!
¡La Tierra!
¡El Aire!
¡No, sino el Fuego!
Pues el Niño fatigan
sus penas y males,
y a sus ansias no dudo
que alientos le falten,
¿quién le acude?
¡El Fuego!
¡La Tierra!
¡El Agua!
¡No, sino el Aire!
Pues el Niño amoroso
tan tierno se abrasa
que respira en Volcanes
diluvios de llamas,
¿quién le acude?
¡El Aire!
¡El Fuego!
¡La Tierra!
¡No, sino el agua!
Si por la tierra el Niño
los Cielos hoy deja,
y no halla en qué descanse
su Cabeza en ella,
¿quién lo acude?
¡El Agua!
¡El Fuego!
¡El Aire!
¡No, mas la Tierra!

(Sor Juana Inés de la Cruz, Villancicos)

10 de diciembre de 2012

Practicar la horizontalidad


Yo lo intuía ya, pero últimamente esto de la verticalidad y la horizontalidad ha surgido en varias conversaciones con amigos con estas palabras, y me gusta poder ponerle nombre a una práctica que creo que es fundamental en el ser humano.

Entender la humanidad como una línea horizontal en la que no hay jerarquías ni superioridades y practicar la horizontalidad nos hace, creo, mejores personas ética y moralmente. Entenderla como una línea vertical, sin embargo, es sentirse en una carrera competitiva en la que uno es mejor o peor que otro según el rango de su trabajo, la edad, el nivel socio-cultural, el poder adquisitivo o incluso su estilo vistiendo. La base de la actitud humana debe ser siempre una base firme y horizontal, de cimientos duros y que se vaya alargando con el alargar de manos que nos van uniendo a unos y otros. Tenemos que respetarnos unos a otros, los pequeños a los mayores y los mayores a los pequeños, pero no por las edades sino por el simple hecho de ser personas y de la experiencia vital que pueda enseñarnos la existencia de los otros.

Practicar la horizontalidad es practicar la justicia, el respeto, la tolerancia, la solidaridad, el compañerismo, el trato cariñoso, la alegría de ser todos iguales con nuestras diferencias fundamentales que hacen el conjunto más enriquecedor. Ahora que le pongo nombre a esto puedo por fin verbalizarlo y, quizás, transmitirlo; y el día a día, sintiéndome a la misma altura que los que me rodean, es más sencillo, más agradable y me hace más feliz. Y quien quiera hacerme sentir en un nivel diferente puede hacerlo, pero yo debo saber desde este mismo instante que eso es injusto e inhumano. Es, por lo tanto, denunciable y criticable, y el diálogo debe ser nuestra mejor arma para luchar contra ello.


Fotografía de Nugraha Indra


4 de diciembre de 2012

¿Recuerdas...?


Recuerdo que durante bastante tiempo me gustaba empezar los poemas que escribía con esta palabra: recuerdo. Quizás estaba influida por la poesía maravillosa de Alberti, esa que habla de los "tres recuerdos del cielo", uno de mis poemas favoritos. Sin duda. Ese que habla de la edad de la rosa y el arcángel.

Entonces yo recuerdo que, una vez, en el cielo...

Y aparece otra vez el mundo del gallego, Galicia y los acentos del norte. Me llega con un rumor de pasado, de recuerdos, desde el oeste, esta canción estupenda. Y la rabia de haber silenciado mi voz en gallego, la voz que resuena por dentro algunas veces, así, como de pasada. Una voz que se nutre del recuerdo, de cuando, una vez, en el cielo...

2 de diciembre de 2012

Una sirena, un faro y un buen librero


El viernes se conmemoraba el día de las librerías, coincidiendo con la festividad de San Andrés. No sabía que el 30 de noviembre se homenajeara a los libreros. Creo que mi pasión por estos rincones del placer es igual de intensa todos los días del año.

Hace dos años viví un St. Andrew escocés, rodeada más que de librerías, de bibliotecas, y el año pasado, en París, recorría las calles y las librerías de viejo soñando con una bohemia de comienzos del siglo XX. Este año, el día de las librerías lo celebraba en Madrid, leyendo. Como celebro cada día del año.

Las librerías son lugares que tienen un encanto especial. Siempre lo he sabido, porque desde pequeña me crié rodeada de libros, de historias que querían ser leídas y de autores que querían sacar al papel lo que llevaban dentro y necesitaban contar al mundo. En mis viajes siempre he procurado poner un pie en una librería, porque para mí las librerías son la vida de una ciudad, al igual que sus cafeterías. Y Madrid es algo así como un pequeño paraíso para esos paseos de la imaginación.

La semana pasada, sin ir más lejos, entré en La Buena Vida, situada en la calle Vergara, un espacio pequeño pero muy acogedor por el que me gusta pasearme de vez en cuando, siempre que estoy cerca del Palacio Real. Es así como un lugar entre la realidad y la ficción. Allí estaba, buscando El arte de amar, de Fromm, y otro libro para regalar. Empecé buscando algo de Macanudo, pensé en alguna novela gráfica y luego me di cuenta de que buscaba algo alegre, una lecturita para pasar un poco los malos tragos de este otoño largo y algo desafortunado. Jesús, el librero, puso en mis manos a Fromm y comenzó conmigo la tarea de buscar algo de gráfica para regalar. Al final, simplemente me dejé llevar por él. Con una montaña de posibilidades maravillosas entre las manos, cuando le insinué que necesitaba algo para desconectar un poco de una mala racha, él lo tuvo claro: Una ola con sabor a pez. Me prometió que me gustaría y me transmitió un poquito de la curiosidad de lector que todos llevamos dentro. Así que me llevé dos, uno para mí y otro para el regalo de E. 

Empecé a leerlo justo el viernes, que se conmemoraba el día de las librerías, mi homenaje particular para Jesús y todos los buenos libreros que hacen una labor fundamental en la sociedad: la de darnos la posibilidad de soñar con los ojos abiertos y entender que, en los libros, todo es posible.

Me adentré en el mundo de Mamen, la protagonista de Una ola con sabor a pez, en la página dos, cuando todo lo increíble empezaba a ser creíble. Una sirena varada, un pulpo parlanchín, un ogro bueno y un faro se convirtieron en los ingredientes perfectos de este cuento sobre el autodescubrimiento. Recuerdo que Jesús mencionó que la novela era muy positiva, algo así como un relato casi de autoayuda pero sin serlo. Me hizo gracia y aunque soy yo poco partidaria de lecturas pedagógicas que ayudan a curar las almas, me lancé a ella con toda la inocencia del mundo. Mamen e Isla, otro de sus personajes, me atraparon enseguida con su ternura y buen humor y empecé con ellas a ver que la vida está llena de magia, que el ser humano está en continuo proceso de aprendizaje, y que aprende de todo si tiene los ojos abiertos y los sentidos receptivos al cambio. Nos transformamos, y pasamos de ser seres solitarios a ser seres amados y amantes, pasamos de ser maestros a ser aprendices, de ser criaturas marinas a ser criaturas terrestres, sin perder en la transformación alguno de los rasgos de nuestro yo anterior. Una ola con sabor a pez es una novela de transformaciones, escrita en un estilo de cuento fácil pero que da mucho pie a la reflexión. La deformación profesional hace que me chirríen algunas líneas que me suenan algo agramaticales, como si la urgencia de plasmar los contenidos hubiera empobrecido el texto. Obviando esto, la novela, de la escritora novel Núria Riera, es una delicia para los sentidos, la imaginación y la vida.

Los libros siempre regalándonos placeres prohibidos, como los del "Soliloquio del farero" que me ha traído de nuevo al recuerdo el faro de esta novela. Y los buenos libreros, facilitándonos a los lectores el disfrute de este placer tierno y goloso.

Aquí puedes encontrar una crítica y sinopsis de la novela, por si quieres saber más: Una ola con sabor a pez, crítica de Javier, del blog "La librería de Javier".

Felices lecturas.



29 de noviembre de 2012

"El drama de los desahucios" y Los Simpsons


Ese es el nombre que un diario de tirada nacional, El País, ha dado a una de sus secciones. Verdaderamente lo es. Este se está convirtiendo en un país de casas vacías o a medio construir en el que cada vez más personas viven en bancos en la calle -el porcentaje de mendigos se ha elevado considerablemente desde los esplendorosos años 2000-, okupando edificios, acampados a las puertas de sedes institucionales, apretados en las casas de sus familiares o, que simplemente han perdido ya toda ilusión por la vida y optan por la situación más valiente, o la más cobarde, ni me atrevo siquiera a juzgar. El desahucio es el mal de la década, casi peor que el cáncer. Hay gente que se queda sin familia, sin hogar, sin esperanza...

Captura de fotograma. Pincha en la imagen para ver el vídeo completo.

Cada noche, al volver del colegio, después de un día duro o no tanto, después de otras historias que he escuchado, de haber visto cómo estamos inculcando unos valores de esfuerzo, sacrificio y trabajo duro que algunos de nuestros estudiantes aun no están preparados para integrar en su visión de la vida porque aún son niños, porque deberían permanecer un poco ajenos a la alienación que está provocando esta crisis; después de todo esto, y de las historias de vida que se narran en la radio: los desahucios, o las reacciones solidarias ante los mismos; o el arte y la cultura que siguen, poco a poco, en pie, tratando de educarnos, porque parece que hemos vuelto a la Edad Media incluso en eso: ahora mucha de la cultura que se ofrece tiene intención pedagógica, ¿tan mal lo habremos hecho en las escuelas o en los hogares hasta ahora? Después de todo esto, quiero pararme. Pararme y dejar de pensar.

Ante el drama de los desahucios, ante la miseria diaria, también son necesarias dosis de otras medicinas: el entretenimiento, el dejar a un lado lo que nos hace daño psicológico y nos desequilibra el sistema ético y moral que hemos ido elaborando poco a poco. Los Simpsons también son necesarios. La lectura divertida. Luis Piedrahíta y sus monólogos de las cosas pequeñas. El Intermedio, que relata la tragedia, pero, al modo clásico, la cubre también con la pátina del humor, para que desfoguemos. Los concursos de talentos. El Hormiguero con sus chistes fáciles. Todo eso también es necesario. Está muy bien que haya debates, que escuchemos los informativos, en la era de la información, todos sabemos al instante qué está ocurriendo en casi cualquier parte del mundo. Aunque eso sea aún más doloroso. Las guerras siguen sucediéndose en Siria, Palestina, el África subsahariana. Hay hambre. En Sudán, en Uganda, en el 2ºB. Pero nosotros seguimos en pie. Y tenemos que sacar adelante nuestras vidas y las de las personas que tenemos cerca y nos necesitan. No podemos cubrirnos con la capa de mierda y miseria que parece que lo recubre todo. Hay que soltar cuerda. 

Yo, por las noches, cuando vuelvo del trabajo, tras el duro día, no tengo ganas de seguir escuchando miserias. Descargo y comparto lo malo y lo bueno del día. Después, me evado con Los Simpsons.

25 de noviembre de 2012

25 de noviembre, día internacional contra la Violencia de Género


Agustín García Calvo, el ya fallecido filósofo español, lo supo expresar con una afirmación breve, pero llena de verdad y de pureza: libre te quiero.

De otra libertad muy diferente hablaba Cernuda, la de estar preso en alguien, cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío. El tiempo pasa, y con él las relecturas de obras que son clave en la vida de uno. Este último poema de Cernuda, que supuso un antes y un después en mi vida de lectora, lo retomo ahora, con otra libertad diferente, y machaca todas mis ideas e ideales de lo que significa amar, ser amado y -¿por qué no?- ser mujer. 

La violencia de género es un tipo de violencia que nace desde una supuesta raíz amorosa. Porque te quiero, te quiero mía. Como te quiero, te quiero así. Te quiero, y te condiciono. Y así hasta llegar a unos extremos en los que la obsesión -nunca el amor- se convierten en dolor y en daño. Y no solo eso, sino en un dolor y un daño muy conscientes, producto del egoísmo más espantoso. Dice el refranero que quien bien te quiere te hará llorar y no puedo estar más en desacuerdo con el saber popular. Quien bien te quiere, no querrá nunca hacerte sufrir. Pero no nos enseñan estas cosas en la escuela. Vemos películas románticas, leemos novelas o revistas y vamos, poco a poco, aprendiendo una forma de amar incorrecta, llena de errores y de faltas. Y solo el tiempo, el ejemplo de otras personas y la reflexión pueden enderezarla. 

Desde la adolescencia malinterpretamos lo que es amar y lo entendemos desde las palabras de Cernuda como estar preso en alguien. Hay que hacer un trabajo profundo de concienciación, de dignidad, de humildad y de amor puro para comprender de verdad que la única forma de amar verdaderamente es la que nace de la libertad del uno+uno y nosotros, no del uno+uno=nosotros. De eso sabe mucho L. y me lo explicó el otro día. Y así, con esta combinación, podemos lograr entender las necesidades del otro, las nuestras, las de ambos; sin exigencias, sin imposiciones, sin violencia física, verbal o psicológica, regalándonos el espacio y el tiempo que necesitamos e intentando siempre no hacernos daño consciente o inconsciente.

Ya Cervantes hablaba de la mujer libre, la que por encima de imposiciones sociales y culturales había elegido dedicarse la vida a sí misma y a la naturaleza, una Marcela poderosa y libre:

Yo nací libre,  y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos.

Tuvieron que pasar siglos para que el ser humano entendiera que la mujer puede vivir libre sin vivir en soledad.  Puede amar y ser amada desde la libertad. Y ese derecho lo tenemos todas y a todas se nos tiene que permitir. Y a todas se nos tiene que enseñar. Es el mejor regalo que ofrecerle a las niñas de hoy y las mujeres del futuro: su libertad.




22 de noviembre de 2012

Naima, Mohamed, Alexander y los españoles 'por el mundo'



Fotografía de Christiaan Triebert


En las clases de español, esta tarde hemos tenido dos alumnas nuevas, Najwa y Naima. Nos hemos vuelto a presentar todos. Entonces, Mohamed le ha dicho a Naima de qué parte de Marruecos es. Me ha gustado ver cómo a Naima se le iluminaban los ojos al oír el nombre de una región de su tierra. He pensado cómo sería si a nosotros nos ocurriera lo mismo: un grupo de españoles, ya mayores, en una escuelita de otro idioma (pongamos alemán), hablando de la procedencia de cada uno, intentando aprender esa lengua y mirándose con nostalgia echando de menos la tierra propia, por muy bien que la situación puediera estar en ese nuevo país. Y en el fondo supongo que eso está pasando o pasará pronto. El fantasma de la emigración.

Hace unos años, cientos de miles de ciudadanos de otros países buscaban una oportunidad aquí. Muchos sabían que sería difícil, triste y sufrido, pero aún así llegaron aquí, intentando mantener sus tradiciones y aprendiendo también de las españolas. Se sintieron maltratados por nosotros y tuvieron que recluirse en grupos de compatriotas. Y aquí lo único que se nos ocurría decir era que se reunían en guetos. Como si nosotros no lo hiciéramos cuando salimos al mundo.

Hoy mismo, Alexander, un alumno ruso con muy poca idea de español, preguntaba algo en clase. Y lo sorprendente es que no pregunte todo. Alguien se ha reído. Creo que es por pura envidia: ven cómo poquito a poco va sacando las asignaturas, sigue aprendiendo, sin parar y, sobre todo, sobrevive. Sobrevive en un lugar inhóspito y donde muy pocos lo ayudan. Les he dicho a todos que intenten ponerse en la piel de Alexander; que se imaginen a ellos mismos en un colegio ruso donde no entienden nada y donde los compañeros tampoco se lo ponen fácil. Se lo han pensado un minuto. Solo uno. Espero que algún día lo entiendan.

21 de noviembre de 2012

T.S. Eliot



Fotografía de Rodney Smith



En toda vida humana debe llegar un momento de inflexión. O varios. Un pararse a recapacitar y pensar hacia dónde voy y ¿por qué? Es duro el planteárselo constantemente, por eso es bueno tener un buen equilibrio personal para que estas cosas solo ocurran muy de vez en cuando.

Esta mañana me he castigado sin recreo con un chico al que intento dar clase, llamémosle D. D. es puro nervio, locura incontenida, un chico de menos de catorce años que ya ha decidido tirar la toalla en su vida. Hoy, rascando mucho mientras estábamos los dos castigados sin recreo, me ha dicho que la vida no le importa. Que no hay nada que le importe. Que no le gusta ninguna asignatura, no le interesa absolutamente nada. Le gustan el fútbol y el pádel. Y se acabó, nada más. Le he hecho que me enumerara la gente de clase con la que se lleva bien y los que podría llamar amigos. Guille estaba entre ellos. Bien -he pensado-. Luego nos hemos quedado otro rato en silencio y se me ha ocurrido preguntarle si le importa no estar bien con la gente. Me ha dicho que no, rotundamente, que le daba igual. ¿Ni siquiera con Guille? Y él: Que no, que me da igual. Con un como cansancio acumulado ya en sus catorce años de vida de todos aquellos que alguna vez han intentado acercarse a él de buenas maneras, sin gritos, sin enfados. Detrás de D. hay una familia, pero que poco o nada hace por intentar hacerle entender que la vida es importante, que hay que tomársela en serio y que no puede castigarse así, tan rotundamente, día a día. Y en su castigo, castigar a sus amigos, a sus compañeros y a nosotros, que simplemente pretendemos ayudarle.

Me pregunto si a D. le ha llegado ya ese momento de inflexión. Me pregunto si él mismo no ha pasado directamente la rosca del hacia dónde voy y simplemente va, sin rumbo, sin sentido, sin nada, porque sí. Estoy convencida de que lo que D. hace no tiene que ver con ninguna máscara que él se ponga ante nosotros. D. nos está pidiendo amor a gritos, acercamiento, escucha, comprensión. Pero no lo sabe recibir, no se da cuenta de cuándo le llega, porque nunca antes, en casa, le han enseñado a dar amor, acercamiento, escucha ni comprensión. Quise tirar la toalla con él a las tres semanas y mis compañeros me dijeron que no lo hiciera, que nos necesitaba y, desde entonces, se ha convertido en uno de mis objetivos principales. Quiero lograr algo por él, porque hacerlo, egoístamente, significa también lograr algo por mí. Su tutora está conmigo. Sus padres no. Otros profesores, simplemente, no lo aguantan y lo mandan fuera de su vista a la primera de cambio. Yo intento tenerlo cerca de mí en un querer, extrañamente, darle calor humano.

Mientras tanto, a otros chicos les leo poemas de Pedro Salinas y, engatusados por versos que no comprenden pero que intuyen bellos, les veo sentir ese calor que a D. no le llega. Para mí y solo para mí, unos versos de T.S. Eliot cuya brillantez me envuelve cada vez que retomo los Four Quartets:

There are three conditions which often look alike
Yet differ completely, flourish in the same hedgerow:
Attachment to self and to things and to persons, detachment
From self and from things and from persons; and, growing
between them, indifference
Which resembles the others as death resembles life.

La indiferencia, que crece entre el apego y el desapego, se parece a ellas tanto como la muerte se parece a la vida. Aquí hay mucho material para la reflexión. Y en D., una indiferencia que espero que signifique apego y desapego a partes iguales.

19 de noviembre de 2012

Los colores del otoño


Otoño. Roble y mariquita. Fotografía mía.


Lo bonito de recorrer España en coche es poder dedicarle tiempo a uno mismo. Conducir es como darse un baño espumoso: sigue una serie de rituales para estar lo mejor posible con la persona que somos o con la persona que queremos ser.

Lo bonito de recorrer España en coche en otoño son los colores. El color de los cielos varía a cada minuto, el matiz de la luz del sol a través de las nubes o la sombra del coche sobre un montículo en el arcén hacen el viaje más bello. Pero sobre todo son hermosos el amarillo, el naranja, el verde, el rojo, el marrón de las hojas de los árboles. La palidez de los hayedos se contrapone a la brillantez de algunos olivos y pinos y contrasta, también, con ese marrón acogedor de los robles.

Últimamente disfruto sobre todo con el verdor oscuro de los cipreses que rodean las iglesias de pueblos que parecen perdidos, en la Castilla más hermosa que no podría haber soñado jamás. Esgueva, Roa, Daimiel, del Rey, del Conde, Arévalo, Miranda... son solo palabras atrapadas en señales blancas con rótulo negro que a mí me evocan los más bellos paisajes. Recorro Castilla esperando la rotundidad de sus gentes y sus aromas y Castilla me regala las tonalidades más perfectas. 

Porque lo tengo al alcance del volante, aprovecho para aprender más sobre esta tierra tan vieja que sigue sorprendiendo a los más novatos. Castillos, páramos y llanuras amarillas, sin rastro alguno ni de agua ni de vida, iglesias y catedrales imponentes que se yerguen feroces como las torres de algunas murallas. Eso es Castilla. Tierra soberana de colores y sabores. 

Después de Castilla llegan los paraísos de Galicia, Asturias, Cantabria y Euskadi, cuyos otoños aún no he podido contemplar. Los imagino verdes, como sus praderas; fríos y anaranjados, portadores de robles que lo inundan todo.

Si hay algo especialmente hermoso, es el otoño y los ojos con los que lo miramos.


15 de noviembre de 2012

El tiempo. Nostalgias


Fotografía de Bruno Birkhofer

Ayer salí a la calle a luchar por mi futuro. Lo hice con una amiga del pasado. Simplemente coincidimos en el tren. Ana, aquella dulce niña con quien compartí buena parte de mi infancia y mi adolescencia. Con Ana ha pasado eso que a veces pasa cuando creces y te vas desvinculando de ciertas personas, simplemente porque la vida os lleva por distintos cauces. Pero siempre es hermoso cuando esos cauces se vuelven a unir para dar momentos de mucha emotividad, recuerdos y risas.

Después de mucho rato hablando sobre los problemas que tiene este presente y el futuro que se nos echa encima, hablamos también sobre los juegos del pasado, ese vivir felices que crea la ignorancia, el no ser aún responsables de nuestra vida. Y Ana se mostraba muy nostálgica. Decía que no le gustaba el paso del tiempo, que querría -con todas sus fuerzas- volver atrás, a esos tiempos en los que no había preocupaciones por nada, simplemente el llegar a casa a tiempo para que sus padres no la regañasen. Sonreímos las dos, con los ojos puestos en esas noches frescas de verano en las que nos sentábamos en bancos de la calle a hablar de nuestras cosas y comer pipas; o los días soleados de piscina y risas; o los campamentos de verano donde empezamos a intuir qué era eso de estar enamoradas. Y Ana, triste, era consciente del pasar de los años, de la rapidez con que habíamos pasado de la despreocupación más absoluta a la mayor de nuestras preocupaciones, la del ¿qué será de nosotros en el futuro?. La generación sin porvenir.

Lo pensé durante unos segundos. Recordé los años fantásticos de la universidad. Salamanca. Ese momento en que las preocupaciones máximas consistían en llegar pronto y coger un asiento en Zacut, la biblioteca de ciencias, para poder aprovechar al máximo el día de estudio. Empezábamos a echar a volar, pero aún seguíamos con la cabeza en las nubes. Ahora, los que ya emprendimos del todo el vuelo, debemos tener la cabeza en la tierra si queremos conseguir lo que nos proponemos.

Hablábamos de esto en el tren, el lugar de las reflexiones. Y con el ruido del traqueteo y el bullicio de los manifestantes que ya volvían a sus casas con la resaca de la huelga, pensaba en Marta, otra amiga, casi de la adolescencia. Una amiga que no mira atrás con pena, sino que mira hacia adelante con ilusión. Marta se está labrando un futuro muy bonito y para ello vive un presente de sacrificio, pero también un presente muy vital, lleno de esperanza. Marta, eso sí, está fuera de España y piensa en los años productivos con mentalidad de forastera. Quizás esos son los tiempos que nos han tocado y este el instinto de supervivencia que tenemos que alimentar.

Miraba a Ana, ayer, representación clara del pasado, y pensaba en Marta, puro futuro. Y yo me veía un poco entre las dos. Un vivir el ahora con nostalgias, pero también con una pizca de ilusión por lo que vendrá. Con ganas de cambio. Con ánimo por saber que somos cientos de miles los que ayer estábamos en las calles gritando para que nos devuelvan lo que es nuestro y nunca debimos dejar en manos de los mercados y los poderosos. Ahí, ayer, había responsabilidad. Y ganas de cambio.

Espero que Ana también se diera cuenta de eso y entienda que la vida son etapas. Nuestra etapa del campamento quedó enterrada con los otros recuerdos de 2001. Lo bueno, lo bonito, lo esencial, es mirar hacia delante con los ojos de los niños que un día fuimos y pensar que otro futuro es posible.

14 de noviembre de 2012

El dilema. #14 N


Fotografía de Toonman Blchin


Esta es una crónica matutina del desencanto y la decepción.

Hoy hay convocada una huelga general avalada por una larguísima lista de razones reales para ello. Hacer huelga consiste en no asistir al puesto de trabajo de uno y en evitar consumir lo máximo posible. Es decir, no ir de compras e intentar consumir lo mínimo en casa: luz sobre todo.

Hay trabajadores que están abiertamente amenazados para no hacer huelga por peligro a perder su puesto de trabajo. Yo soy de las que lo están indirectamente. Me he debatido durante toda una semana para decidir si ejercer o no hoy mi derecho a la huelga. Todo el mundo me había recomendado que no lo hiciera; así que pensé en faltar al trabajo aludiendo otros motivos. Después, pensé que aquello sería más cobarde que no secundarla. Al menos, me dije, yo comparto los motivos y estoy de acuerdo. Al final, he cogido el coche y he dado clase de Lengua a mis alumnos. Mi horario de los miércoles es tan bueno que ya estaba en Parla a las 12:30 y he podido ver, decepcionada, como los establecimientos estaban abiertos en mi barrio. Y no solo eso, sino que los ciudadanos consumían como si tal cosa.

Decepción. Porque lo difícil es que un comerciante cierre su establecimiento. Lo sé de buena tinta. Es un sacrificio importante y es normal que cueste llevarlo a cabo. Pero lo fácil, como dejar la compra de rosquillas, zapatos o la barra de pegamento para mañana, eso la gente lo hace en mi barrio demostrando no estar concienciada con lo que significa la huelga.

Para mí ha supuesto un dilema acudir hoy a mi trabajo. Me he sentido mal conmigo misma y mis ideales. Me he sentido mal por la enseñanza pública, que se merecía un paro total de todo el sector. Pero claro, yo trabajo en una empresa muy pequeña, una de esas donde te señalan con el dedo y quedas marcado hasta el final del curso, cuando en las reuniones de personal se decide prescindir de uno para el año siguiente, solo por mostrarte contrario "al régimen" de trabajo. Solo una persona ha secundado la huelga, mi jefe directo. No sabía cómo lo haría, incluso llegué a creer que al final vendría al colegio. Pero sí, se ha escudado en la alegación de una enfermedad y él, a su manera, ha hecho huelga. A mí así no me vale. 

Para compensar mi cobardía personal, hoy no se pondrán lavadoras en casa, ni la tele, evitaremos la luz hasta que sea posible y nos lanzaremos a las calles del centro para gritar que no estamos a favor de la reforma laboral, ni de los recortes en educación, sanidad, ayudas a las pymes, ayudas sociales en general, ni a favor de las reformas de la ley del aborto, ni la subida de impuestos en productos fundamentales y en cultura. Tampoco estamos a favor del paro de nuestro vecino, ni de la situación miserable de una conocida cuyo hijo, con una enfermedad de las llamadas raras, no puede tomar sus medicamentos porque su madre, interina en la administración pública, ha sido despedida y su padre está en paro. 

Esta mañana yo he ido a trabajar para mantener mi puesto de empleo. Esta tarde iré a la manifestación para luchar por el de tantísimos que ya lo han perdido.